Páginas

miércoles 31 de agosto de 2011

Los chinos del cielo

Los chinos en Buenos Aires son especiales. No son chinos como lo de España. Tienen su barrio chino, y aunque algunos sí que tienen un negocio en el que venden de todo como en España, el clásico todo a 100 donde friki de mí compraba paquetes de cartas con dibujos y olores, aquí los chinos lo que tienen son supermercados de barrio.

Esos súper que en Logroño identificabas con el símbolo naranja de Udaco o cómo leches se llamará, o que no tenían ni nombre propio, se llamaban como el dueño “lo de Juan”, “ lo de Evedio” (¡quién se puede llamar Evedio hoy en día?), aquí en Buenos Aires también existen cada dos, como mucho tres, cuadras. Pero aquí lo llevan chinos, y los nombres son del estilo “Jardín de Pekín”, “Sol naciente” o simbolacos raros que puede poner vacaborrachaenelojodeltigre que ninguno de los que ahí compramos vamos a entender jamás.

Y todos esos chinos, o por lo menos los cinco que hay alrededor de mi casa y la oficina, tienen cosas en común, independientemente de que unos estén más limpios que otros, más ordenados o desprolijos, o la china o chino hable mejor o peor español argentino que otros porquel final lo que importa son cuatro frases: “Glacias”, “No tenés bil-lete más pequenio”, “¿Has traido envalse de cerveza?” y “No tenemos”.

En común está el puñetero famoso gato dorado que mueve el brazo para delante y para atrás todo el santo rato que aún no sé qué significa.

Además todos tienen una especie de balleta o trapo húmedo en la caja en la que el que esté de cajero se humedece los dedos para: o bien abrirte la bolsa o bien contarte bien el dinero que te devuelve, que a mí no me puede dar más asco ese trapo que vete tú a saber dónde leches ha estado o cuántos billetes ha contado la china con esa humedad.

Todo chino que se precio cuenta en su plantilla con un latino de cualquier nacionalidad que habla perfecto español para la zona de verdulería y fruta. Porque los kilos y los nombres de las frutas y verduras no entran en las cinco frases que todo chino o china debe saber para desempeñar su laburo en la capital.

Y, sin dejar de lado la raíz china del vendotodoloquepuedoenelmenorespacioposible, en todos los chinos hay una estantería en la que pueden encontrar desde una percha, hasta un tapón universal de bañera, pasando por un candelabro o un plástico para cubrir las esquinas de las mesas para que tu hijo tocatodo no se rompa la cabeza con ellas.

Y de esta forma los chinos tienen todo lo que alguna vez necesitas comprar y terminan siendo parte de mi vida porteña. Pero sobre todo la gente, y yo, compramos en ellos porque además de simpáticos siempre, siempre, siempre, están abiertos cuando los necesitas. Y eso nunca se pagará con dinero.

martes 30 de agosto de 2011

El día

Hoy ha sido el cumpleaños de mi madre. En realidad en Argentina lo sigue siendo por media hora más, pero ojalá estuviera aquí para celebrarlo. Sólo he podido hablar con ella cinco minutos y mandarle un sms, según ella más que suficiente. Pero para mí ya no son suficientes estas cosas. Siempre he comentado lo bueno y lo malo de estar fuera, la experiencia, la gente, la nueva cultura… pero empiezo a sentir esa cosa dentro que me llama a volver más cerca de casa.

Hoy era uno de esos días en los que nada me compensaba tanto como poder estar allí. Estar con todos, con mi madre que era la homenajeada, verla hablar por teléfono sin parar y de poder ver su cara ante un regalo. Ir a comprar cosas o acompañarla a donde tuviera que ir, porque era su día.

Hoy era el día en el que quería estar en casa al lado de mi viejo. Que termino el domingo por la mañana en una ambulancia hecho paté porque una loquita iba con cinco veces más de las copichuelas permitidas y se lo habían llevado por delante, a él y a su ya no existente bicicleta. Le duele hasta el cerebelo, no se puede mover todavía. Pero me tengo que conformar con verle la cara por Skype y dar gracias a que solo tenga desde la lengua al tobillo unos hematomas del tamaño de la Península Ibérica, total podía haber sido peor, se podía haber roto algo o más.

Hoy era el día en el que hubiera querido estar con mi hermana María haciendo, o viéndola hacer, los quinientos mil emparedados que seguro ha hecho para celebrar en casa el cumpleaños de mi madre. Y el día en el que hubiera querido ver a mi hermana Ana, que creo sigue con el susto del domingo, para ayudarle, o verla desde el sofá, como recoge las cosas del salón a la cocina, de la cocina al salón.

Y hoy también era el día en el que hubiera querido llegar a Madrid con mi hermano Felipe. Para reclamar por las maletas que le han perdido, para cagarme en lo más barrido porque en una de ellas estaba el regalo de mi madre, para poder comerme un bocadillo de jamón serrano nada más aterrizar como él ha hecho y sobre todo, para poder decir que estaba de vuelta a casa y hubiera visto a todos los anteriormente nombrados.

Pero nada de esto se ha dado, porque hoy he estado de viaje durante todo el día, en un pueblo de la costa argentina yendo a ver a un candidato a intendente con el que trabajo. He visto la playa, he comido pescado y he estado con uno de los clientes que más me hace reír, y con los que me hacen ver lo bueno de este país y me hace sentir que vale todo para algo.

Ya habrá tiempos mejores. Y yo ahí estaré para verlo.

jueves 11 de agosto de 2011

Odios

Mi padre siempre me ha dicho que soy un poco rarita. Una vuelta al mundo le hace falta a mi viejo para saber qué es ser raro o ser normal, o al menos, medio normal. Pero el caso es que de un tiempo a esta parte, una mezcla de vivir fuera y hacerme mayor (recordemos, 25, que un cabroncete el otro día me dijo 30-31) he empezado a ver que hay muchas cosas que no soporto, que antes veía y pasaba y que ahora cuanto menos, llaman mi atención.

Paso a detallar.

- No soporto a una persona en Facebook, que ha dejado de ser mi face-amiga, por su puesto, que todos los días su estado era del estilo: "me muero de sueño", "me muero de hambre", "¿cómo puede empezar bien un día si hay que levantar de la cama?", "me aburro"... y derivados de tener un oso perezoso en su ser. ¡¡A mí me aburres tú!! Nena, sé qué andas buscando trabajo, ¿te piensas que alguien te va a contratar leyendo el ánimo con el que te levantas todas las mañanas?

- Odio los anuncios de compresas de aquí. No me extraña que los tíos piensen que somos gilipollas. "Para esos días en los que no sos vos", "todo puede ser color de rosa", "Siéntete libre todos los días del mes". ¡Paraaaaa un poco, ché! Que tenemos la regla no un cáncer, si investigaran un poco de los avances del mercado verían que hay cinco generaciones de productos por encima y todo queda en su sitio aunque hagas gimnasia.

(De tampones no hablamos porque no hay, recién llevamos unos meses con un anuncio para instalar en la sociedad femenina que se pueden usar los tampax todos los días sin riesgo de perder la posibilidad de tener hijos. No es una tontada, pensad en verano que muchas, muchas más de las que yo pensaba, se quedan en la orilla por culpa del imaginario común).

- Este sin tomarlo mal, que luego siempre hay reproches pero pongo lo que pienso: ya no aguanto más la histeria de algunas argentinas, o de las porteñas, que todos me corrigen. Flacas, hay vida después de alisarse el pelo, ponerse unos zuecos de madera más altos que vosotras en reposo, posar en las fotos para luego verse en Facebook y comerse a un pibe cualquier noche. Despertad un poquito. (Aunque creo que todo es un producto de los comerciales de compresas, que al final se lo creen).

- No puedo soportar el no tener nada que contaros en el blog. Recibir mails de gente que me dicen a ver qué me pasa, qué por qué no escribo, si estoy bien... Me pasan cosas, obviamente, demasiadas, pero ha sido un verano-en-el-norte-invierno-en-el-sur un poco complicado. En mi tiempo en Buenos Aires no le he dado mucho a la lectura, y os juro que eso se nota a la hora de ponerse una a escribir, todo era más fluido antes, pero lo va a ser a partir de ahora de nuevo.

Así que abróchense los cinturones que arrancamos. Aunque no sé si quedará alguien al otro lado de la pantalla.