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lunes 22 de junio de 2009

Welcome to...

Hay cosas que siempre me emocionan. Y uno de los lugares donde siemmmmmmmmmpre se me escapa una lagrimita o se queda a punto de hacerlo es en el aeropuerto, sobre todo en la zona de llegadas.

Hace unos días fui a recoger a Cris y llegué antes de lo normal. Vi a una rubia con un globo más grande que ella, con un I love you tremendo, correr (que por poco entra a la aduana) hacia su novio; a una niña abrazarse con su padre como si llevara mil años sin verse; a una pareja de jóvenes que probablemente llevaban todo el curso en Europa agarrando a sus madres llorando como locas; a hombres de negocios con su chófer; a amigos que reían; abuelitas que lloraban...

Y yo ahí con mi cafecito esperando a la enana pues como que me emocioné viendo el percal, al igual que cada vez que veo Love Actually lloro cual imbécil con los primeros tres minutos de película.

Cuando llegaron mis padres en abril me pasó algo parecido, pero luego cuando los vi ya no me quedaban lágrimas. Y cuando llegué a España y tenía al dibujo animado esperándome pues eso, abrazos por todos los lados que una no es de piedra a pesar del cansancio.

Entonces por todo esto y lo que una piensa en esos momentos creo que del último mes, uno de los momentos más tristes fue mi regreso a DC. Mil maletas, ocho horas de llorera, mucho cansancio y un calor de espanto, y no tenía a nadie esperándome en la llegada. Pero todo en esta vida no se puede, así que, por favor, el 23 de diciembre os quiero a todo en Noain (que llego a Pamplona), o por lo menos en San Antón en Logroño, porque no hay nada más triste que no tener recibimiento.

Si venis por aquí o alrededores decidme día y hora que aunque Dulles o Baltimore están un poco lejos, sé que abrazar a alguien nada más llegar hace, o por lo menos a mí, ilusión.

domingo 14 de junio de 2009

Que llueva, que llueva...


Desde que he vuelto de Espa;a, al margen de empezar las clases y comenzar un poco con la rutina, que ya tocaba y la necesitaba, se ha metido en mis planes diarios algo muy molesto: la lluvia. Excepto tres días, las ultimas dos semanas en Washington y alrededores se ha dedicado a llover. Y como en este país es todo a lo grande, llueve a lo grande también. Truenos, rayos, diez minutos de lluvia intensa y a correr. Vamos, que las tormentas de mi Pamplona querida de los últimos 5 a;os eran chubascos al lado de esto.

Entonces me he dado cuenta de que odio que llueva. Evidentemente si una tarde lluviosa terminara en un parque calada con Brad Pitt calado dándome un beso, pues sería mi situación atmosférica preferida. Pero como la realidad es que me las paso en Cristal City viendo agua caer mientras estudio, pues lo odio.

Odio el mojarme los bajos de los pantalones y estar mojada todo el día, el fastidiar los zapatos con la lluvia porque hace tanto calor que no se pueden volver a sacar las botas, odio meter el paraguas mojado al bolso y que se me cale todo, que se me mojen las gafas con dos gotitas justo en el centro y no ver un pijo, que la vieja que pasa por mi lado y mide metro y medio me meta su umbrella en un ojo y además me cale, las baldosas flojas que toda mi vida he tenido la suerte de pisar, el charcopantano que siempre hay en los pasos de cebra...

Y al margen de lo que odio, que ya es bastante, con la lluvia mi verguenza ajena se multiplica por diez. Porque hay que ver la de chorradas que hace la gente cuando llueve. Me averguenzo cuando veo a una ejecutiva con sus chanclas rosas, a los guiris que se remangan los pantalones y tienes los calcetines blancos casi sujetos con el cinturón, los que se calan hasta el calzoncillo y están yendo a trabajar (estos no me dan vuerguenza, me dan pena porque les espera una pulmonía para los tres siguientes días)...

Pero sobre todo, lo que más verguenza/odio/no puedo soportar ni entiendo, es que cuando llueve las viejas se pongan una bolsa de supermercado (que por lo visto son las más eficientes porque no he visto a nadie con una de Zara) en la cabeza a modo de "mi pelo no se puede mejor ni un milímetro...".

Y aquí que son más listos y prácticos que nadie no lo he visto. Aquí directamente he visto a tres se;oras con un gorro de ducha de plástico en pleno Cristal City. Y en ese momento no tenía la cámara y no sentí verguenza ajena. En ese momento hubiera preferido ser ciega, porque hubiera elegido la bolsa del Mercadona antes que esos gorros que, además, les dejarían marca en la frente por la gomita. Pero bueno, tampoco las vi mucho porque tenía dos gotitas en el cristal de las gafas.

martes 9 de junio de 2009

Historia patria


Hoy es fiesta en casa. Durante los últimos años siempre he pasado este puente de San Bernabé estudiando, otros años tuve la suerte de tener un viajecito, incluido París en el 2000, y este año me pilla un poco lejos. Pero, aunque no tiene nada que ver con San Mateo, como que me gusta.

Una es riojana de palabra y obra, nada de boquilla. Presumo de tierra, de Laurel, de costumbres, de gastronomía y, como no, de vino. Cada vez que oigo esa gran canción que dice

Mi tierra es La Riojaaaaaaaaaaaaaa,
Logroño es mi puebloooooooooo,
cruce de caminos, puente sobre el Ebro,
cuna de mi lengua, camino de encuentros,
y nadie en Logroño se siente extranjerooooooooooooooooooooooo
¡Viva San Mateeeeeeoooooooooooooooooooooooooooooooo!

me acuerdo de las tardes en Las Gaunas y reconozco que la llegué a tener en el iPod un tiempo (y la terminé borrando). Y cada vez que alguien aquí la reconoce cuando digo de dónde soy pues como que me lleno de orgullo.

Pero lo que viene a ser historia y de enología una no tiene ni puñetera idea. Ya cuando hace unos años me embarcaron en la gran aventura de intentar, que por su puesto no lo conseguí, ser Vendimiadora me dí cuenta de que en el colegio no es suficiente con una lección de historia local en 5º de Primaria. Y cuando fui a la cata con Cristina hace unas semanas y no distinguía ni un aroma ni un color (y mucho menos sabor), comencé a preocuparme.

No tengo ni idea de uvas, ni de fueros, ni de estilos de las iglesias de Logroño y mucho menos de los alrededores. No me sé todos los alcaldes, ni la historia de muchos rincones, tampoco sé mucho de vinos, y lo cierto es que los empiezo a disfrutar ahora que estoy lejos, y entonces me he dado cuenta de que esto no puede ser.

Cómo mucho podría intentar contar la leyenda de la gallina de Santo Domingo de la Calzada que cantó después de asada, distinguir un vino medio de uno bueno, ser guía turística de la Laurel y de la Plaza del Mercado y presumir de tierra que es lo que mejor hago. Pero, de nuevo, esto no me parece suficiente.

Y para que los que ahora mismo estén pensando en dejarme un comentario en plan: "Niña tú lo que eres es subnormal, no riojana", decirles que me voy a poner al día con el tema patrio porque lo primero es lo primero y conocer de dónde viene una como que es un poco básico. Que lo primero es reconocer que no me acuerdo de casi nada de lo que estudié en mi quinto.

Feliz día de La Rioja a todos los riojanos y a los que no lo sois, no sabéis lo que os perdéis.

jueves 4 de junio de 2009

Vuelta y vuelta



Adoro el verano. El buen tiempo, las terrazas, la piscina (más aún la playa), el estar en la calle y que a las diez de la noche sea de día, salir sin abrigo, los helados... Pero hay un momento que odio desde que tengo uso de razón, que llega año tras año y en el que siempre (con 13, con 19 y con 23) pienso lo mismo: "Por qué no habré tenido la boquita cerrada durante el invierno".

El momentazo es el primer día de piscina (o de playa si hay suerte y una está en Cuba como el año pasado). Sacar los bikinis en los que no sé en qué momento del verano anterior cupo bien mi parte donde la espalda pierde su nombre, la toalla que aún huele a arena, chanclas y a lucir color (o más bien ausencia de color) en la piscina.

Y entonces una se da cuenta de varias cosas. Primero que al sol todo se ve peor: más blanca, más grande y más foca. Segundo, que siempre hay alguna lista que lleva tomando el sol desde marzo y entonces ya está negra (y eso que este año he empezado en mayo, antes que de lo normal) y a su lado pareces una bombilla fluorescente. Y tercero, dicha lista suele pesar en torno a los 50 kilos y te jode la mañana.Pero hay que hacerlo antes o después así que ni la miras.

Una vez que desembarcas, te recolocas el minibikini, te tumbas y estás en posición de dorarte, siempre: o bien suena el móvil y tienes que volver a levantarte con el segundo lucimiento de cuerpazo (en el sentido de grande, no de bueno) o bien la de al lado te pide que le des crema. Pero todo por la salud de la piel, así que un pequeño esfuerzo.

Pasa la mañana, pasa el rato, un bañito rápido, media vuelta, musiquita, un libro, media vuelta, otro baño... Así podría estar horas, y así lo estuve el domingo.

Y así llegó el segundo mejor momento del año: la primera quemada. Porque una se dio crema pero el sol de Cristal City es potente. Y esto si que ya no tiene ni puñetero gracia. Color rojo pasión cual camarón por casi todo el cuerpo, pero a trozos (cuello blanco, marca de los pendientes, estupenda marca del bikini), dolor, imposibilidad de ducharse con agua caliente, carne viva en los pliegues de los michelines (rollitos para el público argentino), dolor al sentarse, el vaquero que pica, el sujetador que te aprieta escuece, postura para dormir complicada...

Y a los dos días, es decir, hoy, el tercer momento del año: pelarse. Porque entonces ya no pareces un camarón, pareces una serpiente en plena mudanza de piel, y además de la estética, duele.

Así que consejo: crema (más de 15), paciencia (ya llegará el moreno) y ánimo (que casi todos estamos igual).