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domingo 26 de junio de 2011

Fútbol para todos


Antes de llegar sabía de la pasión de los argentinos por el fútbol, más por los equipos de la liga que de la propia selección. Y ya me avisó mi sabio padre: "No vayas a un Boca-River aunque te regalen entradas, es peligroso, muy peligroso". Y yo fui a ver a Boca, no contra River, y gracias a dios fue todo bien porque ganaron a Vélez. Fui a El Monumental y tampoco pasó nada porque ganaron también. Pero ahora mismo estoy viendo la salida del partido que ha llevado a River a la B (equivalente a que el Real Madrid se fuera a Segunda en España) y de verdad no entiendo.

El miércoles en Córdoba el partido de ida ya avanzaba que algo iba a pasar. Dos encapuchados saltaron al campo a empujar a dos jugadores y decirles básicamente que le echen huevos. Bueno, ya alucinamos todos, pero pasaron el detalle porque irse al infierno era más importante en las crónicas. Se suponía que el partido de vuelta era sin público pero no se podía dejar sin verlo a los socios que llevan 80 años siendo socios de River, así que no se sancionó.

Para evitar sustos hoy había un despliego 3.000 policías de la Federal, Gendarmería, tanques con agua, a caballo, de pie (los antidisturbios de aquí) y tras empatar el partido y llevar a River a la B ha empezado dentro y fuera del estadio una batalla campal.

Según dicen ahora está ardiendo parte de la cancha por dentro, la confitería, la garita de seguridad y algo cerca de la tienda de merchandising del equipo. Hay heridos en la zona de vestuarios y las ambulancias no pueden entrar. Señores, que en este mismo estadio en un mes se juega la final de la Copa de América...

Fuera hay una batalla entre seguidores y Policía, con contenedores ardiendo, piedras, palos (que no sé de donde mierdas sacan) y quedan dentro parte de la hinchada local y los pobres 2.200 cordobeses que yo no sé todavía cómo van a llegar a su casa hoy, si llegan. Enfados, lloros, indignación por tu equipo llego a entender. Liarse a piedras con la Policía se escapa de mi intelecto, sinceramente.

Y yo hacía mucho tiempo que no estaba tan alucinada por algo, porque no me puedo creer que a 30 minutos de mi casa, en la ciudad donde vivo, esté pasando esto.

Lo primero, dar ánimos a los hinchas, incluido Martín, que aunque esté lejos sé que lo está pasando mal y tal y como se viven las cosas aquí es una putada ir a la B.

Lo segundo varios puntos que no entiendo:

1- Por qué el equipo después de irse a la B no ha tenido un poco de dignidad y ha ido, rodeado de Policías como estaban, a saludar a la afición que los lleva soportando tres torneos incluso quedando últimos, al socio o no socio que cada tarde de domingo grita sus goles y se enfada con sus derrotas como si no hubiera mañana y al argentino de River que lo está viendo por televisión a miles de kilómetros de Buenos Aires.

2- Cómo leches llevas a un niño, a tu abuelo o a tu novia a la cancha a ver un partido que puede ser el cielo o el infierno según el resultado, si a la salida ya se da por hecho que va a ser una batalla.

3- Por qué una niña de 13 años está con la cara ensangrentada en una ambulancia si lo único que ha hecho es esperar dos horas para salir de la platea y aún así ha cobrado solo por el hecho de ir a ver a su equipo.

4- ¿Cuál es la solución?

Fuera del resultado deportivo, de verdad, es algo que no entiendo. No entiendo la forma de pensar de parte de la población con la que comparto calle. No entiendo que todo se dé por hecho como normal y que nadie se sorprenda en la prensa. Pero sobre todo, no entiendo hacia donde vamos si con el fútbol se tiene esta actitud. Ni quiero entenderlo.

lunes 20 de junio de 2011

Turbulencias



Aquí estoy. No es que me olvide del blog, no, es que de verdad estaba la cosa aburrida. Hasta que me he vuelto a ir de viaje, por su puesto. Llevaba varios meses con demasiadas ganas de volver a casa (la cuesta de enero fue barranco este año) y aunque el viaje en sí ya contaré, lo mejor fue la vuelta.

Yo soy socia de todas las aerolíneas, no me da para viajar siempre con una y sumar millas. A mí me da para viajar con la más barata y tener millas, pocas, en todas, con la esperanza de que algún día todas se unan para hacerme platino directamente, pero por el momento no. Así que la vuelta volé con mis amigos de TAM que tan bien me habían tratado en mi desembarco en Argentina hace más de un año (recordemos aquí) y aunque el viaje con Marta de Logroño a Madrid tuvo atascos y las dos pensábamos que perdía el vuelo, pero ninguna lo decía claramente, llegué a embarcar sin problemas.

Poco sitio como siempre, almohada, manta y a dormir la mona. Doce horas hasta Sao Paolo, 10 dormida. Demasiado buen viaje... Así que llegué al invierno brasilero, con poca ropa, mucho sueño y mi vuelo perdido en algún lado de esa horrible terminal, menos en las pantallas. Decidí que era demasiado pronto, así que me tumbé en dos bancos y dormí otro rato. Hasta que me entró el canguelo de las 6 de la mañana y fue a preguntar. "Señorita, vuelo cancelado por las cenizas del volcán, está cerrado Buenos Aires, Córdoba y Montevideo; en tres horas vuelva aquí que le damos su maleta y llevamos a un hotel hasta nuevo aviso". "¿¿¿¿¿!!!!!PERDÓNNNNNN!!!?????".

Yo no es que no lo pensará, que sí, pero cuando el señorito de TAM me dejó embarcar en Barajas supuse que estaba al tanto de que nunca iba a llegar a destino. Mala suposición. Así que con cara de lerda me fui al baño a analizar la situación: estaba sola, helada y dormida en Brasil, sin cargador del ordenador, sin Blackberry, con un Nokia chungo español con una raya de batería y con una mala hostia importante. Conclusión: aquello no iba a salir bien.

Me contacté como pude con quién pude, me fui tranquilizando, y para las dos horas estaba en un hotel de cinco estrellas al lado del aeropuerto con vales para comer y cenar en buffet libre y con un grupito de 4 personas a los que en una hora me dio tiempo a contarles mi vida, ellos la suya, y hacer medio piña. Ante la adversidad, la unión, pero mi yo, mi cabeza en la oficina donde había cumpleaños, mi mesa llena de cosas y mi mala leche por no tener ordenador, seguíamos un poco histéricos.

Así que así pasé un día, hasta me dí un baño que llevaba años sin hacerlo (baño en el sentido de baño de inmersión a la argentina), pero el segundo día ya no me banqué más la incomunicación y me fui al aeropuerto con ganas de guerra. Los de LAN me pasaban a TAM, los de TAM a LAN y así me pasé tres horas explicando que a mí me daba por el saco quién tenía la culpa, que ya calculaba que el volcán es algo natural y no le habían dado ellos a un interruptor para que escupiera ceniza, pero que yo necesitaba apuntarme en alguna lista o algo que me garantizara volar algún día, después de los mayores, las embarazadas, los niños, los enfermos, las mascotas y todo ser viviente que tenía preferencia sobre mí, europea y joven. (Bueno, evidentemente a todo esto ponedle un volumen de voz algo elevado para que me entendieran bien el español y muchos aspavientos de los míos, no mantuve la calma más que las dos primeras horas).

Y me fui con el recado al hotel. Realmente no sé qué me fastidiaba más, si pasar dos días en Brasil sin poder ver nada cuando podría estar en mi casa con mis padres, si la impotencia de no poder estar donde quería y trabajar un poco porque se terminó la batería, o el hecho de que nadie se responsabilizará de mí. Pero entre un pensamiento y otro una amable azafata vino al hotel y me dijo: "Quizá salga un vuelo a Buenos Aires esta noche, puede estar aquí en 10 minutos?", "Y en dos también, ahora bajo".

Y bajé dos veces porque no me iba la tarjeta de la puerta, subí, bajé, subí. Y todo el séquito de abandonados fuimos al aeropuerto. Y ahí nos plantamos; el profesor de la uni de Washington, una chica que llevaba dos meses de mochilera por Europa, una pareja que venía de USA, el cura, el estudiante que defendía tesis ese día y no llegó, la americana que iba a trabajar a Argentina (welcome le dije...), el vendedor de productos científicos, un afamado constructor argentino, una alemana-argentina que baila y da clases de tango, y la gallega desesperada y su mala leche que no la dejaba sola.

Y volé, volamos esa noche, pero no sin antes ser la última en no entrar en el vuelo de las ocho, sin discutir con un hombre que me gritaba por llevar un carry on grande (el pobre hombre se hizo el listo y no sabía que yo estaba de peor humor que él), sin quererme comprar todos los productos de MAC que no había en stock (maquillaje, no Apple) y sin cagarme en el volcán, en TAM, en LAN y en todo lo que rima con -an.

Y nunca amé tanto Buenos Aires como el miércoles a las 4 de la mañana.

jueves 16 de junio de 2011

Regreso

Público, tengo ahora mismo tantas cosas que contaros que necesito este fin de semana para escribirlo. Pero en resumen, estuve en España, mi padre cumplió 60, se ha metido en política, volví a Argentina, un volcán con nombre impronunciable me dejó en Sao Paolo dos días y llegué a una Argentina invernal y lluviosa a las 4 de la madrugada a 24 días de las elecciones y con la mesa llena de cosas.

Eso... ¡que este mes vuelvo con las pilas cargadas!