
Si hay algo que odio de los viajes a DC es el paso por inmigración. Llegas con ocho horas de vuelo, cansada aunque hayas dormido, muerta si has tenido un viaje complicado, como es mi caso (jet lag, más morriña, más depresión postspain igual a viaje complicado) y tienes que tener la santa paciencia y forma física para esperar dos horas (unas veces más, otras menos) para que te den paso al país.
Las otras dos veces, aunque contenta, siempre he esperado con miedo a ver qué me sacaban o qué me preguntaban. Esta vez iba yo toda chulita con mi visado, mis papeles y mi pasaporte bien visibles, que una ya hasta se sentía medio americana con esto de entrar tan legal. Pero eso es desesperante.
Anduve rápida para salir del avión (a pesar de que tenía fila 36- última fila, en la colita y junto al baño y la cocinilla), cogimos el bus y salí de las primeras. Apenas fila en la parte de inmigrantes, la cola llena en la parte de ciudadanos (ellos enseñan el passport y punto, que esperen un poquito).
Todo marchaba bien e inexplicablemente rápido. Esa fila es como la fila de Eurodisney. Vas en zigzag, el de delante de pega con la mochila ocho veces por minuto, los niños se sientan en el suelo porque no pueden más, pantallas con las instrucciones de cómo presentar los papeles y, lo más importante: video de imágenes de USA en plan mirad que felices y cosmopolitas somos, acompañadas de una banda sonora que yo recuerdo haber oído en la fila de la atracción de Peter Pan cuando fui a París allá por el 2000. Entrañable todo.
Avanzando, avanzando, mientras jugaba a adivinar la nacionalidad de los que me rodeaban mirándoles la cara y luego el pasaporte (lo que hace el aburrimiento y el no tener cobertura), cuando ya solo me quedaba una vuelta y media, el policía que corta el bacalao en la aduana decidió que los ciudadanos no podían esperar tanto. Cuatro tirones de cinta, un cambio de pivote, y lo que iba a ser media hora se convirtió en dos. Y entonces, me empecé a agarrar un cuello de los que hacía tiempo que no me agarraba.
Lo que era rápido se volvió lento, no dejaban de llegar ciudadanos (que la mitad eran orientales -me da a mí que la lotería de la green card por Asia es muy fácil que te toque) y con mascarilla (México les pilla a tomar viento, qué leches de mascarilla!) y mientras esa fila estuviera llena, los demás teníamos que esperar... Y esperamos.
Seguí con el jueguecito de las nacionalidades, pensé todo lo pensable, me cagué en todo por haber llenado tanto el equipaje de mano, más aún por haber llevado el portátil, que pesa bastante... Y así entre mosqueo y mosqueo, con la múscia Peter Pan de fondo, llegó mi turno. Puesto 10.
Papeles, anteriores visitas y para qué, huellas, fotito con cara de mala ostia, y el turno de preguntas: ¿Hasta cuándo se quedará?, ¿cuál es su lengua?, ¡¿lleva alcohol en su equipaje?!
Hombre quedarme, de momento, hasta Navidad, mi lengua es la española, lo pone bien grande en mi pasaporte y en todos los papeles que me hicistéis rellenar, y lo del alcohol... ¿Tengo cara de alcohólica?
Nooo, no llevaba, pero si lo llego a saber me traigo una botella de Bombay para bebérmela en la cola antes de que me la quitaran, ¡porqué yo no sé de dónde está saliendo esta paciencia que de repente tengo!






