Empecé el año
estirando la baja maternal (sin sueldo) para aprovechar un par de meses más a
Juan. En Buenos Aires, en pleno verano, llevándolo por primera vez a la
piscina. Viendo como le salía el pelo pero ni rastro de los dientes. Viendo
como yo seguía pesando muy por encima de mis posibilidades.
En una noche de esas
de enmarcar tuve una charla trascendental con el que duerme a mi izquierda.
Nada serio. Simplemente comentar dónde queríamos vivir. Varias Quilmes y
Cocacolitas de por medio. Y respondí demasiado rotunda.
Un día de la nada me
desperté y tuve que volver a trabajar. Y lloré como si no hubiera un mañana.
Porque me daba cosa perderme cualquier novedad de Juan. Porque se me había
acabado el ir descalza. Porque se lo dejé a mis padres que se vinieron una
temporadita a casa y parecía que se lo dejaba al diablo. Porque ese
viaje en Uber hasta la oficina me pregunté qué coño hacía yo ahí y por primera
vez no tuve respuesta.
Tuve un primer mes de
realidad complicado. Ascenso de por medio. Y, ya es hora de reconocer y
dejarnos de chorradas, un día me puse a llorar en la oficina de recursos
humanos que porque la directora es mi amiga pero si no me mandaban a terapia.
El postparto un poroto al lado de esa mañana. Me dieron home office una
semana.
Y empezó la guardería.
Y el otoño. Y el orden. Y la vida. Y fuimos remando poquito a poquito hasta ser
tres en la mesa. Y salieron los dientes y dio sus primeras palmadas. Y llegó el
primer filete. Y el primer papá. Que manda cojones que primero digan papá después de 14 kilos y 9 meses dentro.
Me gasté 3000 pesos en
cosas para decorar un cumple de 1 añito que juré nunca celebraría. Y se nos
llenó el salón de gente, de críos, de cerveza. Y por supuesto alguien regaló el
xilófono que sigue amenizando muchas cenas...
Fuimos todo lo posible
a Montevideo a pesar de que la inflación se empeñaba en complicarlo. Para
disfrutar de la familia. De la abuela. Celebramos unos 40 redondos. Y, por
supuesto, disfrutamos de la lluvia que siempre nos espera.
Me di de alta en las
búsquedas laborales de LinkedIn, “por ver que había”. Y a un paso estuve de
mudarme a Burgos para trabajar en un banco y recorrerme Castilla y León como si
fuera pucelana. Pero me llegó un “no” fugaz por teléfono y del bajón compré
tres billetes para pasar las vacaciones de invierno en España.
Cuando puse modo
“cuenta atrás” para el verano me compré bañadores de madre, porque es lo que
soy y porque seguía pesando un poquito por encima de mis posibilidades, en una
reunión en una colchonera recibí un “y tú qué planes tienes?” que me puso del
revés.
Y dejé todo. Cerré la
cuenta. Cancelé OSDE. Compré dólares. Me despedí de las profesoras de Juan. De
mis amigos. Me sentí la más querida del planeta y me comí la última milanesa.
La última.
Con la incertidumbre
más grande de mi vida el 18 de julio me subí a un avión. Tres personas, dos
carritos, siete maletas y un cague increíble. Y al aterrizar encendí el móvil
nerviosa y tenía 176 mensajes. Que todos empezaban con un “No”. El segundo “no”
del año. Así que nos miramos y decidimos irnos a la playa. Sin hablar mucho más. Porque las cosas con sol y mar de fondo se ven de otra manera. Esto es así y así será.
Ese “no” que nos dejó con un pie a cada lado del océano se fue
enfriando y se convirtió en “igual sí”, después en “quédate que prácticamente
está hecho” y en medio en que me robaron el móvil en el Ayuntamiento cuando me
estaba empadronando de nuevo en la ciudad donde nací. Doce años en América y no me robaron ni un dólar, ni un peso. Hola, Logroño.
Tocó separarnos y
disfrutar de un mes de vacaciones improvisando. Y se casó el 50 por ciento de
mi cuadrilla. Y en la primera vuelta del padre de la criatura a finales de
agosto ese no que ya era SÍ se convirtió en el pistoletazo de salida de una
carrera de fondo a sprint en la que andamos metidos desde entonces.
Jugando al cambio, a
poner en práctica lo aprendido, a hacer lo que mejor sé en donde mejor estoy. A
poder atender los sustos familiares hasta donde llego. A estar presente en
todas las bodas, cumpleaños, comidas y reuniones que me he perdido durante mas
de diez años. A estar.
Porque yo llegué hace
5 meses. El que duerme a mi izquierda hace casi 2. Y entre tanto hemos
estrenado casa, felpudo y guardería. Pero aquí el único acomodado y adaptado
tiene un año y medio de vida...
Y aquí estoy. Estamos.
Pesando 16 kilos menos que el 8 de enero.
Este año ha habido
muchos primeros días, muchos lloros y maletas, muchos cambios y aterrizajes
forzosos. Pero bendito el día que respondí “yo hago las maletas muy rápido” a ese mensaje.
Porque las hice veloz pero el rastro lo recogió el que duerme al mi izquierda,
el que ha decidido acompañarme sin mirar atrás y el que sigue demostrándome que
los noes a veces son síes. Y bendito el día que le dije sí a él hace tres
años.
La vida da muchas
vueltas y a nosotros este 2019 nos ha traído un doble mortal. Seguimos mirando
al frente. Veremos qué pasa.
Feliz 2020.

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