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jueves 14 de julio de 2011

Secreto


No lo iba a contar, pero lo voy a hacer. He vuelto al gimnasio, dos veces por semana a esa hora en la que en Buenos Aires sólo hay dos cosas: porteros echando agua en la acera y paseadores de perros con toda la jauría, las 7.45 am. Así que entre charco y soretín (plastongo para los españoles) voy todos los miércoles y viernes de camino al gimnasio.

Pero no es un gimnasio cualquiera, realmente es un centro de belleza con gimnasio, pero para el caso la bicicleta es la misma, la elíptica es la misma, la cinta también y lo que a mí me cuesta estar ahí casi una hora es lo mismo. Además por el mismo precio que en el gym de antes hago deporte, tengo tratamientos y un médico que me odia.

Los 45 min de ejercicio los llevo re bien, no bien, re bien. Y todo gracias a un espíritu competitivo que llevaba mucho tiempo sin acordarme que lo tenía. A mi hora va muy poca gente, pero entre esa gente hay dos viejas que me traen loca. Una porque está más buena que yo aunque todo lo tenga caído, y porque le da a la cinta al 7 y camina como si no hubiera un mañana. Y la otra porque aunque está más gorda cada día me va con un modelito diferente y le da a la elíptica como si hubiera un alfajor al final del camino. Así que yo me pico con las dos, y para ponerme como la primera, corro como la segunda y así, mirándolas con cara de posesa y dejando claro que tengo 25 años y no 65 como ellas, hago las series y series sin parar.

Después hay 30 minutos de algo para las piernas en mi caso, 30 minutos en los que según como haya dormido me dedico a leer, a contestar mails desde la BB o a dormirme el siestón del siglo que hay días que se me cae hasta la baba entre la luz ténue, el aparato y la musiquilla que nos ponen. Son los 30 minutos de felicidad en esas cuatro paredes de tortura, porque luego...

... los miércoles, tengo cita con el doctor. Que no es un doctor cualquiera, noooo. Es un médico que ya desde la primera cita me llamó gorda, con todas las letras, GOR-DA. Y yo le expliqué que sí, que USA me hizo mucho daño, que Argentina y las panaderías no me han ayudado y toda mi vida en verso... pero vaya, que no creía que fuera para tanto sobre todo cuando el muy cabrón tiene una panza de aquí a la China. Pero me lo llamó, y se quedó tan ancho aunque me dijera cuando estaba de pie que realmente no era para tanto que era muy alta. Pero el daño ya estaba hecho.

El enanín me mandó una dieta en la que lo más sabroso que se puede comer son 3 tomates sin aceite, sin sal y sin na', y un tecito sin azúcar para beber; y me citó para todos los miércoles del año para ver si llegaba a pesar XX kilogramos. Ahí ya me planté y le avisé que yo eso lo pesé en 1995 cuando hice la Primera Comunión, así que le pedí que fuera pensando en otro númerito más realista para mi condición física, psíquica y anímica.

Ahora bien, por mis santas narices ese médico me devuelve el dinero en diciembre por conseguir el objetivo y me llama flaca pero con todas las letras, FLA-CA.

Y luego iré donde las viejas buenorra y modelito a darles las gracias por hacerme correr cada mañana.

domingo 3 de julio de 2011

35



Hoy hace siete años que se casó mi hermana. Pero como la costumbre no hace más que celebrar los aniversarios en años múltiplos de cinco este post no va para ella (además sigo esperando a que me haga tía desde ese día...).

Hoy hace 35 años que se casaron mis padres. Que yo sólo he vivido 25 de esos, pero entonces me doy cuenta lo que supone todo este tiempo para cada uno de ellos.

Supone para mi padre treinta y cinco años de aguantar el orden obsesivo de mi madre, que te eche siempre un poquito más de lo que quieres en el plato o te haga repetir a pesar de que estés para explotar, intentar sacarle una foto sin que salga con los ojos cerrados, oírle hablar de ropa sin parar, ver que compra también asiduamente ;), vivir que una enfermera pase de ti ante cualquier queja referente a un dolor mínimo (tiene cosas más importantes que ver en el hospital...), que siempre te dé la misma pastilla para todo y oírle gritar en el coche cuando ve que la agujita pasa los 150 kilómetros por hora como una posesa.

Pero también significa ver a alguien a tu lado siempre impecable vestida de arriba abajo sin importar la hora, siempre sonriendo aunque los momentos no sean de risa (aunque solo sea para quitarle hierro al asunto), escucharla decir "Va, chico, que es una tontería" a pesar de que estemos ante un marrón bastante marrón, o defendernos a sus hijitos, especialmente al pequeño, ante la autoridad paternal, a fuego y espada aunque sea la causa indefendible.

Y para mi madre estos años ha supuesto ver como un hombre podía cambiar radicalmente de humor ante un resultado de un equipo de fútbol, como a un ser le pueden doler tres partes del cuero distintas a la vez y todas temerariamente graves, que no le dejen apenas hablar por Skype con la que está lejos, en este caso yo misma, oír la cantinela de "para ya un poquito con la tarjeta de crédito" ante cualquier compra vital o no, tener que controlar la cantidad de sal vertida sobre una comida para evitar sustos cardiacos, y haber tenido que esperar hasta la década de los noventa que a un padre le dé por compartir territorio en el salón para ver series familiares y no fútbol.

Pero ella también ha podido disfrutar de comidas y cenas exquisitas los últimos años, chistes y vaciladas a diario, un conductor de lujo cuando había que ir a Oviedo, compañero de viajes nacionales e internacionales, una sonrisa donde menos te la esperas que la va a haber y un "no te preocupes, ya veremos..." cuando parece que todo es gris.

Así que padres amados que me dieron el ser y patrocinan mi vida, feliz aniversario. Si habéis llegado hasta los 35 ya estamos planeando la celebración de los 40, el resto es... pan comido.

Os quiero mucho.