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lunes 15 de noviembre de 2010

Afiches porteños II

Todavía no estamos en campaña electoral, ni en Navidad (aunque las monjas de la tienda de abajo han puesto un Belén más grande que mi living y mi depresión prenavideña ha aumentado esta mañana) pero como ya mostré hace unos meses, Buenos Aires está lleno de carteles, avisos e informaciones que son dignas de foto... Otros cuatro para la colección:

Estos son los peligros del cambio de idioma... Yo no puedo decir coger, ellos tampoco deberías poder decir correr en frases peligrosas... (marquesina de autobús...)

Como para olvidarme de mi hermano y mi padre... En marquesisnas, farolas, muros, bancos, parques, plazas, vereda...menos en los árboles el mejor Felipe está en todos los sitios...

Porque qué mejor forma de desear feliz aniversario que hacerlo delante de toda la calle... Los he visto en versión de graduados, cumpleaños y despedidas de solteras (no sé cómo leches los cuelgan o si se hacen amigos de los vecinos del primero...).

Un dios...

Seguimos buscando

martes 9 de noviembre de 2010

Lo bueno


Hoy hace medio año desde que arranqué en Buenos Aires, seis meses con sus días y sus noches, un invierno bastante invierno para lo que dicen que suele ser por aquí, una primavera que casi no ha existido y de repente llegó el verano; con una mezcla de lo bueno y lo malo muy rara en mi cabeza.

Y generalmente sólo me he quejado de lo que hay aquí (o más bien de lo que no hay o hay distinto), por lo visto cuesta más decir lo bueno. Pero los últimos seis meses han sido como 6 años, y lo que tengo aquí y anuncio voy a tener durante los próximos 12 meses, es mucho más de lo que hace un año hubiera imaginado.

Me ha pasado de todo, arranqué mal, para qué engañarnos. Pasé de vivir en Logroño, Pamplona y Washington (ninguno supera el millón de habitantes) a mudarme en una jungla donde cada minuto pasan tres colectivos y 30 taxis, un señor con 30 perros y para ir de un bar a otro hay que tomar (ya no cojo nada) un taxi. Cual Paco Martínez Soria me fui amoldando (con un par de fines de semana en la cama debido a no sé qué que me impedía alejarme mucho del baño), poco a poco empecé a conocer gente, a tener más trabajo y a explorar la noche porteña.

Entender el idioma era un golazo, pero otra vez días cortos y lluvia, y miedo a hacerlo mal en el trabajo, complicaban el tema. Pero fui a la reapertura del Teatro Colón, España ganó el Mundial, y yo lucía mi pulsera como si fuera la más facha del lugar, vacilaba a los porteños que siguen deprimidos por el 4-1 de Alemania y ya con mi hermana en casa por un mes, con mucho más trabajo y un grupo más o menos fijo de amigos, todo se convirtió en mi mundo. Un mundo bastante, bastante bueno.

Y desde entonces no he parado mucho. Conocí Montevideo y me cagué de frío por tres días, comenzaba a usar más y más vocablos que ahora ya no sé cuáles usaba antes o no, recibí a mis padres e intenté que no se fueran muy asustados, dejé de pronunciar coger en todas sus conjugaciones, la casa se me llenaba de cosas, me tomé una caña con Fernando Llorente (buffff), vi a España perder 4-1 con Argentina, aguanté las vaciladas a la contra, he visto a Calamaro, a Ismael Serrano, a Green Day, a No te va gustar, a Birabent, al Boca ganar en la Bombonera (y yo gritar cual posesa junto a Pichi), me he vuelto una rata al ver que un peso cuesta ganarlo y poco gastarlo, he comido la mejor carne del universo, me he aficionado al Fernet con Cola, he conocido a gente que se ha cruzado muchas veces conmigo y no había podido conocer bien, he vivido la muerte de Kirchner, la salida de 33 mineros de la tierra en directo, hago zapping y veo a Tinelli, Susana o CQC... y he entendido que hay algo más que la vida del hemisferio norte.

Porque allí haremos el censo con folletos, tenemos el euro que vale cinco veces más, respetamos algo más las señales de tráfico y los coches son más modernos. Pero aquí además de los alfajores, la carne, el acento, los mil y un conciertos y discotecas, el Obelisco y Puerto Madero, mis jefes, mis amigos, mi casa y mi portero, tengo algo que allí muchos de mis compañeros no pueden tener: un trabajo por el que me pagan considerablemente (hablando en pesos y yo me lo fundo todo). Solo me falta la familia y estamos completos.

Así que, de momento, no me muevo. Porque ahora tengo que quedarme a decir todo lo bueno, que, hasta el momento, también es bastante. Y yo lo tengo.

lunes 1 de noviembre de 2010

Histérica

En la oficina somos pocos, aunque cundimos mucho; y como en todo lugar de trabajo tiene que haber de todo, en la mía hay una psicóloga que practica con nosotros. Y miedito. Según ella todavía no puede analizar y establecer un diagnóstico, ni puede decir nada, pero yo sé que sabe mucho, que nos conoce más de lo que dice, y que se tiene que reír bastante. Y a mí con tres dibujitos me analizó hace unos días. Diagnóstico: histérica. Así, sin más, sin anestesia, soy una histérica. Y me lo dijo tal cual.

Intentó tranquilizarme con que todos somos un poco histéricos. Pero luego oí que al otro le decía que todos somos perversos y un poco pervertidos al otro, así que ya no me creo nada. Soy histérica y punto.

Y la verdad es que es algo que ya sabía(mos). No creo que hasta el punto de ser una neurosis que me lleve a la parálisis, pero hay cositas que me ponen un poco histérica, bastante diría yo y los que están a mi alrededor. Paso a enumerar, porque con la colaboración del mundo que me rodea quizá podemos solucionarlo sin necesidad de acudir al especialista:

Primera y más importante, no soporto que la gente haga ruido ingiriendo ningún tipo de comida y/0 fluido. De unos años a esta parte he empezado a tolerar el crujir de las cosas crujientes, pero hasta ahí mis límites. Cualquier tipo de ruido, respiración o suspiro en el momento de masticar y/o tragar me pone muy nerviosa. Incluso me he llegado a levantar de la mesa y comer sola más tarde. Especial manía hacía sopas y purés absorbidos, mariscos chupados y melón saboreado con ruiditos. Importantísimo el chicle con la boca cerrada. Vital cuidado en el cine.

No puedo ver en el armario una percha mirando para cada lado. O todas mirando hacia dentro, (preferiblemente) o todas mirando hacia fuera, pero no una para Cuenca y otra para Alberite. Si las tenemos de diferentes colores y se ordenan por colores, ya sería la más feliz del universo. En Zara he llegado a ir poniendo las perchas mirando para un lado (gracias a dios las dependientas son cada vez más ordenadas y lo dejan todo perfecto); en Bershka muero.

Que los bolígrafos, esferos, biromes, o como cada cual lo llame, marcadores, rotuladores, lapiceros o pinturas que están sobre la mesa apunten hacia mi persona. No puede ser. Para la derecha, para la izquierda o para arriba, en orden o en montañas, pero ninguna punta hacia a mí, por las dudas. Cuando iba al colegio y además usaba compás era indispensable que la punta estuviera para otro lado.

Que alguien me esté contando algo, se quedé colgado a la mitad y no siga. Aquí mi madre es la fundadora y especialista en alimentar esta histeria. Versiones derivadas como la de reírse solo y no contar por qué o contar algo y decir "bueno, déjalo, otro día" se engloban en este punto.

Y la última, y no por ello la menos importantes, las faltas de ortografía graves. Veo un "Córdoba" con V, un "empecé" con Z o un "que" con K y querría matar, llamar a la RAE y regalar un diccionario a todo el mundo que lo haga. Tildes, comas y demás pasamos, que todos somos humanos y yo la primera.

Esto son histerias mías, no manías, que para eso necesito un blog aparte.

Colaboren, por favor, sobre todo con la primera, sería mucho más feliz en este mundo (y viviría más tranquilita).