miércoles, 19 de junio de 2013

La familia y una más


Mi hermana María (esta y esta) tiene una vena solidaria en ese cuerpo que para mí la quisiera. Lo mismo está vendiéndote tés en la tienda de comercio justo de Intermon-Oxfam, que preparando emparedados para una fiesta de recaudación de fondos, que dando clases a quién lo necesita.

Pero si hay un día en el que a mí me dejó con la boca abierta, más que el día que se disfrazó de Robin Hood en mitad de la Plaza del Mercado para un evento de Intermon, fue hace tres años. Un día me llamó por Skype y me dijo "este verano voy a acoger a un niño saharaui" y como en cada llamada me contaba (y cuenta) siete mil proyectos no le dí mucha importancia. Pero llegó junio y con el verano y el calor llegó un nuevo miembro a la familia.

En un principio iba a ser un niño, como yo hasta el sexto mes... Pero resultó ser una niña, Nayla, de entonces 8 años. Y por esas cosas del destino, del equilibrio de la vida o vete tú a saber el motivo, a mi hermana le tocó tener en casa a una niña muy parecida a ella. De lista, de jeta (en el buen sentido de la palabra, por favor) y de espontánea.

Me acuerdo que el primer día nada más llegar me empezaron a mandar fotos todos los miembros de la unidad familiar que por aquel entonces contaban con Whats App de lo que para mí sigue siendo un proyecto de top model, por físico y actitud, mi nueva sobrina. Después de dejarle dormir un rato (llevaba más de 24 horas de viaje) me llamaron y vi como mi hermana no dejaba de darle besos y abrazos e intentar hablarle con un diccionario de palabras básicas para, al menos, establecer un mínimo de comunicación. "Madre mía que tiene 8 años y está en una civilización que no es la suya...", pensé yo. 

Pasaban los días y a mí solo me mandaban mensajes de que Nayla era una cachonda, que le gustaba un montón la ropa y los zapatos, que el primer día que vio una tienda y un supermercado no entendía de dónde podía salir tanta Fanta de naranja junta y que se estaba amoldando muy bien.

Tres semanas después me volvieron a llamar y la tía ya se comunicaba con mi hermana en español de España, en el idioma de Cervantes de toda la vida que ya me gustaría hablar a mí así francés o alemán para poder poner en el CV "nivel medio" como hace todo el mundo en España. 

Para entonces ya había hecho un campus de fútbol (porque le gusta jugar al fútbol), estaba en un cursillo de natación, era la reina del Berceo, ya odiaba el dentista, jugaba al parchís como si no hubiera un mañana, cantaba el Rabiosa de Shakira creyéndose tal y se probaba vestidos para ir a una boda en Soria a finales de julio.

Dos momentos clave: el día que las llamé y a mitad de conversación, como le había interrumpido su partida de parchís con mi hermana, cogió el ordenador, le dio a colgar como si fuera algo que hiciera a diario, me dejó con la palabra en la boca y se quedó tan pancha, y el día que mi tío José Mari le picaba con que en el Sahara no hay tomates y ella, como si fuera dueña y señora de su patria, dijo que en el Sahara hay tomates, muchos, muchos, y piscinas, muchas, muchas, y de todo. 

Porque para el que todavía tenga dudas, la niña en España está de vacaciones pero llega mitad de agosto y no ve el momento de irse a su casa, con sus nueve hermanos y sus padres, aunque las condiciones no sean las mismas. Es su casa y ahí es donde quiere estar.

Una crack, que se dice en el idioma callejero moderno (una genia en argentino).

Desde el minuto dos se metió a todos en el bolsillo, a mi padre, que le hace las mismas gracias que nos hacía a nosotros con esa edad, a mi madre, que llora cada vez que la ve venir e irse, a mis hermanos que disfrutan de una hija y una sobrina que (ejem, Anita) todavía no tenemos, al que duerme a mi izquierda, que también es extranjero en casa y entre ellos se solidarizan y al resto de la familia que la cuida y quiere como si fuera una más.

En verano de 2011 vio por primera vez el mar y preguntaba como una posesa que dónde estaban los peces, fue por primera vez a Zara y lo disfrutó como yo cuando voy y pudo disfrutar de un verano sin 50 grados a la sombra en el desierto. 

Repitió en 2012 y este lunes, si el avión no se retrasa y todo va bien, volveré a recibir una foto de Nayla en casa de mi hermana María, en la que ya es su habitación, poniendo inicio al verano en mi familia (aunque según me dicen, sin sol). Y yo me moriré de ganas de estar ahí para llevármela a donde fuera como hice el año pasado cuando estaba en casa.

Todo esto lo podría contar mejor María, que es la protagonista, pero como ella no le da la importancia que tiene a lo que hace porque lo ve tan normal no lo va a hacer. Así que lo hago yo: María, eres una crack.

¡Bienvenida a casa, Nayla! A ver si hay suerte este verano y no me cuelgas el teléfono.

2 comentarios:

K dijo...

jejeje... Qué divina es la enana! Y María una crack con todas las letras! Ya se la va a extrañar dando guerra para jugar al futbol!! jejee..
BIENVENIDA!!! :D

Inés Royo Oyaga dijo...

Ahora yo no sé quién estará jugando ella al fútbol, aunque me parece que estamos ya en la edad del pavo, que eso es universal...
Un besazo!
INES