Estos días he leído varios artículos sobre el tema de la libertad de los niños para jugar y disfrazarse de lo que les dé la gana. Todo porque a la buena de Adele (querida, ven a Buenos Aires cuando puedas que sino nunca voy a poder cerrar la lista de mis 30 antes de los 30 que ya cumplí hace 6 meses) se le ocurrió dejar a su hijo ir vestido de Anna de Frozen a Disneylandia.
Adele, ¿cómo osas a dejar a tu hijo vestirse de niña? ¿Cómo se te ocurrió semejante idea, calificada por muchos de provocación, de que un niño elija lo que quiera, disfrute y se disfrace de la princesa más popular de los nacidos después de 2010? ¿Cómo has tenido la desfachatez de dar libertad a tu hijo a elegir? ¿Cómo, por dios, te ha parecido una buena idea que tu hijo siga siendo un niño y aproveche el hecho de que esté todavía inmunizado de las chorradas que tenemos en el mundo adulto y haga lo que le salga del bolo? ¿Cómo? Dinos, ¡cómo!
Pues comiendo.
Confieso que esta Navidad, yo, defensora de los derechos de los niños y progre, caí en la estereotipada. Fui con mi hermana, madre de un niño de 2 años y medio, a comprarle unas zapatillas de casa y había la opción rosa de Pepa Pig y la azul de Mickey Mouse. Al preguntarnos la dependientta qué talla y qué modelo queríamos, mi hermana dijo "un 24 del que sea". Y yo puse cara y le dije "¿del que sea?, ¿le vamos a clavar al Miguelin las zapatillas de Pepa Pig?" y mi hermana dijo "¡y qué más da si a él también le gusta Pepa Pig!, ¡es un color!". Y me sentí la más conservadora y estúpida del planeta Tierra. Lo siguiente en mi vida era votar a Trump.
Porque mi hermana tenía razón. Igual que la tiene Adele. Pero nos empeñamos en no verlo y, lo peor, en no reconocerlo.
Echando la vista atrás en el tiempo yo tuve una gran temporada de niña chicazo, pero un mix raro. Me gustaba el fútbol, iba al fútbol sábados y domingos, jugaba al fútbol con mis primos (era eso o vivir en soledad), en 1997 me puse la camiseta falsa del Real Madrid con el 8 de Mijatovic, me la quité en 1998, y en verano hacía el Campus de Fútbol del club donde nací, crecí y sigo creciendo. Y lo hacía con una coleta bien puesta, con coleteros de estrellitas, ositos, bolitas de lunares, mil ranitas y adornos alrededor, diademas de diseño, mil pulseras a juego, con la sudadera estratégicamente puestas en la cintura y con las zapatillas blancas impolutas (los primeros días).
Que yo recuerde nunca nadie en mi casa me dijo nada, ni se me impuso ir de rosa, ni llevar pendientes (de hecho muchos años no llevé porque el tamaño de mis orejas es minúsculo y solo ponérmelos me provocaba dolor) y sin cuestionarme. Quizá el tema era que yo niña estaba vestido de niño y no al revés. El caso es que se me dejó ser, se me dejó estar.
De repente cambié la pelota por la piscina, la camiseta de Mijatovic por camisetas para salir y las zapatillas por botas que en poco tuvieron algo de tacón. Yo solita, sin preguntar, sin anestesia, sin explicaciones. De igual forma que me podría haber quedado jugando al fútbol toda mi vida y no hubiera pasado nada. Porque convengamos que mi orientación sexual, que aquí está uno de los temas de esta cuestión, seguiría siendo la misma. Pero a la vista de los comentarios leídos, convenir esto... es demasiado convenir.
Así que este verano cuando mi sobrino, que lo mismo te convoca a un partido de fútbol en el pasillo de mi casa, con calentamiento y estiramientos incluidos, que te saca la fregona y el cubo en tamaño miniatura, me pidió ("por favor, tía Inés") salir a la calle con un cochecito con un elefante morado que estará entre los juguetes más raros de la historia de los juguetes, le miré y le dije "¡pues claro!". Y vi que haciendo lo que le sale en cada momento es feliz. Y así tiene que seguir siendo.
Dejemos a los niños ser, a poder ser, libres. Y, sobre todo, dejemos a los niños actuales ser mejores de lo que lo somos nosotros que el mundo ya tiene mucha miseria, normas y estereotipos como para sumar nuevos.

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