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lunes, 30 de diciembre de 2019

2019



Empecé el año estirando la baja maternal (sin sueldo) para aprovechar un par de meses más a Juan. En Buenos Aires, en pleno verano, llevándolo por primera vez a la piscina. Viendo como le salía el pelo pero ni rastro de los dientes. Viendo como yo seguía pesando muy por encima de mis posibilidades. 

En una noche de esas de enmarcar tuve una charla trascendental con el que duerme a mi izquierda. Nada serio. Simplemente comentar dónde queríamos vivir. Varias Quilmes y Cocacolitas de por medio. Y respondí demasiado rotunda. 

Un día de la nada me desperté y tuve que volver a trabajar. Y lloré como si no hubiera un mañana. Porque me daba cosa perderme cualquier novedad de Juan. Porque se me había acabado el ir descalza. Porque se lo dejé a mis padres que se vinieron una temporadita a casa y parecía que se lo dejaba al diablo. Porque ese viaje en Uber hasta la oficina me pregunté qué coño hacía yo ahí y por primera vez no tuve respuesta. 

Tuve un primer mes de realidad complicado. Ascenso de por medio. Y, ya es hora de reconocer y dejarnos de chorradas, un día me puse a llorar en la oficina de recursos humanos que porque la directora es mi amiga pero si no me mandaban a terapia. El postparto un poroto al lado de esa mañana. Me dieron home office una semana. 

Y empezó la guardería. Y el otoño. Y el orden. Y la vida. Y fuimos remando poquito a poquito hasta ser tres en la mesa. Y salieron los dientes y dio sus primeras palmadas. Y llegó el primer filete. Y el primer papá. Que manda cojones que primero digan papá después de 14 kilos y 9 meses dentro. 

Me gasté 3000 pesos en cosas para decorar un cumple de 1 añito que juré nunca celebraría. Y se nos llenó el salón de gente, de críos, de cerveza. Y por supuesto alguien regaló el xilófono que sigue amenizando muchas cenas... 

Fuimos todo lo posible a Montevideo a pesar de que la inflación se empeñaba en complicarlo. Para disfrutar de la familia. De la abuela. Celebramos unos 40 redondos. Y, por supuesto, disfrutamos de la lluvia que siempre nos espera. 

Me di de alta en las búsquedas laborales de LinkedIn, “por ver que había”. Y a un paso estuve de mudarme a Burgos para trabajar en un banco y recorrerme Castilla y León como si fuera pucelana. Pero me llegó un “no” fugaz por teléfono y del bajón compré tres billetes para pasar las vacaciones de invierno en España. 

Cuando puse modo “cuenta atrás” para el verano me compré bañadores de madre, porque es lo que soy y porque seguía pesando un poquito por encima de mis posibilidades, en una reunión en una colchonera recibí un “y tú qué planes tienes?” que me puso del revés. 

Y dejé todo. Cerré la cuenta. Cancelé OSDE. Compré dólares. Me despedí de las profesoras de Juan. De mis amigos. Me sentí la más querida del planeta y me comí la última milanesa. La última. 

Con la incertidumbre más grande de mi vida el 18 de julio me subí a un avión. Tres personas, dos carritos, siete maletas y un cague increíble. Y al aterrizar encendí el móvil nerviosa y tenía 176 mensajes. Que todos empezaban con un “No”. El segundo “no” del año. Así que nos miramos y decidimos irnos a la playa. Sin hablar mucho más. Porque las cosas con sol y mar de fondo se ven de otra manera. Esto es así y así será.

Ese “no” que nos dejó con un pie a cada lado del océano se fue enfriando y se convirtió en “igual sí”, después en “quédate que prácticamente está hecho” y en medio en que me robaron el móvil en el Ayuntamiento cuando me estaba empadronando de nuevo en la ciudad donde nací. Doce años en América y no me robaron ni un dólar, ni un peso. Hola, Logroño. 

Tocó separarnos y disfrutar de un mes de vacaciones improvisando. Y se casó el 50 por ciento de mi cuadrilla. Y en la primera vuelta del padre de la criatura a finales de agosto ese no que ya era SÍ se convirtió en el pistoletazo de salida de una carrera de fondo a sprint en la que andamos metidos desde entonces. 

Jugando al cambio, a poner en práctica lo aprendido, a hacer lo que mejor sé en donde mejor estoy. A poder atender los sustos familiares hasta donde llego. A estar presente en todas las bodas, cumpleaños, comidas y reuniones que me he perdido durante mas de diez años. A estar. 

Porque yo llegué hace 5 meses. El que duerme a mi izquierda hace casi 2. Y entre tanto hemos estrenado casa, felpudo y guardería. Pero aquí el único acomodado y adaptado tiene un año y medio de vida...

Y aquí estoy. Estamos. Pesando 16 kilos menos que el 8 de enero. 

Este año ha habido muchos primeros días, muchos lloros y maletas, muchos cambios y aterrizajes forzosos. Pero bendito el día que respondí “yo hago las maletas muy rápido” a ese mensaje. Porque las hice veloz pero el rastro lo recogió el que duerme al mi izquierda, el que ha decidido acompañarme sin mirar atrás y el que sigue demostrándome que los noes a veces son síes. Y bendito el día que le dije sí a él hace tres años. 

La vida da muchas vueltas y a nosotros este 2019 nos ha traído un doble mortal. Seguimos mirando al frente. Veremos qué pasa. 

Feliz 2020. 


miércoles, 8 de febrero de 2017

Detrás de una boda



Hace un par de meses me casé. El que duerme a mi izquierda desde hace más de 6 años me lo pidió en Noja un año y medio antes y le dije que sí, obviamente. Y al segundo, cuando me sequé la lagrimilla, le dije "¿y ahora qué tenemos que hacer?". Porque yo no sabía si había que decírselo a los padres, si había que esperar a hablar con el cura y el cocinero (las dos personas que dirigen el cotarro), si tenía que esperar a tener la cuenta corriente con algún cero a la derecha... 

El caso es que nadie te lo explica y al final todo sale. Bajé con el anillo más brilloso de la historia y lo pregoné a los cuatro vientos. Mi padre a los 10 segundos (aunque ya lo sabía de antes) llamó al cocinero. Nosotros al cura. Y comenzó la cuenta atrás para el 10-12-16 que nos tuvo atareados durante más de un año.

El mundo de las bodas es increíble. Hay de todo, de todos los colores, de todos los sabores y de todos los precios (que generalmente empiezan todos en 1.000). Yo empecé a tener carpetas secretas en Pinterest a medias con mi amiga Susana de cosas que podía poner y los domingos se convirtieron en el día de gestiones bodiles con el novio. Empezamos a pedir presupuestos de todo y a recibir respuestas de todo tipo. Me enfadé con un gremio que, en algunos casos, se aprovecha del momento de emoción para hacer negocio no siempre justificado. Me enfadé doble al ver toda la chorrada que hay detrás de un día que se supone significa una cosa y en algunos casos parece un circo.

Así que allá por el mes de abril, en un día de colapso nupcial, decidimos hacer lo que nos parecía y cómo nos parecía y una de las premisas fue que las personas que íbamos a tener al lado el día de la boda nos cayeran bien, que nos entendieran. Así contamos con los mejores compañeros (en el lenguaje gremial "proveedores") para un día increíble.

También empezó la época de soñar. De soñar con que no venía nadie, con que se me rompía o manchaba el vestido, con que llevaba muy tarde y al iglesia estaba cerrada. Luego llegó el día en el que el novio abrió un Excel con números (de invitados y de precios) y de poco nos da un telele. Después me probé el vestido. Él se compró la camisa... Y sin verlo estábamos montados en un avión rumbo a España a casarnos.

Nadie nos habló de los contratiempos. De que una semana antes el cura nos dijera que faltaba la partida de nacimiento del novio; de que 5 días antes mi abuela se rompiera la cadera; de que a 3 días de la boda tuviera que volver a Madrid a probarme el vestido para últimos arreglos porque no me encajaba como tenía que encajar; de que en el viaje de vuelta a Logroño, Mordor fuera un paisaje despejado al lado de lo que era Burgos. De que el día anterior a las 8 de la tarde con la niebla de Burgos en Logroño estábamos en la finca decidiendo qué íbamos a bailar; de que el día de la boda contáramos con la niebla y el frío de invitados especiales, de que al novio se le manchara la camisa planchándola 4 horas antes de salir; de que le coche no arrancara para llevarme de la peluquería a casa. De que a mi sobrino les espantarán los zapatos de principito que le plantamos y se los quitará; de que al subir al coche y no ver su silla dijera "pero yo no puedo ir a la boda, mi silla no está" (demasiada educación vial en estas nuevas generaciones) o de que dos invitadas acabaran en urgencias (úlcera en el ojo y radio roto).

Pero tampoco nos hablaron de todo lo bueno que iba a pasar. De que 20 días antes decidiéramos ir a la floristería (con nuestra calma) a ver qué poníamos y nos recibieran como si fuéramos los únicos novios del planeta; de que la misma persona me hiciera en 10 días exprés un tocado para el pelo; de que nos íbamos a empezar a emocionar dos días antes al ver llegar a gente de todo el mundo que llevábamos sin ver años; de que Logroño, y en particular la calle Laurel, se iba a convertir en la ciudad preferida de todos. De que nuestras familias iban a poder poner cara a todas las personas con las que hemos vivido durante estos años en diferentes sitios; de que nos íbamos a emocionar como no habíamos contemplado al entrar a una iglesia llena hasta la bandera. Pero, sobre todo, de que nos íbamos a sentir los más queridos del planeta con un comedor lleno de gente que había cruzado el charco, Europa, media España o la Gran Vía de Logroño para acompañarnos y de que no íbamos a encontrar nunca la forma de darles las gracias como se merecen.

Casarse, si tienes al lado a la persona correcta, es increíble. 
Y compartirlo con los tuyos, más aún.

lunes, 6 de octubre de 2014

El tío Titín


Yo era de fútbol. De toda la vida yo tenía carné del Logroñés y los domingos iba a Las Gaunas no a la Adarraga. Pero en verano de 2005 me tocó hacer un viaje a Ezcaray con Eduardo Gómez y Nafarrate al volante a ver un partido de pelota y aquello me gustó más de lo que pensaba. Había ruido, se fumaban puros, la gente apostaba, te daban gin tonics (cuando no estabas trabajando), era de una duración asimilable y era una de las 10 personas menores de 25 años de género femenino que ahí estaba. Y desde entonces siempre que había hueco y oportunidad en la tribuna o en prensa intentaba ir a la pelota.

En el curso de 2007-08 tocó aquello de identificar en diarios españoles "noticias de seguimiento" como parte de la asignatura "Edición de diarios y revistas". Es decir, escoger una noticia que trajera cola para ver cómo evolucionaba el contenido a medida que avanzaba la cosa en un medio cualquiera. Y yo, que soy poco amiga de los sucesos y procesos judiciales, elegí seguir la cobertura de la final del Torneo de Cuarto y Medio de pelota de diciembre de 2007 en el diario La Rioja. Un deporte que para los que no eran de País Vasco, Navarra o La Rioja, era inexistente. Y desde entonces, sin conocerlo, Titín III se convirtió en mi preferido.

A partir de esa clase pase a ser "la de Titín" y él "el tío Titín".

Fue el tío Titín III, el que por medio de Luis Guinea, por aquel entonces mi profesor de Proyectos y el que cubría la pelota en Diario de Navarra, me firmó una foto deseándome suerte ante mi inminente mudanza a Estados Unidos en 2009. Tuve esa foto colgada en mi habitación hasta 2011 que volví a España. Pero yo no le conocía.

Fue el tío Titín el que me ha hecho sudar y gritar las veces que he tenido oportunidad (pocas, para ser exactos) en un frontón lleno de gente, joven y veterana, con más presencia femenina que en 2005 sin tener ni la más mínima idea de qué estaba bien y qué estaba mal hecho. Pero lo seguía sin conocer en persona.

Sin embargo, de la noche a la mañana, fue el tío Titín quien de repente se convirtió en inseparable de mi padre por motivos político-laborales y un buen día, sin comerlo pero si beberlo (era el Chupinazo), me vi subida en el coche del tío Titín y su mujer, quienes tuvieron la decencia de dejarme en la puerta de mi casa para que reposara mis copichuelas de más y dejara de decir chorradas.

Y ayer el tío Titín, al que ya conozco como dios manda, se despidió de los frontones no sé si con más pena que alegría pero con mucha emoción. Porque durante los útlimos 22 años, Augusto Ibáñez Sacristán, de Tricio, ha conseguido que la Pelota sea algo más que un deporte "de vascos". Ha llenado frontones como nadie lo había logrado y está creando una escuela que augura un gran futuro, al menos riojano, en este deporte.

Aquel torneo de Cuarto y Medio de 2007 lo ganó. Y ayer, el tío Titín, nos volvió a ganar a todos en su despedida.

Ahora solo queda desearle un buen descanso. Y suerte.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Doctor Cordón


Hace unas semanas me perdí la enésima boda de una amiga. Y tuiteé: "Hay varios momentos en los que vivir fuera es una mierda: cuando estás mala, nacen sobrinos y cuando se casa una amiga. Hoy el tercero". Pero se me olvidó incluir "cuando gente cercana hace algo importante, dígase tomar posesión en algún cargo o defender una tesis".

Allá por el 2008 cuando yo solo tenía en mente pirarme a EEUU a aprender inglés de una santa vez en mi cerebro había un run-run constante llamado "tesis doctoral" que por momentos me inclinaba a seguir en Pamplona por otros 4 o 5 años. No me duró mucho la cosa pero varios de mi clase tomaron ese camino de la vida de horas y horas de biblioteca hasta convertirse en doctores.

Y ahora mismo, en este preciso momento, a 10.356,52 kilómetros de aquí por ruta aérea, 14 horas y 25 minutos en avión según Google, uno de ellos está defendiendo una tesis que en parte considero mía. En una parte muy pequeña, pero una parte.

El museo como institución social: el proceso de comunicación como herramienta para la reconstrucción de las comunidades (la criatura, en la foto) es algo más que una tesis. Son 5 años de mucho trabajo, doy fe, el primer año fui testigo presente de ello; muchos libros leídos, muchas entrevistas hechas, muchos viajes realizados, mucho estrés, muchas ganas, muchos gintonics a medias, muchas juergas sin darse y mucho todo. Es un proyecto en el que mi amigo David, que ahora mismo está en un atril estrenando zapatos de Prada porque la ocasión lo merece, ha estado metido con todo lo bueno, malo y regulero que ello conlleva.

Los primeros meses me daba envidia. Tan culto, tan estudioso, tan entretenido él en una mesa de 1 metro por 1 metro en el Edificio de Bibliotecas al que solo tenían acceso los sabios. Después dejó de dármela cuando puse océano de por medio y aquello parecía interminable. Pero desde hace unos cuantos meses he vuelto a querer ocupar su lugar porque ver un libro de más de 500 páginas con tu nombre y con algo que has creado tú hasta la última coma es un subidón.

Tal es la hazaña que desde que ponga un zapato de Prada fuera de esa sala hasta el domingo, hay en la agenda comidas, pinchos, fiestas, cenas y visitas a bodegas planeadas para todos los que, de una u otra forma, hemos estado a su vera estos cinco años en los que, a rachas, David se nos volvió monotemático (con cariño y amor) y hemos querido que esa tesis se acabara por el bien de su salud mental y de la nuestra.

Doctor Cordón, enhorabuena. Aplazamos las celebraciones hasta el próximo diciembre. La ocasión lo merece y tu esfuerzo sobrehumano (mentalmente hablando) en algunas ocasiones, también.

jueves, 16 de enero de 2014

125


Empecé a escribir en este blog en 2008. No fue un proyecto de clase, no fue una obligación para poder forjar un futuro prometedor. Fue básicamente porque me dio la gana y varios de los compañeros que tenía en el periódico lo hicieron. Y yo no quería ser menos.

Por aquel entonces estaba trabajando los fines de semana en La Rioja, en deportes haciendo partidos de Tercera (y lo que se terciara, desde ajedrez hasta esgrima), y en TVR grabando un programa de deportes para niños llamado Juegos Deportivos. Sábados y domingos. Domingos y sábados. Madrugones, frío, calor, experiencias y risas. Muchas risas. 

Para entonces yo era la "veterana" de las becarias. Como ya he contado aquí, aquí, o aquí, la primera vez que me senté enfrente de un ordenador en la redacción fue en las Navidades de 2005. Y no supe ni encenderlo. Desde ese día hice de todo: desde la agenda (con sus correspondientes errores que a mí me parecían el fin del mundo), hasta reportajes a la Selección de Fútbol de Guinea Ecuatorial en Valdeavellano de Tera (Soria) en pleno agosto con 40 grados a la sombra, plenos del Ayuntamiento, la presentación de las rutas teatralizadas por el Casco Antiguo que se convirtieron en mi especialidad o la crónica social de los toros durante los Sanmateos de 2007. De todo un poco. De todo se aprende.

Ahí comencé a escribir para que me leyeran otros. Comencé a espabilar, a buscar datos, contactos y noticias. Aprendí a ser simpática y a saber preguntar, a entender la importancia de tener un buen fotógrafo al lado y de un buen editor y a comprender que los que están por encima de mí lo estaban por algo y tenía que hacerles más que caso.

Ahí comencé a tener una vida social mucho más activa que la de la adolescencia. No importaba si era un evento deportivo, una fiesta de la propia empresa o un concierto. Se salía mucho, se trabajaba más, y de ahí saqué a amigos que siguen siéndolo aunque no los vea todos los días. Y todo lo hacía (o al menos lo intentaba) con buena cara, porque durante esos 4 años fui mucho más que feliz.

Ayer el periódico donde empecé a hacer lo que más me gusta del mundo cumplió 125 años. 125. Ni uno más ni uno menos. 

Además de mí, también han pasado por ahí mi padre, con su columna Gol Norte y mi hermano, en el departamento de Márketing. Pero el que de verdad hubiera estado orgulloso de celebrar esta fecha mucho más de lo que pude estar ayer yo hubiera sido mi abuelo Dámaso, que durante muchos años luchó y se peleó con una enorme rotativa en la sede del periódico de Martínez Zaporta como jefe de talleres.

No pude estudiar mejor cosa. Y ayer lo reconfirmé.

Muchas felicidades a la que fue mi casa y a los que, aunque sea en versión digital, me mantienen cerca de ella ahora que estoy lejos.

martes, 10 de septiembre de 2013

Un helado como dios manda


Aunque la fama se la llevan las vacas y el mate, en Argentina hay un producto de consumo masivo muy importante y esencial que creo está a punto de entrar en la cesta de los productos de primera necesidad para ser subvencionados: el helado. Da igual que sea pleno julio (aquí pleno invierno) que haya 5 grados (no suele hacer más, esto ya es ola de frío polar) o 43 a la sombra (lo habitual en enero), las heladerías siempre están llenas y ser fiel a una marca u otra es de igual importancia que ser de Boca o de River, católico o judío.

Aquí no se concibe que una heladería, como pasa en mi querido Logroño, cierre entre otoño y primavera. Hay negocio todo el año y las marcas principales (hasta donde llega mi saber y mi barrio Freddo, Volta, Persicco y Arkakao) reciben filas ingentes de porteños y adoptados dispuestos a esperar 15 minutos para comerse un ansiado helado.

Diría de cuál son fan, pero la verdad es que temo represalias y un piquete debajo de mi casa de las marcas contrarias, así que como realmente no soy muy heladera lo vamos a dejar en que me pasaría la vida en Arkakao pero cuando me apetece un helado entro en la que me pilla de paso o en la que tenga un cupón de 2x1 que previamente me han dado en el Farmacity (que de eso sí que soy fan absoluta).

Pero no sólo el concepto helado es diferente. También la terminología, cómo no. Las bolas de helado se llaman bochas, así que te dicen "¿las bochas de qué sabor?" o "¿cuántas bochas?", el helado se compra por kilos, hay envío a domicilio de helado, por su puesto, hay más de 50 sabores por marca y, sí, hay cucuruchos (barquillos) y las temidas tarrinas (aquí vasitos), que para mí son de persona mayor.

Cuando era pequeña y pasaba por la Veneciana de la Gran Vía (porque yo soy de la Veneciana 100 por 100, no de Santangelo's ni mucho menos de las que posteriormente se han ido afincando en la calle Portales) siempre caía un heladito de 100 pesetas, el de los niños, de ese barquillo chungo que era blandiblú. Pero un día sin pedirlo me ascendieron al de 150 y eso era un helado como dios manda, con su bola gigante y su barquillo crujiente. El año pasado procedí a hacer lo mismo y ahora el de 150 está a 2,50 euros (luego decimos de la inflación Argentina) pero a la hora de pedir, por mi boca, sin anestesia previa, salió "una tarrina de 2,50" y me di cuenta de que ya me había hecho mayor. No tengo nada en contra de las tarrinas, pero el cucurucho me parece más clásico y adecuado al concepto helado.

Luego está el tema de los sabores. Aquí hay un catálogo dividido en afrutados, chocolates, cremosos, dulces de leche o ligth (las infelices que sigan pensando que los de la última categoría no engordan, que así nos va...). Y entonces dentro de cada una se extiende el repertorio: chocolate suizo, chocolate amargo, chocolate con leche, chocolate con pasas, chocolate tentación, chocolate con almendras, chocolate belga, mousse de chocolate, chocolate Volta-Persicco-Freddo-Arkakao, chocolate clásico, chocolate con dulce de leche... y así hasta la infinidad de los días hasta los más internacionales como "banana split" o "caramel and peanuts" (caramelo y cachuetes, por si me lee Ana Botella). 

Sin embargo, ni rastro del helado de mantecado, del de yogur con amarenas, del de café, del de chocolate blanco con trocitos o de mi ansiado yogur.  No del helado de yogur que no es helado al que le echas 14 frutas y dulces y se ha puesto de moda en todos los países desarrollados del planeta. Al helado de yogur natural de toda la vida. Como el de la Veneciana, que aquí no hay.

Porque a mí me da igual vivir en Italia, Argentina, Estados Unidos o Logroño, yo siempre pido lo mismo aunque en la carta haya helados de oro: chocolate y yogur.

Por eso tengo una petición que hacer:  

"Marcas de helado argentinas: por favor, se viene el verano, lo necesito,
de verdad necesito helado de yogur, caducado o sin caducar, pero de yogur".


miércoles, 19 de junio de 2013

La familia y una más


Mi hermana María (esta y esta) tiene una vena solidaria en ese cuerpo que para mí la quisiera. Lo mismo está vendiéndote tés en la tienda de comercio justo de Intermon-Oxfam, que preparando emparedados para una fiesta de recaudación de fondos, que dando clases a quién lo necesita.

Pero si hay un día en el que a mí me dejó con la boca abierta, más que el día que se disfrazó de Robin Hood en mitad de la Plaza del Mercado para un evento de Intermon, fue hace tres años. Un día me llamó por Skype y me dijo "este verano voy a acoger a un niño saharaui" y como en cada llamada me contaba (y cuenta) siete mil proyectos no le dí mucha importancia. Pero llegó junio y con el verano y el calor llegó un nuevo miembro a la familia.

En un principio iba a ser un niño, como yo hasta el sexto mes... Pero resultó ser una niña, Nayla, de entonces 8 años. Y por esas cosas del destino, del equilibrio de la vida o vete tú a saber el motivo, a mi hermana le tocó tener en casa a una niña muy parecida a ella. De lista, de jeta (en el buen sentido de la palabra, por favor) y de espontánea.

Me acuerdo que el primer día nada más llegar me empezaron a mandar fotos todos los miembros de la unidad familiar que por aquel entonces contaban con Whats App de lo que para mí sigue siendo un proyecto de top model, por físico y actitud, mi nueva sobrina. Después de dejarle dormir un rato (llevaba más de 24 horas de viaje) me llamaron y vi como mi hermana no dejaba de darle besos y abrazos e intentar hablarle con un diccionario de palabras básicas para, al menos, establecer un mínimo de comunicación. "Madre mía que tiene 8 años y está en una civilización que no es la suya...", pensé yo. 

Pasaban los días y a mí solo me mandaban mensajes de que Nayla era una cachonda, que le gustaba un montón la ropa y los zapatos, que el primer día que vio una tienda y un supermercado no entendía de dónde podía salir tanta Fanta de naranja junta y que se estaba amoldando muy bien.

Tres semanas después me volvieron a llamar y la tía ya se comunicaba con mi hermana en español de España, en el idioma de Cervantes de toda la vida que ya me gustaría hablar a mí así francés o alemán para poder poner en el CV "nivel medio" como hace todo el mundo en España. 

Para entonces ya había hecho un campus de fútbol (porque le gusta jugar al fútbol), estaba en un cursillo de natación, era la reina del Berceo, ya odiaba el dentista, jugaba al parchís como si no hubiera un mañana, cantaba el Rabiosa de Shakira creyéndose tal y se probaba vestidos para ir a una boda en Soria a finales de julio.

Dos momentos clave: el día que las llamé y a mitad de conversación, como le había interrumpido su partida de parchís con mi hermana, cogió el ordenador, le dio a colgar como si fuera algo que hiciera a diario, me dejó con la palabra en la boca y se quedó tan pancha, y el día que mi tío José Mari le picaba con que en el Sahara no hay tomates y ella, como si fuera dueña y señora de su patria, dijo que en el Sahara hay tomates, muchos, muchos, y piscinas, muchas, muchas, y de todo. 

Porque para el que todavía tenga dudas, la niña en España está de vacaciones pero llega mitad de agosto y no ve el momento de irse a su casa, con sus nueve hermanos y sus padres, aunque las condiciones no sean las mismas. Es su casa y ahí es donde quiere estar.

Una crack, que se dice en el idioma callejero moderno (una genia en argentino).

Desde el minuto dos se metió a todos en el bolsillo, a mi padre, que le hace las mismas gracias que nos hacía a nosotros con esa edad, a mi madre, que llora cada vez que la ve venir e irse, a mis hermanos que disfrutan de una hija y una sobrina que (ejem, Anita) todavía no tenemos, al que duerme a mi izquierda, que también es extranjero en casa y entre ellos se solidarizan y al resto de la familia que la cuida y quiere como si fuera una más.

En verano de 2011 vio por primera vez el mar y preguntaba como una posesa que dónde estaban los peces, fue por primera vez a Zara y lo disfrutó como yo cuando voy y pudo disfrutar de un verano sin 50 grados a la sombra en el desierto. 

Repitió en 2012 y este lunes, si el avión no se retrasa y todo va bien, volveré a recibir una foto de Nayla en casa de mi hermana María, en la que ya es su habitación, poniendo inicio al verano en mi familia (aunque según me dicen, sin sol). Y yo me moriré de ganas de estar ahí para llevármela a donde fuera como hice el año pasado cuando estaba en casa.

Todo esto lo podría contar mejor María, que es la protagonista, pero como ella no le da la importancia que tiene a lo que hace porque lo ve tan normal no lo va a hacer. Así que lo hago yo: María, eres una crack.

¡Bienvenida a casa, Nayla! A ver si hay suerte este verano y no me cuelgas el teléfono.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Benditos sean los bares


Con la que está cayendo en España (por si alguno no se había enterado todavía) lo más normal es que cada dos o tres manzanas (cuadras para el público latino) haya un cartel de "se traspasa", "se vende" o "se alquila", sin rebuscar mucho. Y muchos de ellos son bares.

Mi primer bar que no fuera para ir con mi madre a ver cómo se tomaba con un café con sus amigas fue el Café Madrid. El templo del postureo riojano adolescente por excelencia (si llega a existir Twitter en aquel entonces, no estaríamos ni uno vivo...). Al Madrid se iba en cualquier momento, los viernes, los sábados, los domingos, un festivo. Y desde que tenías 16 años y ponías un pie en ese largo establecimiento hasta que salías con 18-19 por ser ya "mayor" pasabas del café con leche con leche condensada, al chupito de kiwi y vodka y al gin tonic con la misma alegría que ibas cada 5 minutos a por chucherías a la máquina de chorradas. Calculo que por cada sentada en el Madrid de 3-4 horas podríamos engordar, sin pestañear, 2 kilos por barba. Ahora, 10 años después, por si tenéis curiosidad, podéis ir y vivir lo mismo porque los camareros son los mismos, los cuadros de la pared los mismos y la máquina sigue en su sitio (creo), pero los jóvenes de hoy en día no saben apreciarlo y se van al Faborit que es más cool. 


Después me mudé a Pamplona, y mi bar pasó a ser el Don Manolo, bien castizo el nombre. Manolo era un santo que no sé cómo no cerró el garito tras aguantar a generaciones y generaciones de petardas que vivíamos en el colegio de enfrente. Pero básicamente Manolo era importante por una cosa: tenía dos  ordenadores con internet. Que diréis, pues vaya chorrada, pues no. Todavía no sé cómo, pero durante mi primer y segundo curso de Periodismo vivía en un colegio mayor SIN internet (entre otras muchas normas que explicaré otro día para que entendáis cómo llega una a estar como está). Y ahí ya existían los blogs y casi casi el Tuenti, así que era preocupante la cosa.


Años después desembarqué en Washington. Ahí hay más edificios federales o relacionados con el gobierno que bares, pero también encontré mi lugar. The Front Page, el lugar donde los jueves por la noche te daban cerveza por dos dólares hasta que cerraban, con bien de fútbol americano en todas las pantallas y bien de gente con corbata que acababa con la corbata en la cabeza. Pero sobre todo donde más veces me he dejado la tarjeta de crédito y he tenido que ir a buscarla al día siguiente (no perdida, ahí tu llegabas, dabas tu tarjeta, te abrían una "cuenta" e iban anotando para luego cobrarte con la tarjeta que habías dado. Cuestión de confianza, estos gringos son la ostia).

Washington DC, no hay datos oficiales pero calculo que un bar por cada 600 habitantes. Como mucho.

Y en Buenos Aires que lo que tienen de verdad son teatros (y últimamente Starbucks que salen de debajo de las piedras) también hay muchos bares. Podría hacerme la linda y deciros que La Biela, un clásico, es mi bar, pero no. El que tiene toda las papeletas para serlo es un irlandés que se llama Temple, en el que los miércoles o jueves siempre caen unas cuantas jarras de Quilmes (3 por 70 pesos, 6 euros al cambio del pueblo, 12 euros al cambio oficial) con el correspondiente dolor de cabeza del día siguiente.

Buenos Aires, tirada de la moto, un bar por cada ¿300 habitantes?

Y en los cuatro lo que más me gustaba y me gusta es ir, tomarme algo y hablar. Porque yo he arreglado el mundo con mis amig@s en un bar más de una vez y cuando hemos salido por la puerta todo lo que íbamos a decir, crear o hablar se ha quedado dentro como si una fuerza extraña se quedara con las conversaciones de puertas para adentro.

¡Benditos sean los bares! Con crisis o sin ella. En España o en la Conchinchina (que está en Vietnam)

sábado, 12 de enero de 2013

Mi Buenos Aires querido

El Buenos Aires cuando estaba en la calle Laurel

No es la primera vez que uso este título en el blog. Pero hoy no hablo de la ciudad, sino del Buenos Aires de mi familia. Hoy hace 23 años que el restaurante abrió sus puertas en la calle República Argentina tras muchos años en la calle Laurel y yo, que he estado presente en todos ellos, y aunque odie cocinar y lo seguiré odiando, he pasado allí bastantes ratos.

Cuando era pequeña y mi abuela Pilar todavía estaba en los fogones iba todos los sábados a comer. Ya lo conté aquí, pero comer de restaurante todos los fines de semana para mí era "lo normal". En el fondo estaba yendo a casa de mi abuela, suerte la mía que era cocinera. El menú era siempre el mismo: croquetas y filete con patatas, y de postre natillas de chocolate que nos compraba en Javi de Torre; y cuando se aliaba previamente con mi padre nos caía merluza a la romana (a la que todavía no tengo gran amor).

Había días que mi hermano y yo íbamos y estábamos solos con ella, mis tíos y mi padre, otros que llegábamos y estaba medio Logroñés (el de Primera) comiendo en el office entre la cocina y el comedor y ahí nos sentaban con ellos (entonces comíamos el menú del futbolista: espaguetis, tortilla francesa y filete de ternera). Lopetegui, Iturrino, Vergara... a los que al día siguiente íbamos a ver a Las Gaunas (viejas) y yo conocía.

Todos los sábados, nada más llegar, yo ponía el pan en las mesas (al lado del tenedor) y, a veces, las servilletas dobladas a lo "obispo". Eso era 100 o 200 pesetas, según la edad. Luego creció mi hermano y si llegaba antes que yo me quitaba el puesto. Así que cuando me daba el cuarto de hora de no quererme ir a casa me quedaba "ayudando" en lo que se podía ayudar. Básicamente, y conociendo mis dotes gastronómicas, en secar los cubiertos uno a uno y a conciencia y en hacer los zumos de naranja que se pidieran de postre. Para mí era divertido, eso ya eran 400-500 pesetas, y encima me meaba de risa con mi tío José Mari y mi tía Pitu entre chillos, ruido de platos, fogones y un lavavajillas industrial que parecía traído de la Nasa que siempre me dio miedito. Y nada más llegar a casa me esperaba mi padre con un "¿ha habido mucha gente?".

En el restaurante me hice mi primera herida de guerra. Jugando en el "cuartito" donde se guardan las cajas de bebidas con mi hermano a un invento que nunca entendí que se llamaban Gogos me corte con un cristal en la mano, lloré amargamente y me dieron un punto en la palma de la mano izquierda cuya marca está y estará conmigo de por vida.

Allí hemos celebrado cumpleaños; no cumpleaños; las bodas de plata de mis padres; las de mis tíos: alguna Comunión; Reyes con roscones que en vez de haba tenían un corcho, un bolígrafo, una chapa (gentileza de mi tío); vermús con croquetas a los que iba al día siguiente de aterrizar en Logroño viniera de donde viniese por Navidad y me he llenado de orgullo cuando alguien me ha dicho que ha comido ahí y le había encantado, las croquetas, la verdura, las pochas o lo que hubiera comida ese día.

También ha sido el lugar donde todos los años desde hace 23 hemos despedido el año y dado la bienvenida al siguiente. Pasé años viendo a mis hermanas maquillarse y arreglarse para ir de cotillón, rogando al cielo que llegara pronto el 2002 para poder hacer yo lo mismo; vi a mis primos cantar un villancico de más de 7 estrofas sin parar, he visto a mi sobri hacer un miniconcierto de saxo y dejarnos a todos con la boca abierta, pasé el efecto 2000 sin que pasara nada; vi pasar a mis primos, los amigos de mis primos, los de mis padres, los novios de las amigas de mis hermanas.... y así, un día, sin darme mucha cuenta, vinieron a buscarme a mí (todos los chicos, no lo hice adrede) y comprendí que ya era 2004.

Ahí he visto llorar a mi hermana María muchas Nocheviejas de la emoción, a mis abuelos maternos reírse sin parar, a mis primos intentando anotar los cafés que había que preparar levantando la mano todos para todos los tipos, a mi hermano poner las uvas y gominolas para los que no les gustan, a mi primo Miguel gritando ¡8! cuando íbamos por la uva 3, a todos lanzándonos como posesos sobre los filetes empanados míticos de Nochevieja dejando de lado el marisco, a mi tía Rosa decir año tras año que se va a dejar el pelo largo... y a mí, desde 2009, siendo consciente de que ese año algo iba a pasar que cambiaría mi vida.

Y este año no va a ser menos. Para empezar el Buenos Aires cumple 23 años en el actual lugar, y, como poco, le auguramos otros 25 años más. Ya no pongo el pan, no seco cubiertos, ni hago zumos de naranja, pero sigo entrando como si fuera a casa a de mi abuela.