
No es noticia que tengo una familia muy gastronómica. El restaurante de mi abuela, el Buenos Aires (en la calle República Argentina 11, creo que estaba destinada a vivir donde vivo...), es parte de mi infancia. Ahí comía yo todos los sábados en el office de la cocina con mi querido hermano, Lopetegui, Iturrino y Vergara, por aquel entonces futbolistas del Logroñés, cuando el Logroñés era el Logroñés y estaba en Primera, y luego el domingo los iba a ver jugar con mi padre, pero ya lo conté aquí.
Y casi siempre comíamos como ellos: unas croquetitas, ellos pasta con tomate y un filete con patatas fritas (comida de futbolista nos decía mi abuela) y cuando no estaban porque jugaban fuera, mi padre se aliaba con mi abuela y nos cascaban un plato de merluza a la romana (que no es que nos encantará por aquel entonces y ahora mismo me arrepiento tanto de esas caras de asco...).
También es el lugar donde celebramos la Nochevieja y Año Nuevo, donde me pongo las botas hasta tal punto que luego hay veces que la cremallera del vestido para el cotillón no me cierra y donde, año tras año, sin importar cuánto lo sepamos, son las doce menos cuarto de la noche y seguimos casi con los entrantes y las uvas sin poner. Pero tenemos una facilidad asombrosa para acelerar la marcha y llegar a las 12 con todo comido y los turrones cortados.
Ahora en la cocina está mi tía Pitu, mi abuela suficiente tuvo durante décadas, y mis hermanas se llevaron la parte cocinitas del pastel. Ana, estudió hostelería y lleva un restaurante, y María se gana premios con las recetas familiares. Pero yo, nada de nada. Huevo frito, pechugas a la plancha y ensalada, no me saquéis de ahí. Y lo peor, es que no sé y no tengo esa paciencia para aprender y tardar media hora en hacer algo que me cuesta comer 2 minutos.
Ahora en la cocina está mi tía Pitu, mi abuela suficiente tuvo durante décadas, y mis hermanas se llevaron la parte cocinitas del pastel. Ana, estudió hostelería y lleva un restaurante, y María se gana premios con las recetas familiares. Pero yo, nada de nada. Huevo frito, pechugas a la plancha y ensalada, no me saquéis de ahí. Y lo peor, es que no sé y no tengo esa paciencia para aprender y tardar media hora en hacer algo que me cuesta comer 2 minutos.
Pero como hay gente de sobra en la familia y les encanta ¿para qué me voy a meter donde no me llaman? Así que voy dejando la lista (no necesariamente por orden de preferencia) de cosas que quiero comer desde que ponga un pie en el suelo en casa, para que no discutáis algunas os digo quién las puede hacer. ¡Cocineras, a los fogones que llego!
- Croquetas, de la abuela.
- Albóndigas, de María.
- Pescado.
- Calamares en su tinta, esto se lo dejamos a Pitu...
- Pastel de queso con miel y trufa de Anita.
- Alubias rojas. (Pues sí, María, has leído bien, he visto una foto y no veo el momento de comerme un plataco lleno, sin tocino, por favor).
- Patatas con chorizo, papá, sé que te mueres de ganas.
- Pescado, por si no ha quedado claro.
- (An)gulas, del Norte, por favor.
- Patatas a la importancia (las de mi madre, que eso sí sabe hacer).
- Guisantes con huevo escalfado (los de mi padre, que es el que controla).
- Tortilla de patata del Porto Novo.
- Pescado que no es suficiente aún.
- Foie fresco con Pedro Ximenez, mmmmmmm.
- Carne guisada.
- Libritos de jamón y queso.
- Bizcocho (mamá, ya van dos tuyos, no eres tan anticocinas como creemos).
- Jamón de jabugo.
- Pinchos morunos.
- Algo de pescado, si eso...
Esto para empezar...




