Yo no tengo pueblo. Esto es algo que yo no sufría con tanto pesar como mi hermano que a la mínima oportunidad se piraba con algún amigo que tuviera pueblo todo el fin de semana, pero lo cierto es que no tenemos pueblo.
Un día mi abuelo nos llevo a Ezcaray a todos a ver una casa, la que se iba a convertir en nuestra casa de pueblo, pero no sé qué se rompió en el camino que no llegamos nunca a comprarla. Y nosotros seguimos sin pueblo hasta el día de hoy.
Los lunes ante la pregunta "¿qué habéis hecho este fin de semana?" mis compañeros de clase repasaban la geografía riojana con cabeceras de comarcas y municipios desde 50 habitantes incluidos y yo siempre decía que había estado con mis primos en el Berceo (en La Isla) haciendo deporte. Y lo mejor de todo es que no mentía.
Así como mis amigas tenían primas, amigas de primas y primas segundas, yo tenía primos y amigos. Chicos. Ahora ya hombres. Por edad, con los que más horas he pasado además de con mi hermano Felipe, han sido Borja y Daniel, (y Álex en verano). Y al trío calavera una vez les convencí para jugar al Cifras y Letras y nunca más se supo de aquella tarde. Lo suyo, y por ende lo mío, era el deporte, nos daba igual el fútbol, que la petanca, que el tenis, que el béisbol con raqueta o el ping pong. El caso era sudar. La Game Boy y derivados de tecnología no nos captaron como el márketing pretendía y el trío se dedicaba a coleccionar equipajes de fútbol y balones Cuestra, Adidas o Mikasa, de todos los tamaños, pieles y nombres disponibles en el mercado.
Los equipos no se discutían ni se echaban a suertes, eran Borja y Felipe contra Daniel e Inés. A Daniel no sé si le vieron cara de tonto o el hecho de que los dos ingiriéramos litros inmundos de Coca Cola a la mínima oportunidad nos unía para siempre. El caso es que siempre jugábamos así y no siempre ganaban los otros. Equilibrios de la vida.
Daniel y Felipe se defendían en todo, con sus más y con sus menos, era dignos rivales. Borja, por una extraña razón del universo que todavía no entiendo, jugaba bien a todo, no importaba el grado de dificultad o el clima invernal que soplaba en La Isla (que en resumen hacía un frío importante y a las 5 de la tarde de los domingos aquello parecía Mordor), él jugaba bien a todo. Tenis, tenis. Frontenis, frontenis. Pachangas con césped mojado, descalzos, con unas porterías de medio metro de largo y lloviendo, no importa, él también era bueno. Jugábamos un rato a la maquinita de come-cocos del bar, y también estaba en el ranking general. Y luego estaba yo, que eso... era yo y lo intentaba, hacía bulto, equiparaba los equipos, era una digna rival en dar toques al balón porque me dejaban hacerlo con el balón en una red que sujetaba con la mano (qué humillante...) y era el toque exótico femenino que todo juego necesita.
A día de hoy, 15 años después, todavía me sigue recordando otro de los chicos que alguna vez jugaba con nosotros que un día de primavera jugando una pachanga pisé el balón, me caí al suelo y empecé a llorar como una magdalena durante dos horas. Y yo me temo que lloraba más por la humillación que por el dolor, porque estos cabrones me veían con el pelo largo pero el trato era de tú a tú, es decir, sensibilidades las justas, era parte de su juego y como tal tenía que defenderme. Y me metí tanto en el papel que pedí la camiseta de Mijatovic para mi cumpleaños en quinto de primaria y me la compraron (la falsa, por su puesto).
El caso es que como bien se mostraba desde el comienzo de los tiempos los talentos son los que son. Felipe y Daniel siguen practicando deporte, llamémosle golf, pádel o fútbol sala. Borja es futbolista profesional de los que salen en la tele y la afición corea su nombre y yo... pues sigo esperando que se sienten conmigo a jugar al Cifras y Letras. Que a eso igual hasta les gano.
Pero sigo con primos y sin pueblo.
Pero sigo con primos y sin pueblo.

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