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jueves 20 de octubre de 2011

¡Cocineras, a los fogones! (que llego)


No es noticia que tengo una familia muy gastronómica. El restaurante de mi abuela, el Buenos Aires (en la calle República Argentina 11, creo que estaba destinada a vivir donde vivo...), es parte de mi infancia. Ahí comía yo todos los sábados en el office de la cocina con mi querido hermano, Lopetegui, Iturrino y Vergara, por aquel entonces futbolistas del Logroñés, cuando el Logroñés era el Logroñés y estaba en Primera, y luego el domingo los iba a ver jugar con mi padre, pero ya lo conté aquí.

Y casi siempre comíamos como ellos: unas croquetitas, ellos pasta con tomate y un filete con patatas fritas (comida de futbolista nos decía mi abuela) y cuando no estaban porque jugaban fuera, mi padre se aliaba con mi abuela y nos cascaban un plato de merluza a la romana (que no es que nos encantará por aquel entonces y ahora mismo me arrepiento tanto de esas caras de asco...).

También es el lugar donde celebramos la Nochevieja y Año Nuevo, donde me pongo las botas hasta tal punto que luego hay veces que la cremallera del vestido para el cotillón no me cierra y donde, año tras año, sin importar cuánto lo sepamos, son las doce menos cuarto de la noche y seguimos casi con los entrantes y las uvas sin poner. Pero tenemos una facilidad asombrosa para acelerar la marcha y llegar a las 12 con todo comido y los turrones cortados.

Ahora en la cocina está mi tía Pitu, mi abuela suficiente tuvo durante décadas, y mis hermanas se llevaron la parte cocinitas del pastel. Ana, estudió hostelería y lleva un restaurante, y María se gana premios con las recetas familiares. Pero yo, nada de nada. Huevo frito, pechugas a la plancha y ensalada, no me saquéis de ahí. Y lo peor, es que no sé y no tengo esa paciencia para aprender y tardar media hora en hacer algo que me cuesta comer 2 minutos.

Pero como hay gente de sobra en la familia y les encanta ¿para qué me voy a meter donde no me llaman? Así que voy dejando la lista (no necesariamente por orden de preferencia) de cosas que quiero comer desde que ponga un pie en el suelo en casa, para que no discutáis algunas os digo quién las puede hacer. ¡Cocineras, a los fogones que llego!

- Croquetas, de la abuela.
- Albóndigas, de María.
- Pescado.
- Calamares en su tinta, esto se lo dejamos a Pitu...
- Pastel de queso con miel y trufa de Anita.
- Alubias rojas. (Pues sí, María, has leído bien, he visto una foto y no veo el momento de comerme un plataco lleno, sin tocino, por favor).
- Patatas con chorizo, papá, sé que te mueres de ganas.
- Pescado, por si no ha quedado claro.
- (An)gulas, del Norte, por favor.
- Patatas a la importancia (las de mi madre, que eso sí sabe hacer).
- Guisantes con huevo escalfado (los de mi padre, que es el que controla).
- Tortilla de patata del Porto Novo.
- Pescado que no es suficiente aún.
- Foie fresco con Pedro Ximenez, mmmmmmm.
- Carne guisada.
- Libritos de jamón y queso.
- Bizcocho (mamá, ya van dos tuyos, no eres tan anticocinas como creemos).
- Jamón de jabugo.
- Pinchos morunos.
- Algo de pescado, si eso...

Esto para empezar...

jueves 13 de octubre de 2011

Surcando la ruta


He ido de viaje, con lo cual tengo que contar la historia del viaje que como ya todos sabemos por esto, eso y aquello, y lo de más allá, (y más) es mi especialidad del mundo mundial.

Esta semana (y la que viene) el viaje era por trabajo. No salía de la provincia de Buenos Aires, pero como las distancias argentinas no son a escala normal, sino que son a escala estatrósferica, irse "aquí al lado" supone seis horas y medias de autobús. Que es más de lo que me cuesta ir a París en tren desde la frontera, pero es cuestión de acostumbrarse.

Así que me dispuse a ir a la linda y limpia estación de Retiro (todo irónico, irónico, es sucia y fea a más no poder) a las 8 de la mañana de un festivo, así que poca gente en el camino y mucho movimiento por la estación. El primer día que hice esto estaba cagada, ahora ya, una más...

Me compré un agüita y me subí al autobús. Y, un golpe a favor del transporte argentino, subí al autobús pero un micro argento es como la primera clase de un avión árabe. ¡Una locura! Las butacas son como un auténtico sofá, tienes para apoyar los pies y para reclinarte hasta 180 grados (depende del billete que compres: cama, ejecutivo o semicama). Pero el resumen es que yo quepo todo lo larga que soy sin que se me duerman las piernas. Así que viajar esas distancia pero con tanta comodidad, hace la cosa más llevadera.

Sabemos que me duermo de pie, si hace falta, y más siendo temprano, con el bus medio vacío y con sueño. Pero... aquí vamos con los peros... el lunes el que estaba detrás de mí decidió que él iba a dormir, y que los demás debíamos escuchar sus ronquidos. Y yo me ataco. Porque bueno, que alguien ronque no es tan grave, lo he sufrido alguna vez y no voy a decir nombres, pero eso no era un ronquido normal, eso era sobrenatural. Yo ya no me iba a dormir, pero es que me estaba dando miedo que ese hombre se quedará ahí en el sitio ahogado en su propia respiración, y pasé del mal humor a la angustia, y la segunda es mucho peor que la primera.

Entre ponte bien y estate quieta con la sinfonía angustiosa de fondo me percaté que en la goma que refuerza la ventanilla había agua, no unas gotitas, un buen charco que avanzaba para delante y para atrás según las maniobras del chófer. Y ahí mi bombilla semiencendida a esas horas de un festivo pensé "qué leches va a hacer ese agua en la curva..." y entonces comencé a mirar desafiante ese charquito de agua, cómo se comportaba y qué hacía hasta que descubrí que era mucha pero no la suficiente como para caerse encima de mí salvo que el autobús volcase hacia la izquierda. Cosa que esperaba no ocurriera, así que dejé de preocuparme por el agua.

El oso hormiguero seguía en la suya y en la tercera y última parada, en Quilmes, muy cerca de Buenos Aires antes de salir a la ruta hasta destino, el oso se despertó y me dí cuenta de que era el segundo chófer de a bordo (con esas distancias casi siempre hay dos) así que me puse contenta porque se iba a conducir, me acomodé y me dispuse a dormir las 5 horas restantes. Pero de repente subió un vendedor gritando la retaila de productos que tenía: "Facturas, fanta, café, coca, galletitas; facturas, fanta, café, coca, galletitas" (íbamos una docena de personas con una vez ya le oíamos). Y me prometí no quejarme ni abrir los ojos.

Arrancamos y a los 10 minutos, cuando ya estaba en el otro mundo más que en este, encima de mí el altavoz empezó, cuál avión se tratase, a presentar la flota de autobuses en la que viajaba, la historia, la vida de su fundador, de su hijo y su nieto, cómo compró el primer bus y cómo ha llegado hasta tener ese micro tan grande, lustroso y cómodo en el que yo estaba postrada.

Y volví a decidir no abrir los ojos hasta que terminará el video para después dormirme y no perder el sueño. Pero a los 15 minutos de escuchar obra y milagros del fundador, a un volumen considerable empezó una película, doblada a español latino, y con mucho ruido. "Pondrán los subtítulos, como siempre", pensé. Pero no, el chófer 1, que ocupaba la cama de los ronquidos al que le fui amablemente a preguntar me dijo que era el volúmen mínimo, así o muda. Y estuve a punto de preguntar a los 10 que me acompañaban qué leches querían si peli o silencio, pero me di media vuelta y me intenté dormir, sin mucha suerte hasta que la película, que oía a trozos, terminó.

Entre cabezada y cabezada vi que hacía sol, se fue nublando y se puso a llover (más cerca de destino-peor tiempo, regla que siempre se cumple si soy yo la que viajo) y cuando faltaban apenas 2 horas, vista la imposibilidad de descansar, me puse a leer. Y no paré hasta llegar, porque el libro está bastante bueno y llevaba tiempo teniéndolo en la mesilla (Storytelling, de Christian Salmon). A media hora de llegar, mandé un mensaje por chat a la persona que me iba a buscar, pero Blackberry Latinoamérica no quería quedarse atrás en el parón europeo de Blackberrys. Intenté llamar pero no podía y llegué y no había nadie, no sabía cuál era mi hotel, y, lo peor, no sabía ni siquiera dónde estaba la terminal a la que había llegado.

Así que me senté al rayo de sol que salió para darme la bienvenida, me despreocupé de todo y esperé a recibir señales de humo de a dónde ir. A la hora llegaba al hotel, piso 8 frente al mar. Algo bueno tenía que haber al final del camino.

miércoles 12 de octubre de 2011

Sentido común

Nunca hablo en el blog sobre mi trabajo, no porque no vea cosas graciosas, raras e increíble (que podría escribir un libro), pero les debo cierta confidencialidad a las personas a las que asesoramos. Sin embargo, hoy no importa lo que diga, porque es bueno.

He oído por activa y por pasiva a la gente quejarse de la política, de los políticos que roban, los que son corruptos, los que no hacen nada, los que hacen lo de siempre (nada)... Y sí, los hay así a montones, no hace falta más que leer los periódicos todos los días. De hecho, yo era la primera que hace unos años saltaba las 1.000 páginas de Política, la que no prestaba atención a los 7 primeros minutos del telediario. Pero por friki, porque así se dio o porque terminé trabajando en todo relacionado con ella, acabé en este lado de la barrera. Y desde entonces he podido ver que NO todos son como pensamos.

Y quizá eso es lo que me mueve a seguir trabajando en esto. No para lograr la paz y equidad mundial como si fuera una Miss Universo a punto de recibir su corona, pero sí para intentar cambiar, aunque sea desde acciones pequeñas, un poco las cosas y, en la medida de lo posible, mejorar la vida de la gente. Que la hay muy jeta, la hay con muy mala suerte y la hay que se merecen realmente una ayuda.

Y todo esto viene a que estoy de viaje, y he podido ver en vivo y en directo como uno de los intendentes a los que ayudamos de cara a las elecciones (para su reelección) ha sorteado 40 casas entre los gremios de seguridad y demases (socorristas, policía, prefectura, veteranos de Malvinas....) y he visto como una guardavidas ha llorado al ver su numerito en la bola sacada, a un veterano emocionado cuando le han dado su parcelita y a unos cuantos policías jóvenes saltar de alegría porque la semana que viene van a poder entrar a SU casa. Y me ha gustado.

Entonces he pensado, "qué grande es el intendente que ha hecho esto". Y me he dado cuenta de que no hay que hacer otra cosa más que tener sentido común y trabajar. Que parece una obviedad y tontada, pero visto lo visto no es tan fácil. Así que poco a poco desde lo que me toca, haremos lo posible para cambiarlo. Yo me quedo tranquila si, para empezar, los que más cerca tengo lo cumplen. Sobre todo uno, aunque según veo de lejos puedo estar más que tranquila de que así lo está haciendo.

lunes 10 de octubre de 2011

A oscuras


Ayer viví mi primer apagón. Sí, he vivido la tormenta de nieve americana más grande de la década, tres bombas, un vuelo en el que por poco me muero viendo Los Simpson, pero nunca lo había hecho con la luz apagada. Y la experiencia no me gustó NADA.

La semana pasada se fue la luz un par de horas, pero como era domingo y yo soy de planchar la oreja hasta el máximo estaba dormida, así que ni me enteré. Pero ayer pasó lo mismo, sólo que en vez de un par de horas fue todo el día. Ilusa de mí pensé que no iba a durar nada y me lavé el pelo. Pero he estado con el pelo húmedo hasta esta mañana.

Ilusa de mí me fui a comer fuera pensando que a la vuelta iba a tener todo encendido, pero no, llegué, no había luz y eso implica que no hay nevera, que no hay wifi, que no hay televisión, que no hay enchufes, que no hay nada. De nada.

Y cuando alguien, por ejemplo yo, tiene el ordenador sin batería, el iPad sin batería, el teléfono sin batería y sufre de enganche a dos juegos de frikis y encima era el cumpleaños de su hermana y sólo la quería llamar por Skype, el apagón jode. Y si además añadimos que ni en el remoto de los casos tengo velas, porque nunca se me pasa por la cabeza que pueda pasar, entonces ahí arranca el día del aprendizaje.

Porque el santo que ayer lo sufrió conmigo, quien no se podía creer que en mi vida hubiera estado en un apagón así, me enseñó qué velas comprar, cómo ponerlas y cómo pasar el rato sin que mi mala leche me inundará, él no me soportará y me dejará ahí tirada por boba.

Así que lo fui llevando, con mejor o peor cara a ratos pero entonces ya definitivamente me dí cuenta de que yo seré una pija, cheta o cada cual en su idioma quiera llamarme, pero estoy acostumbrada a vivir con luz, con agua caliente y con internet, cosas de la vida, mi vida.

Aunque un día sin alguna de ellas me viene bien. Para seguir espabilando.

jueves 6 de octubre de 2011

Saludos


He estado leyendo varias columnas de Arturo Pérez-Reverte estos días. Aquí no me llega el XL Semanal los domingos así que cada varias semanas a través de la web me leo las 3 ó 4 anteriores. No me gusta tanto leerlas en la pantalla, pero antes que nada prefiero esto. Y hoy ha caído ante mis ojos una sobre la falta de "educación" o "simpatía" de los españoles para saludar a los amigos, conocidos o cualquier ser viviente. Y aquí es mi turno de romper una lanza a favor de mis queridos argentinos. Porque a cada uno lo suyo, los argentinos saludan a toda la eternidad si hace falta.

Ya hablé cuando llevaba poco tiempo viviendo en Buenos Aires que a mí el tema besos me desconcertaba un poco. Besos al entrar, al salir, al ir al baño, al volver, todos los días, a todos. Y no dos, uno. Bien, año y medio después puedo decir que me he acostumbrado y me ha vuelto un poquitín más cariñosa. Es más, he visto como un amigo del mismísimo Bilbao, que la última vez que dio un beso a un amigo suyo de Bilbao fue en medio de una borrachera o en el lecho de muerte, también saluda con un beso a chicos y chicas. Con lo cual, todo es posible.

Pero al margen de los besos aquí siempre se saluda. Al vecino, al panadero, a los compañeros de oficina, al camarero, al portero. Todos dicen "buen día" por la mañana, "¿cómo te va?" por la tarde y "hasta mañana" o "buenas noches" por la noche. Puede que hasta un portero que no sabe ni quién eres se te quede mirando y te diga "Buennnn díaaaa" (con tonito argentino).

Y a mí una de las cosas que siempre me llaman la atención y que gracias a dios se me está pegando es el tema de los saludos por teléfono. Aquí una llamada empieza más o menos "hola, María, mi nombre es Inés, te estoy llamando para hacerte una consulta sobre..."o "hola, Agus, mi nombre es Inés, te estoy llamando de ---- y quería saber si puedes ayudarme con esto...". Y las despedidas "mil gracias por la ayuda" y yo todavía no, pero el más argento sí un "fuiste muy amable, muchas gracias".

¡¡¡Joder es que así da gusto ser teleoperadora!!! Si solo falta que te hagan la ola... que parece que te están perdonando la vida cuando haces una pregunta o consulta o pides un favor.

Pero en España no, en este caso nos sale el español bien burro que llevamos dentro y nos comportamos como tal. Contestamos el teléfono diciendo "¿quién?", "¿sí?" o en el mejor de los casos "¿dígame?", en vez de el tan simpático argentino "¡hoooooooooola!" (con tonito argento, por favor). Nos despedimos con un "ok", "hasta luego" o en el mejor de los casos "muchas gracias, un beso", en lugar del tan socorrido y amigable "un beso, chau, chau" que no me puede gustar más.

Llámamos al camarero para pedirle la cuenta con un chasquidito de dedos o un buen "¡jefeeeee, la cuenta!", cuanto más alto y claro, mejor, que quede claro que pedimos la cuenta al camarero. A la operadora le mandamos a la mierda con un "ahora no puedo, adiós" (generalmente llaman a la hora de la siesta, este lo defiendo un poco) y nos quedamos tan anchos y giramos la cara o nos hacemos los locos cuando no queremos saludar a alguien por la calle.

¡Qué nos costará decir "hasta luego...! Pues parece que mucho, porque seremos hospitalarios, cachondos, simpáticos, buenas personas cuando queremos, divertidos, españoles y todo lo que nos dé la gana. Pero el tema saludo lo estamos perdiendo todo. Si es que algo quedaba...

Chau.

martes 4 de octubre de 2011

La primavera...


No sé qué contaros, en realidad sí que sé pero es tan largo que Justo luego no me lee y prefiero mantener la clientela. Así sin comerlo ni beberlo llegó la primavera a Buenos Aires. Hoy justo no que hace un biruji importante (a ver cuántos habíais visto biruji escrito y no habéis dudado...). Pero con el sol en lo alto como que todo se ve de diferente color, o no, pero al menos está una de mejor humor.

No he empezado a usar el bidé, solo faltaba. Sí hemos empezado un poco de dieta para quitar al menos el primer piso de los rollitos que protegen mi abdomen. Así que básicamente mis mediodías están acompañados de mandarinas y/o bocadillos de jamón y queso de pan negro. Mira que tienen pepitas las mandarinas en Buenos Aires. Cada gajo (quién había visto escrito gajo, ¿cuántos?) tiene como 4 ó 5. Y yo que soy de comer ligero, por no decir a ritmo supersónico, me juego el gaznate (esta tampoco la escribís mucho...) cada mediodía.

Pero que te digan que estás un poco más flaca, en sentido español de España, a todo el mundo le gusta. Así que seguiré comiendo mandarinas con o sin pepitas, que una más o menos ahí dentro no creo que me creen una úlcera.

También son días de pensar mucho. En lo poco que queda para que lleguen las elecciones, motivo y razón por la que llegué aquí hace año y medio, para que llegue la Navidad y vuelva a casa y para ver qué leches hago con mi vida. Pero esto es un cantar demasiado largo como para compartirlo, os diré la resolución final cuando tome la decisión o cuando algún señor llame a mi puerta. Veremos, no tengo ni prisa ni miedo.

Y así después de escribir tres párrafos pienso, "Inés, esto no le interesa a nadie..." Pero la verdad que después de leer los 4 diarios españoles que leo, el Twitter y el Facebook de medio mundo, me he percatado que está el personal centrado en dos cosas: la boda de la Duquesa de Alba y la crisis que nunca termina y que según un sabio no ha tocado fondo ("Vamos a tener que comer mierda y lo peor es que no va a llegar para todos"). Con lo cual me hace pensar 1. Que esto no es nada raro, quizá al menos sonriáis un poco; 2. Madre mía como está el percal si doña Cayetana es lo único interesante (para quién lo sea) y 3. Cuántas palabrejas que usamos y no hemos visto escritas en nuestra vida.

¿O habíais visto muchas veces así de bien escrito "hecatombe"?