jueves, 22 de noviembre de 2012

La madrugada de Acción de Gracias


Esta noche en Estados Unidos toda familia que se precie se juntará para zamparse un pavo que llevan cocinando desde las 9 de la mañana e inyectando cosas con una jeringa desde las 11. Muchos han vuelto a sus casas como una previa de Navidad y otros directamente se han ido de vacaciones.

Hace tres años pasé mi primer Acción de Gracias en directo. Como la familia estaba lejos y tampoco daba la economía, ni el tiempo, como para venir 3 días desde Washington, Martín (al argentino que ya conocéis de aquí y de otros muchos) me llevó a su casa con más amigos argentinos, otros colombianos  y con su hermana, Gabi, que estaba de visita. Y a los argentinos y a los españoles nos da igual qué se celebre, que la comida tiene que estar en abundancia, cuanta más mejor, porque, al margen de los simbólico y respetuoso de este día, lo que más mola es comer sandwiches con las sobras del pavo la semana y media posterior.

Además de la reunión familiar el último jueves de noviembre,  lo que trae Thanksgiving es un día que mucha gente espera con ansia: el Black Friday (viernes negro). El viernes, las tiendas, los centros comerciales y todo lugar que venda algo pone descuentos importantes para que la gente pueda adelantar las compras de Navidad a un precio razonable. Algunas cosas no se notan, pero una televisión al 70% a nadie la amarga.

Como en ese país todo es a lo grande, no solo la Coca Cola, para que gastes bien a gusto las tiendas abren de madrugada hasta la noche del viernes. Como es ese país hay mucha gente tarumba, no sólo los actores de Hollywood, hay gente desde las 6 de la tarde del jueves haciendo fila en las puertas del Best Buy (nuestro Media Mark) para no quedarse sin nada. Y como en ese país todo es tan auténtico, yo no fui menos y hace tres años, a las 3 de la mañana, estaba camino de un centro comercial con una argentina, una colombiana y un niño al que teníamos que conseguir, sí o sí, el nuevo juego de la Wii (o de la DS, ya no me acuerdo) que regalaban en la puerta de Old Navy a las 50 primeras personas que llegasen.

Así que después de comer, dar las gracias y beber, en vez de irme a la cama que era lo que el cuerpo me pedía, me montaron en un coche y me llevaron a la Conchinchina (que por cierto, ayer me enteré que está en Vietnam) a conseguir el jueguito. Que no fue fácil.

Todo abría a las 12 del viernes menos los tres centros a los que nosotras tres decidimos dirigirnos, para arriba, para abajo, por una medio autopista muy oscura y un frío importante. Al principio la cosa me hacia gracia pero cuando pasaban las horas y aquella gente no subía la verja de la tienda a mí se me iba poniendo un mal humor muy mío.

Las 3, las 3 y media, las 4 menos cuarto, las 4, las 4 y un minuto, las 4 y dos... Una eternidad que no terminaba nunca hasta el punto que le dije al niño "la tía Inés te lo compra mañana en la tienda de Nintendo" (70 pavos costaba el jueguito, pero tenía frío, y sueño) pero la madre se empeñó ya, por orgullo de madre, en conseguirlo gratis y de ahí no nos iba a mover.

Así que yo, que no tengo problema de sueño ante la adversidad, me dormí. Y las tías, que de verme con cara de "que hago yo aquí" ya se meaban de risa,  se fueron sin mí y me dejaron en el coche hasta que me desperté a las 7am sola, en medio de un párking en el que pasamos de ser veinte coches a ser veinte mil, y de día.

Así que me espabilé y me fui al encuentro de las ladies que ya se habían comprado de todo. Pero para cuando yo me puse modo tiendas no había nada de nada de nada. Yo busqué y miré y remiré porque yo, por mi orgullo de consumista, tenía que encontrar algo, pero no. Bueno, compré un bolso muy chulo a mi hermana María que el otro día lo vi en escena todavía así que no fue tan mal compra.

Y sí, consiguieron el juego mientras yo dormía. Y pasé la noche de mi primer Thanksgiving gringo durmiendo en un coche, en un parking, en medio de la nada en un mall de Maryland. Y las otras dos todavía se acuerdan. Y yo, también.

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