El Buenos Aires cuando estaba en la calle Laurel
No es la primera vez que uso este título en el blog. Pero hoy no hablo de la ciudad, sino del Buenos Aires de mi familia. Hoy hace 23 años que el restaurante abrió sus puertas en la calle República Argentina tras muchos años en la calle Laurel y yo, que he estado presente en todos ellos, y aunque odie cocinar y lo seguiré odiando, he pasado allí bastantes ratos.
Cuando era pequeña y mi abuela Pilar todavía estaba en los fogones iba todos los sábados a comer. Ya lo conté aquí, pero comer de restaurante todos los fines de semana para mí era "lo normal". En el fondo estaba yendo a casa de mi abuela, suerte la mía que era cocinera. El menú era siempre el mismo: croquetas y filete con patatas, y de postre natillas de chocolate que nos compraba en Javi de Torre; y cuando se aliaba previamente con mi padre nos caía merluza a la romana (a la que todavía no tengo gran amor).
Había días que mi hermano y yo íbamos y estábamos solos con ella, mis tíos y mi padre, otros que llegábamos y estaba medio Logroñés (el de Primera) comiendo en el office entre la cocina y el comedor y ahí nos sentaban con ellos (entonces comíamos el menú del futbolista: espaguetis, tortilla francesa y filete de ternera). Lopetegui, Iturrino, Vergara... a los que al día siguiente íbamos a ver a Las Gaunas (viejas) y yo conocía.
Todos los sábados, nada más llegar, yo ponía el pan en las mesas (al lado del tenedor) y, a veces, las servilletas dobladas a lo "obispo". Eso era 100 o 200 pesetas, según la edad. Luego creció mi hermano y si llegaba antes que yo me quitaba el puesto. Así que cuando me daba el cuarto de hora de no quererme ir a casa me quedaba "ayudando" en lo que se podía ayudar. Básicamente, y conociendo mis dotes gastronómicas, en secar los cubiertos uno a uno y a conciencia y en hacer los zumos de naranja que se pidieran de postre. Para mí era divertido, eso ya eran 400-500 pesetas, y encima me meaba de risa con mi tío José Mari y mi tía Pitu entre chillos, ruido de platos, fogones y un lavavajillas industrial que parecía traído de la Nasa que siempre me dio miedito. Y nada más llegar a casa me esperaba mi padre con un "¿ha habido mucha gente?".
En el restaurante me hice mi primera herida de guerra. Jugando en el "cuartito" donde se guardan las cajas de bebidas con mi hermano a un invento que nunca entendí que se llamaban Gogos me corte con un cristal en la mano, lloré amargamente y me dieron un punto en la palma de la mano izquierda cuya marca está y estará conmigo de por vida.
Allí hemos celebrado cumpleaños; no cumpleaños; las bodas de plata de mis padres; las de mis tíos: alguna Comunión; Reyes con roscones que en vez de haba tenían un corcho, un bolígrafo, una chapa (gentileza de mi tío); vermús con croquetas a los que iba al día siguiente de aterrizar en Logroño viniera de donde viniese por Navidad y me he llenado de orgullo cuando alguien me ha dicho que ha comido ahí y le había encantado, las croquetas, la verdura, las pochas o lo que hubiera comida ese día.
También ha sido el lugar donde todos los años desde hace 23 hemos despedido el año y dado la bienvenida al siguiente. Pasé años viendo a mis hermanas maquillarse y arreglarse para ir de cotillón, rogando al cielo que llegara pronto el 2002 para poder hacer yo lo mismo; vi a mis primos cantar un villancico de más de 7 estrofas sin parar, he visto a mi sobri hacer un miniconcierto de saxo y dejarnos a todos con la boca abierta, pasé el efecto 2000 sin que pasara nada; vi pasar a mis primos, los amigos de mis primos, los de mis padres, los novios de las amigas de mis hermanas.... y así, un día, sin darme mucha cuenta, vinieron a buscarme a mí (todos los chicos, no lo hice adrede) y comprendí que ya era 2004.
Ahí he visto llorar a mi hermana María muchas Nocheviejas de la emoción, a mis abuelos maternos reírse sin parar, a mis primos intentando anotar los cafés que había que preparar levantando la mano todos para todos los tipos, a mi hermano poner las uvas y gominolas para los que no les gustan, a mi primo Miguel gritando ¡8! cuando íbamos por la uva 3, a todos lanzándonos como posesos sobre los filetes empanados míticos de Nochevieja dejando de lado el marisco, a mi tía Rosa decir año tras año que se va a dejar el pelo largo... y a mí, desde 2009, siendo consciente de que ese año algo iba a pasar que cambiaría mi vida.
Y este año no va a ser menos. Para empezar el Buenos Aires cumple 23 años en el actual lugar, y, como poco, le auguramos otros 25 años más. Ya no pongo el pan, no seco cubiertos, ni hago zumos de naranja, pero sigo entrando como si fuera a casa a de mi abuela.

3 comentarios:
Ohhh... No había leido este post hasta hoy. Excelente casa la de la abuela que supo recibirme y hacermelo pasar tan bien! Sigue brillando con la misma luz que cuando eras una enanita y te ganabas esas pelas... 25 años más son pocos... A por otros 50!! ;)
Mi querida sobrina ,q sepas que se me está cayendo el moquillo!!!! Ser parte de esos recuerdos es lo mejor de estos 25 años..... Te quiero
Que bonito escribes cariñito. Feliz 2014.
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