Hace un par de meses me casé. El que duerme a mi izquierda desde hace más de 6 años me lo pidió en Noja un año y medio antes y le dije que sí, obviamente. Y al segundo, cuando me sequé la lagrimilla, le dije "¿y ahora qué tenemos que hacer?". Porque yo no sabía si había que decírselo a los padres, si había que esperar a hablar con el cura y el cocinero (las dos personas que dirigen el cotarro), si tenía que esperar a tener la cuenta corriente con algún cero a la derecha...
El caso es que nadie te lo explica y al final todo sale. Bajé con el anillo más brilloso de la historia y lo pregoné a los cuatro vientos. Mi padre a los 10 segundos (aunque ya lo sabía de antes) llamó al cocinero. Nosotros al cura. Y comenzó la cuenta atrás para el 10-12-16 que nos tuvo atareados durante más de un año.
El mundo de las bodas es increíble. Hay de todo, de todos los colores, de todos los sabores y de todos los precios (que generalmente empiezan todos en 1.000). Yo empecé a tener carpetas secretas en Pinterest a medias con mi amiga Susana de cosas que podía poner y los domingos se convirtieron en el día de gestiones bodiles con el novio. Empezamos a pedir presupuestos de todo y a recibir respuestas de todo tipo. Me enfadé con un gremio que, en algunos casos, se aprovecha del momento de emoción para hacer negocio no siempre justificado. Me enfadé doble al ver toda la chorrada que hay detrás de un día que se supone significa una cosa y en algunos casos parece un circo.
Así que allá por el mes de abril, en un día de colapso nupcial, decidimos hacer lo que nos parecía y cómo nos parecía y una de las premisas fue que las personas que íbamos a tener al lado el día de la boda nos cayeran bien, que nos entendieran. Así contamos con los mejores compañeros (en el lenguaje gremial "proveedores") para un día increíble.
También empezó la época de soñar. De soñar con que no venía nadie, con que se me rompía o manchaba el vestido, con que llevaba muy tarde y al iglesia estaba cerrada. Luego llegó el día en el que el novio abrió un Excel con números (de invitados y de precios) y de poco nos da un telele. Después me probé el vestido. Él se compró la camisa... Y sin verlo estábamos montados en un avión rumbo a España a casarnos.
Nadie nos habló de los contratiempos. De que una semana antes el cura nos dijera que faltaba la partida de nacimiento del novio; de que 5 días antes mi abuela se rompiera la cadera; de que a 3 días de la boda tuviera que volver a Madrid a probarme el vestido para últimos arreglos porque no me encajaba como tenía que encajar; de que en el viaje de vuelta a Logroño, Mordor fuera un paisaje despejado al lado de lo que era Burgos. De que el día anterior a las 8 de la tarde con la niebla de Burgos en Logroño estábamos en la finca decidiendo qué íbamos a bailar; de que el día de la boda contáramos con la niebla y el frío de invitados especiales, de que al novio se le manchara la camisa planchándola 4 horas antes de salir; de que le coche no arrancara para llevarme de la peluquería a casa. De que a mi sobrino les espantarán los zapatos de principito que le plantamos y se los quitará; de que al subir al coche y no ver su silla dijera "pero yo no puedo ir a la boda, mi silla no está" (demasiada educación vial en estas nuevas generaciones) o de que dos invitadas acabaran en urgencias (úlcera en el ojo y radio roto).
Pero tampoco nos hablaron de todo lo bueno que iba a pasar. De que 20 días antes decidiéramos ir a la floristería (con nuestra calma) a ver qué poníamos y nos recibieran como si fuéramos los únicos novios del planeta; de que la misma persona me hiciera en 10 días exprés un tocado para el pelo; de que nos íbamos a empezar a emocionar dos días antes al ver llegar a gente de todo el mundo que llevábamos sin ver años; de que Logroño, y en particular la calle Laurel, se iba a convertir en la ciudad preferida de todos. De que nuestras familias iban a poder poner cara a todas las personas con las que hemos vivido durante estos años en diferentes sitios; de que nos íbamos a emocionar como no habíamos contemplado al entrar a una iglesia llena hasta la bandera. Pero, sobre todo, de que nos íbamos a sentir los más queridos del planeta con un comedor lleno de gente que había cruzado el charco, Europa, media España o la Gran Vía de Logroño para acompañarnos y de que no íbamos a encontrar nunca la forma de darles las gracias como se merecen.
Casarse, si tienes al lado a la persona correcta, es increíble.
Y compartirlo con los tuyos, más aún.

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