No sé si valorar el 2013 como los anteriores en cuanto a cuál fue mejor o peor porque la cosa siempre va en ascenso, pero si tengo que calificar el 2013 me quedo con inesperado.
Comencé un año en el que tenía de nuevo cambio de país en mente y hasta que llegó el 14 de febrero y me planté en Buenos Aires (sí, adrede, porque yo odiaré San Valentín pero ya que hago las cosas las hago como dios manda) viví entre un mar de nervios, de cosas sin terminar, de acojone, de dormir mal y de despedidas que no sabían si eran para mucho o para poco. Llegó el 14 de febrero, llegó mi particular verano y estuve casi un mes a la bartola leyendo un libro cada tres días, tomando el sol en pleno febrero en la piscina de mi casa sin un alma que me molestara y dándome cuenta de que todo eso está muy bien pero a la tercera semana no sé qué hacer con mi tiempo.
Cuando mis días de ocio comenzaban a hartarme recibí desde el otro lado del océano los primeros proyectos en los que podía trabajar a distancia y volví a la actividad en modo freelance desde casa. Comencé a madrugar como en mi vida, a depender de mi orden, de mis ganas de dormir o de trabajar y me sorprendí a mí misma día tras día a las 6 de la mañana, con la legaña puesta, dando los buenos días a mis compañeros por Skype. Me fui amoldando poco a poco a mi nuevo ritmo y daba gracias al cielo por poder hacerlo.
Llegó marzo y las despedidas de amigos que regresaban pero también viví dos momentos históricos en Argentina: la muerte de Chávez y la elección del Papa Francisco, el Bergoglio que todos conocíamos como el obispo de Buenos Aires. Se acaban los días de sol y además tomé dos decisiones muy importantes en este año: apuntarme al gimnasio y volver a escribir con cierta "asiduidad". Lo primero, por primera vez en mi vida se convirtió en rutina hasta septiembre. Nunca pensé que yo iba a decir día a día "me apetece ir al gimnasio, qué bien me siento". El día 14 de enero volveré. Igual Mariana, el metro cincuenta de entrenadora que me soporta y que me miró fijamente a los ojos cuando le pedí una tabla para "tonificar" y ella voluntariamente añadió "bajar", me echa de su sala, pero es lo que hay. La segunda, mal que mal, la hemos cumplido y he vuelto a encontrar en este rincón un sitio donde, cada día más gente, todo hay que decirlo, lee mis cosas o las de mi alrededor, y aunque parezca que no, juro por todo el chocolate que estoy ingiriendo estas semanas que son verdad hasta la última coma. Aquí no hay licencias de la autora. Ojalá.
En abril llegó el frío y mi cumpleaños. Ese cumpleaños que comparto con mi suegra y mi cuñada. Sí, cumplimos las tres el mismo día, junto con Penélope Cruz. El de mi izquierda imaginaros la cara que puso el día que yo le dije que cumplía el 28 de abril. Creo que fue señal suficiente para considerar que está destinado a soportarme hasta el fin de nuestros días. Lo celebré con amigos. Me pidieron el carné de identidad en la puerta de la discoteca donde fuimos y a mí solo me faltaba dar volteretas laterales de la alegría para celebrarlo. De la alegría me bebí la barra entera y al día siguiente recibí saludos de todos las personas que más quiero vía vídeo entre lágrimas, resaca y felicidad. Los veintisiete... qué mal me cayeron, por dios...
En mayo conocí a una de las dos personas por las que haría fila: Arturo Pérez Reverte y me puse nerviosa al saludarlo. Qué pringada. Además de seguir mi particular batalla contra Iberia yo reafirmé que no sé de nada, y de saber sé de ropa, cosa que no es muy útil en este mundo. Al mismo tiempo nos llegaban noticias bastante más importantes desde Venezuela y mi amigo del alma nos contaba cosas que más que tranquilizar preocupaban.
Con junio llegó el reencuentro con Flor en Argentina que venía para quedarse. Y debajo del brazo trajo el regalo que hice al de mi izquierda por su 30 cumpleaños para intentar que se le pasen las ganas de tener hijos. Este año tendré que comprarle un perro porque sigue dale que dale. También me dio la vena de que quiero volver a la universidad a hacer Psicología ¿Dónde mejor que en Argentina? Pero ahí quedó. En una idea. Y tuvimos la Copa Confederaciones que nos iba entrenando para volver a no ser los que ganan.
Mientras mis redes sociales se llenaban de fotos de lagos, pantanos, piscinas y playas paradisiacas aunque fuera la del Ebro, yo sacaba los abrigos, me volví a perder Noja y seguí madrugando aunque sin las mismas ganas, que el invierno es malo aquí y allí, eso no cambia. Yo seguí pedaleando sin parar delante de Mariana soñando con tener las piernas de Giselle Bundchen y recibía noticias de bodas futuras con la misma alegría que si fuera la mía propia.
Ya con seis meses en un Buenos Aires que poco a poco me va gustando más, tomé perspectiva y lo que en enero me asustaba había desaparecido. Así que mi felicidad aumentaba por momentos y se multiplicó un poquito más cuando recibí en el mail un billete de ida y vuelta para venir a casa casi todo el mes de septiembre. Agosto se convirtió en una cuenta atrás por semanas (como hacen las embarazadas) y como si una señal del cielo bajará mi hermana me presentó a mí sobrino de 5 milímetros de tamaño por Skype. Y yo grité durante 5 minutos "qué fuerrrrrrrrrrrrrrrrteeeeeeeeeee" mientras la futura madre se descojonaba.
Llegó septiembre y después del veranillo de San Martín, en el que llegué a tomar el sol en pleno agosto porteño, llegó la tormenta de Santa Rosa. Y el mismo día que tenía boda argenta media España se quedó con cara de lela cuando el COI decidió en un barrio cercano al mío que Madrid no estaba a la altura de hacer unos Juegos Olímpicos en 2020. Eso mientras nos quitábamos el disgusto haciendo chistes sobre la puñetera relajante taza de café con leche de la Botella.
Y después de todo eso el viaje. La alegría, el cansancio, el calor, los abrazos, las fiestas, los reencuentros y el comprobar que todo seguía más o menos en su sitio. En pleno botellón de San Mateo tuve un shock al ver a una de mis amigas con una tripa de aquí a la China y al ver que otra de ellas nos citaba para el 26 de julio de 2014 en su bodorrio. Todo mientras me bebía un kalimotxo en un vaso de tubo con el pantalón roto, unas Converse del 2005 y unas gafas de espejo que había comprado al negrito que pasó por la plaza. Por lo menos el kalimotxo tenía hielos. Vamos progresando. Estuve en Logroño, en Madrid y en la boda de los despedidos en marzo en Buenos Aires, pero en Barcelona. Y también septiembre tuvo hueco para el momento y la despedida más triste del año y para no tan buenas noticias en el paisito, aunque todo volverá a su cauce en breves.
Con muchas ganas me volví a Buenos Aires y me volvió a recibir el que duerme a mi izquierda en la puerta de llegadas. Volvía a salir el sol día sí y día no y comenzaron nuestros viajes más seguidos a Montevideo. En uno de ellos por poco morimos en el intento de cruzar el Río de la Plata en catamarán. De las 200 personas que íbamos 175 vomitaron, 10 sufrieron ataques de ansiedad y el resto hizo lo que pudo. Ambos dos nos encontramos en los del primer grupo. No es broma, nunca sentí el fin tan cerca. Como de experiencias se aprende el siguiente viaje fue directo en un buque con el nombre del Papa en el que para entrar hay que ponerse patucos para no manchar la moqueta. Nos pasamos de rosca. Los siguientes fuimos en el intermedio.
Cuando sin darme cuenta estaba sacando la ropa de verano comenzó la cuenta atrás para el viaje de Navidad que encima se adelantó. Pero esta vez iba acompañada. Y entre preparativos, proyectos a medio terminar y viajes de última hora recibimos la visita del año. Pero a media función la abandonamos a su suerte y nos plantamos en Madrid, un Madrid helador como no recordaba mientras en Buenos Aires comenzaba lo que ha sido la peor ola de calor de las últimas décadas con apagones de luz incluidos.
En el mes que llevo aquí he estado en Madrid, en Logroño, en Berlín, en Vitoria y espero poder ir a Pamplona. Mi experiencia germana de lujo. Y el resto... qué voy a decir. Me podré ir a Buenos Aires, a la Isla de Pascua, a Nueva Zelanda o a Pekín. Pero siempre la vuelta me hará ver que lo importante, independientemente de dónde esté, y los importantes vais a seguir estando ahí. Y yo no me puedo sentir más feliz y afortunada de estar ahí en medio y encima poder contar con gente similar donde vivo.
Gracias de nuevo por todo y por tanto.
Ojalá 2014 vuelva a darme momentos como los de los últimos 12 meses. Y a vosotros también.
Feliz año a todos.

1 comentario:
Muy buen resumen, me ha encantado. Enhorabuena.
Publicar un comentario