martes, 10 de septiembre de 2013

Un helado como dios manda


Aunque la fama se la llevan las vacas y el mate, en Argentina hay un producto de consumo masivo muy importante y esencial que creo está a punto de entrar en la cesta de los productos de primera necesidad para ser subvencionados: el helado. Da igual que sea pleno julio (aquí pleno invierno) que haya 5 grados (no suele hacer más, esto ya es ola de frío polar) o 43 a la sombra (lo habitual en enero), las heladerías siempre están llenas y ser fiel a una marca u otra es de igual importancia que ser de Boca o de River, católico o judío.

Aquí no se concibe que una heladería, como pasa en mi querido Logroño, cierre entre otoño y primavera. Hay negocio todo el año y las marcas principales (hasta donde llega mi saber y mi barrio Freddo, Volta, Persicco y Arkakao) reciben filas ingentes de porteños y adoptados dispuestos a esperar 15 minutos para comerse un ansiado helado.

Diría de cuál son fan, pero la verdad es que temo represalias y un piquete debajo de mi casa de las marcas contrarias, así que como realmente no soy muy heladera lo vamos a dejar en que me pasaría la vida en Arkakao pero cuando me apetece un helado entro en la que me pilla de paso o en la que tenga un cupón de 2x1 que previamente me han dado en el Farmacity (que de eso sí que soy fan absoluta).

Pero no sólo el concepto helado es diferente. También la terminología, cómo no. Las bolas de helado se llaman bochas, así que te dicen "¿las bochas de qué sabor?" o "¿cuántas bochas?", el helado se compra por kilos, hay envío a domicilio de helado, por su puesto, hay más de 50 sabores por marca y, sí, hay cucuruchos (barquillos) y las temidas tarrinas (aquí vasitos), que para mí son de persona mayor.

Cuando era pequeña y pasaba por la Veneciana de la Gran Vía (porque yo soy de la Veneciana 100 por 100, no de Santangelo's ni mucho menos de las que posteriormente se han ido afincando en la calle Portales) siempre caía un heladito de 100 pesetas, el de los niños, de ese barquillo chungo que era blandiblú. Pero un día sin pedirlo me ascendieron al de 150 y eso era un helado como dios manda, con su bola gigante y su barquillo crujiente. El año pasado procedí a hacer lo mismo y ahora el de 150 está a 2,50 euros (luego decimos de la inflación Argentina) pero a la hora de pedir, por mi boca, sin anestesia previa, salió "una tarrina de 2,50" y me di cuenta de que ya me había hecho mayor. No tengo nada en contra de las tarrinas, pero el cucurucho me parece más clásico y adecuado al concepto helado.

Luego está el tema de los sabores. Aquí hay un catálogo dividido en afrutados, chocolates, cremosos, dulces de leche o ligth (las infelices que sigan pensando que los de la última categoría no engordan, que así nos va...). Y entonces dentro de cada una se extiende el repertorio: chocolate suizo, chocolate amargo, chocolate con leche, chocolate con pasas, chocolate tentación, chocolate con almendras, chocolate belga, mousse de chocolate, chocolate Volta-Persicco-Freddo-Arkakao, chocolate clásico, chocolate con dulce de leche... y así hasta la infinidad de los días hasta los más internacionales como "banana split" o "caramel and peanuts" (caramelo y cachuetes, por si me lee Ana Botella). 

Sin embargo, ni rastro del helado de mantecado, del de yogur con amarenas, del de café, del de chocolate blanco con trocitos o de mi ansiado yogur.  No del helado de yogur que no es helado al que le echas 14 frutas y dulces y se ha puesto de moda en todos los países desarrollados del planeta. Al helado de yogur natural de toda la vida. Como el de la Veneciana, que aquí no hay.

Porque a mí me da igual vivir en Italia, Argentina, Estados Unidos o Logroño, yo siempre pido lo mismo aunque en la carta haya helados de oro: chocolate y yogur.

Por eso tengo una petición que hacer:  

"Marcas de helado argentinas: por favor, se viene el verano, lo necesito,
de verdad necesito helado de yogur, caducado o sin caducar, pero de yogur".


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