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miércoles 23 de noviembre de 2011

Mi Buenos Aires querido

Tenía previsto volar de Washington DC a Madrid el 31 de mayo de 2009 después de trece meses fuera de España; pero una cena, estar sentada al lado de un argentino que no conocía y una frase afortunada del estilo: “Yo voy donde me den un buen trabajo”, terminó desviando mis billetes de Washington a Buenos Aires al 9 de mayo. Y el argentino ha sido desde entonces mi jefe.

Siempre había querido venir a Buenos Aires. Muchos amigos de aquí, gente que venía de viaje y volvía encantada, incluidos mis padres, y quizá un poco de destino familiar (el restaurante, la calle donde vive media familia...) me traían hasta aquí. Y ahora, año y medio después, entiendo a aquellos argentinos arraigados en España que me preguntaban si estaba de verdad segura.

Porque Buenos Aires es muchas cosas. Es la ciudad del tango, de la cultura, del mate, de Boca y de todo lo que Calamaro y Sabina describen en sus canciones y el colectivo español tenemos en mente y adoramos. Pero cuando Buenos Aires deja de ser el lugar de paso y se convierte en tu casa, sale lo feo, que también lo tiene. Y ves que en el mismo escenario hay muchos problemas de tráfico, de manifestaciones diarias, de gente viviendo en la misma calle que hay casas con cinco baños, de inflación, de limpieza y de seguridad. Cosas que antes no valoraba y que ahora casi ya son una costumbre. Pero quizá Buenos Aires no sería Buenos Aires sin todo esto, no lo sé.

Lo que sí que sé es todo lo que he aprendido y vivido aquí. En lo profesional arranqué sin tener ni idea de dónde me metía. Me sonaban a chino todos los partidos, los políticos, los métodos de investigación, los pasos para crear una buena estrategia a nuestros candidatos. Y aquí empecé a hacer cosas a los pocos meses que en España probablemente hubiera tardado en hacer años.

En lo personal, básicamente, espabilé. En Estados Unidos a pesar del idioma por una persona u otra siempre estuve arropada, cuidada; aquí prácticamente no conocía a nadie, empecé a vivir sola en una ciudad en la que mi barrio es más grande que la ciudad donde crecí y el trabajo me consumía. De repente me vi con momentos de estrés que meses antes hubiera jurado que nunca iba a tener. También me di cuenta de que estaba sola ante el peligro cuando vi lo lejos que estaba todo esto en el mapa del avión (bastante más abajo que Sudáfrica ). Ya no había esa posibilidad de una visita rápida y barata a casa en caso de extrema morriña o alguna urgencia, demasiado lejos.

Y poco a poco me introduje en la ciudad como si fuera de “acá”. Renuncié a mi nombre. Soy la Gallega, Gaita en la oficina, Ine o Ché, en el mejor de los casos. Mi diccionario de español se duplicó. Nada se dice igual, muchas cosas tienen significados diferentes y comprometedores y todavía hoy sigo sintiendo la humillación cuando uso algunas palabras mal. Ya no sé qué decía en España, qué digo porque se dice aquí, o siquiera si existe, lo digo bien o con la tonada adecuada. Sigo sin ser consciente de que hablo distinto. No entiendo cómo con sólo decir “gracias” en la panadería me preguntan “Española, ¿de qué parte?”, para mí ya ha pasado tiempo, para el panadero no. Ni me veo esa “cara de gallega” que muchos me dicen que tengo. Pero el acento y la extranjería tiene sus ventajas cuando se quiere pedir algo o ligar, aunque esta cuestión la resolví hace un año.

Pero a pesar de la lejanía, la inexperiencia inicial, los kilos que me he echado encima porque aquí se come la mejor carne, pizza, pasta, helado, dulce… del mundo, y de la jungla ésta en la que vivo, no me han faltado nunca los amigos, el amor que tanto temía mi padre que apareciera y me dejará en Argentina de por vida, y las visitas de familiares y amigos que han hecho todo mucho más llevadero, han traído el correspondiente paquete de Zara y jamón que tanto echaba de menos, y han podido ver ese Buenos Aires que Sabina y Calamaro describen en sus canciones. Porque al fin y al cabo, ese es el Buenos Aires lindo que me gusta mostrarles y es el Buenos Aires que espero quede en mi memoria el día que decida hacer las maletas. Al que le debo mucho de lo que ahora soy y tengo.

Y hoy hago las maletas. Se acaba esta aventura argentina que arrancó hace 1 año, 6 meses y 14 días y en la que me ha pasado de todo, bueno y malo. Y miro para atrás y agradezco haber dicho que sí aquel día. Porque todo lo que he vivido en Buenos Aires quiera o no, ya es parte de mí. Ahora habrá que empezar a construir lo mismo, sólo que en el país donde quiero estar. En casa.

miércoles 16 de noviembre de 2011

Lugares nuevos


Este fin de semana me fui de viaje a Montevideo a conocer a la familia política. Un momentazo en la vida de toda novia que antes o después hay que pasar. Y para mi suerte fue tannnn bien que hasta me dieron ganas de quedarme allí una temporadita. Espero que mi suegra piense lo mismo...

El caso es que por primera vez en la vida de los viajes no tuve ningún percance en el transporte. Es más, fue de lujo. Paso de la frontera uruguaya, barco hasta Colonia y bus a Montevideo, ida y vuelta sin ningún susto. Un logro.

Y descubrí otro Montevideo. Cuando fui con mi hermana llovió sin parar 3 días, no pudimos ver mucho más que bares y restaurantes, así somos nosotras. Cuando fui con mis padres lucía el sol, pero cuando en una ciudad no sabes muy bien dónde está lo bueno, cuesta hacerla tuya. Sin embargo, este finde vi el Montevideo tranquilo y lindo que todo el mundo de aquí conoce.

Mi contraparte me llevó a caminar rambla para arriba y para abajo, bulevares de un lado a otro, todos los días bajo la consigna: "Ine, Montevideo es una ciudad para caminarla" (y yo creía que estaba preparada para hacer el Camino de Santiago...). Y así fue, mucho paseo y comer sin parar. Porque lo que es universal es el cebamiento que toda familia comienza a practicar cuando uno de sus miembros o miembras vive fuera una temporada superior a seis meses y vuelve al hogar. Se piensan que fuera de casa no comemos ni vamos a comer más cuando nos vayamos.

Así que entre paseo y comilona, vi cosas distintas e inusuales que me hicieron reír que paso a detallar:

- Los niños en Montevideo van a la escuela con una bata blanca y un lazo azul marino en el cuello gigante. Queda monísimo, sólo que ver a un nene de sexto con un lazo más grande que su cabeza choca. (Yo que me quejaba de mi bata azul cielo abrochada atrás que me dejaba sin aire...).

- Es obligatorio ir siempre con las luces del coche prendidas. No importa la hora. Como en Canadá. Y así se han reducido un 20% los accidentes de tráfico en la city.

- Los autobuses dan trabajo a mucha gente y, por ello, son bastante caros. Por cada bus laburan tres personas. Un chófer que conduce, un guarda que te cobra sentadito como si fuera uno más y un inspector que de vez en cuando sube para controlar que todos los pasajeros hemos pagado religiosamente nuestro boleto.

- Los taxistas, que han debido de sufrir varios sustos, han plantado una mampara en el taxi al estilo New York, se pueden negar a llevar a alguien de copiloto y te cobran por fichas, es decir el taxímetro marca 1,2, 58, 47, 27... y luego te señala en un papelito plastificado cuántos pesos equivalen a tal número (que pueden ser 230 pesos, o 1.000.000, todavía no me ha quedado claro a cuánto está, pero algo así como 1 euro= 29 pesos).

- El mate es a los uruguayos lo que la sierra a un carpintero, la extensión de su brazo. Van con el termo debajo del hombreo, la matera, el mate, la bombilla de paseo, a trabajar, de compras, en la moto, a misa, a la playa... El concepto mate es algo que analizaremos en próximas ediciones, no tengo todavía el estudio comprobado del todo sobre su sentido.

- El tema que a mí me trae loca en Latinoamérica, el de los útiles de higiene femenina aquí rompieron con todas las barreras de mi imaginación: ¡son de colores! Así que abres una cajas de tampax y los hay rosas, morados, azules, naranjas... en plástico bien brilloso.

- Y por último, los uruguayos son tan solidarios (por eso me quedé uno) que piensan en todo. Así que el cura de la parroquia a la hora de dar de comulgar empezó a recitar la carta de lo que había, incluyendo cáliz para aquellos fieles celíacos que no pueden tomar la hostia sagrada.

Es lindo conocer nuevos lugares con gente autóctona. (Como para criticar... ;) ).

jueves 10 de noviembre de 2011

Cuestión de encajar


Vuelvo a casa. Este es el resumen de las decisiones, discusiones, charlas y disputas mentales que he tenido en los últimos meses con los cercanos y en mi cabeza. Como he amagado 3 ó 4 veces con volver y cada vez me iba más lejos, algunos están esperando a verme en persona para creérselo, pero la realidad de la vida es que ya tengo el billete y justo en 15 días estaré aterrizando en Madrid.

Desde que se fue enterando la gente he tenido opiniones de todos los gustos. Los que quieren que me quede porque soy parte de su vida aquí, los que me apoyan cien por cien y se irían conmigo sin pensarlo, los que no se creen que esté con ganas de pasar el sexto invierno de los últimos tres años y los que directamente me dicen que España está para el arrastre y es una cagada que lo haga. Luego está el bando de los que le da igual qué pase, que me quieren cerca.

Y justo he leído a Hernán en Orsai, un argentino en la madre patria, y entonces me he dado cuenta de que un argentino nunca va a ver del todo lo mal que está su país, ni un español va a ver lo mal que está España. Porque él declaraba que volvería a Buenos Aires mañana, está "explotado de pibes con los ojos brillosos" y "a España le esperan cuatro años de aburrimiento, de ausencia de ideas, con gente en traje tomando decisiones". Y me he quedado pensando: "¿Dónde leches estarán esos pibes?".

Pero haberlos los hay. Y en España también, sólo que todo depende de la nacionalidad de nuestros ojos. Mientras en un lado tengo 5 millones (y desde el día 25, 5.000.001) de personas sin trabajo, unos años de recuperación verdaderamente horribles y futuros cambios que a nadie le van a gustar ni un pelo, a este lado tengo un dólar que explota y que ya no se vende a los ciudadanos de a pie sin pasar un interrogatorio a los inspectores de la AFIP hasta que decidan si merezco o no los billetes verdes, una burocracia prehistórica que sólo pone trabas y más trabas a cualquier gestión (comprar una propiedad, por ejemplo) y gente que, en uno de los países con más recursos naturales del mundo, se muere de hambre a unos cientos de kilómetros de la capital.

Así que problemas y jóvenes con nuevas ideas y ganas de innovar, a mi juicio, los tengo en todos los lados, aquí y allí, en diferentes áreas y a diferentes escalas. Sólo que el encanto y cariño que uno tenga por su país hace que la parte problemas se nuble y merezca mucho más la pena la positiva. Y a mí me pasa, y aunque España esté como me han dicho "para atrás", prefiero pasar el momento feo allí que aquí. Porque yo también siento que encajo más cuando me veo con mis amigas comiéndome un pincho en la Laurel con un vinito o tomándome una copa con hielos de verdad. Es cuestión de encajar.

Entonces me he dado cuenta de que he tomado la mejor decisión del mundo (hasta que vuelva a hacer las maletas ;) ).