Hoy he tenido una de esas experiencias vitales difíciles de olvidar. Tras dos semanas estupendas de vacaciones, en las que me he dedicado a dormir y estar en mi casa, volví a la calurosa Pamplona (-4 grados), con la maleta tamaño vaca, dos bolsos en la mano con las cositas que me iba dejando y neceser. Y ya desde el ascensor lo ví venir.
Un olorcito de estos que se te meten hasta en el cerebelo, que respiras y aunque te tapes traspasa tu manita y se vuelve a meter, me esperaba al otro lado de la puerta. "Si solo teníamos fruta", pensé yo. Peeeeeeeeeeeero... al abrir la puerta con miedito y dar la luz no había luz. Como si me hubiera pasado ocho veces en la vida no pensé en nada, sólo en el frigorífico y fui a por él...
Ahí estaba ante mí la selva amazónica con piña incluida (esta con pelusa), una frondosidad verde digna de cualquier arbolario se abría ante mí sin animales (quiero seguir pensando que no los ví), mientras que me daban arcadas como cuando estás mala. Según estaba sacando todo ese habitat de ahí junto al rey de la jungla que ya había creado ahí su reino, sin pensármelo dos veces y ver que el verde se había estanmpado en las bandejitas, en las hueveras (gran palabro) y en la lámpara del frigo, la bombilla se me volvió a encender: ¡Congelador!
Y ahí, sí que sí, abrí el primer cajón (pollo y lomo recordé). Pero no, ahí solo había cadáveres flotando en una estupenda sopa rosita-granate y olía a una cosa que no puedo describir, pero hubiera preferido dormir con la cabeza metida en la parte de arriba antes que eso. Después fui a hacer una visita a Roca y dejarle lo que aún no había digerido bien de la comida.
Tras bajar la basura y cagarme en todo, no me ví con fuerzas para atacar aquello así que: "Volvemos a encender y mañana congeladito seguro que huele mejor y no está esta sopita tan espesa". Ventana abierta de par en par, puerta cerrada y a planchar la oreja.
Esta mañana me he asomado a ver si el pollo y sus amigos de cajón se habían aliado y volvían a andar pero como no tenía tiempo, ni productos, me he pirado a trabajar.
Y aunque lo he intentado retrasar he tenido que enfrentarme a ello. Visita al Eroski, cargamento de lejía, una guantecitos y estropajos suaves y a por todas.
Y ahí, enfundada con botas de agua, una sudadera y una bufanda horrorosa en plan burka (con servilla en la nariz para tener doble fondo) con la música a tope como me ha recomendado Paco, me he dispuesto a ello. Primero poco a poco he limpiado cada una de las bandejas del frigo con lejía, las hueverita, los cajones, las paredes, TODO. Y cuando no quedaba otro remedio he abierto el cofre de los tesoros vivientes. He ido a llamar a Grison pero estaba comunicando así que tras vaciado, arcadita, bolsa de basura, arcadita, y raspada y arcadita, he concluido mi labor de hoy, del mes y del año.
He puesto un plato con café como he leído en internet (bicaronato no había en el súper y yo no estaa para dar vueltas) y he cerrado otra vez a cal y canto y no pienso entrar ahí otra vez hasta que venga Fiona de refuerzo.
Así que como no quiero que imaginéis solo, he hecho cuatro fotitos súper entrañables (ha llegado un momento en el que el olor ya ni me desagradaba) que os vais a tener que tragar mañana que aquí no me sube, para que veáis que no exagero nada, de verdad.
El que me vuelva a llamar princesita y pija en el próximo lustro le reenviaré esto. Porque sé de muchas que hubieran llamado al Eulen antes que entrar en faena (pero es que estoy pelada tras las Navidades...).