Hay cosas que siempre me emocionan. Y uno de los lugares donde siemmmmmmmmmpre se me escapa una lagrimita o se queda a punto de hacerlo es en el aeropuerto, sobre todo en la zona de llegadas.
Hace unos días fui a recoger a Cris y llegué antes de lo normal. Vi a una rubia con un globo más grande que ella, con un I love you tremendo, correr (que por poco entra a la aduana) hacia su novio; a una niña abrazarse con su padre como si llevara mil años sin verse; a una pareja de jóvenes que probablemente llevaban todo el curso en Europa agarrando a sus madres llorando como locas; a hombres de negocios con su chófer; a amigos que reían; abuelitas que lloraban...
Y yo ahí con mi cafecito esperando a la enana pues como que me emocioné viendo el percal, al igual que cada vez que veo Love Actually lloro cual imbécil con los primeros tres minutos de película.
Cuando llegaron mis padres en abril me pasó algo parecido, pero luego cuando los vi ya no me quedaban lágrimas. Y cuando llegué a España y tenía al dibujo animado esperándome pues eso, abrazos por todos los lados que una no es de piedra a pesar del cansancio.
Entonces por todo esto y lo que una piensa en esos momentos creo que del último mes, uno de los momentos más tristes fue mi regreso a DC. Mil maletas, ocho horas de llorera, mucho cansancio y un calor de espanto, y no tenía a nadie esperándome en la llegada. Pero todo en esta vida no se puede, así que, por favor, el 23 de diciembre os quiero a todo en Noain (que llego a Pamplona), o por lo menos en San Antón en Logroño, porque no hay nada más triste que no tener recibimiento.
Si venis por aquí o alrededores decidme día y hora que aunque Dulles o Baltimore están un poco lejos, sé que abrazar a alguien nada más llegar hace, o por lo menos a mí, ilusión.

