martes, 13 de noviembre de 2012

El regreso



Llegué a Washington DC con 22 años y ni si quiera decía bien “sorry”. Estaba recién salida de la Universidad, no sabía qué me iba a encontrar y tenía por delante unos meses de tregua para aprender el idioma y disfrutar todo lo que pudiera. Así hice. Y terminé en Buenos Aires.

Tres años después he vuelto. Ahora con 26, alguna que otra palabra más en el diccionario angloparlante (y argentinoparlante), las mismas ganas de pasármelo bien y aprovechar mi ciudad preferida, amigos ya hechos a los que ver y contar en directo lo que les cuento por mail o por Skype y un novio que, como acostumbro, llegó antes de que yo lo hiciera a la puerta de “arrivals”.

En esta semana me he reencontrado con todo lo bueno de DC. He podido ver a las niñas que ya han ocupado líneas en el blog aquí y aquí. Una no me conocía (la dejaron en mis brazos con 15 días y yo le dejé con 9 meses) las otras dos, mayores, con todos los dientes definitivos ya en escena, se acordaban de cosas que yo ni si quiera había registrado, que yo siempre iba vestida de negro y que les hacía mil fotos (yo que pensaba que mi armario era colorido…). Cuando me fui de la cafetería me siguieron lanzando ese “Inés, I love you” que a mí tanto me gusta.

He vuelto a la Universidad. En la que nunca estudié pero en la que encontré a la mayor parte de mis amigos. Todo sigue en su sitio, la gente va y viene, pero el ambiente es igual. Los seminarios siguen siendo un buen lugar para conocer a gente nueva y de repente verte saludando a uno de los asesores de Obama, pero de los de verdad, no de los que se llenan la boca diciendo que han trabajado en Estados Unidos cuando lo único que han hecho es ser voluntario y tocar dos o tres puertas. Esto es una frikada, pero es como si un apasionado del fútbol se encuentra en un congreso con Maradona o una de la moda con Anne Wintour, cada uno con lo suyo.

He hecho turismo. He vuelto a ver la Casa Blanca. Fui consciente de que durante año y medio pasaba por ahí delante casi a diario y apenas me fijaba. Sigue igual de pequeña, y de blanca. Vi todos los memorials como si no los hubiera visto nunca y me he acordado de cada vez que fui con mis padres, con mi hermana, con Cristina, con Nacho y todas las veces que fui sola incluyendo la semana de la mayor tormenta de nieve del siglo. Y he comido y/o cenado en todos mis restaurantes preferidos que, por suerte, van a seguir en la lista de preferidos.

He vivido unas elecciones en directo. Vi cómo vota la gente, vi cómo las televisiones están desde las seis de la tarde ya esperando resultados y vi a miles de jóvenes gritar como posesos en las puertas de la Casa Blanca “four more years” con las mismas ganas y volumen que cantamos en España “campeones” o “yo soy español, español, español” desde que ganamos todo. Y ahí, por si todavía me quedaba alguna duda, comprobé de nuevo que este país es diferente por muchas más cosas que por los horarios, el tamaño XXL de todo lo que puedas necesitar o que se pueda girar a la derecha aunque esté en rojo.

Y también he estado con mis amigos. Con algunos apenas 10 minutos, con otros varios días. Pero con todos los que he podido por cuestiones de tiempo que en su día me ayudaron, acogieron y aguantaron. Los que me pedían los vasos de agua el primer mes porque me daba vergüenza hablar (gin tonic no tiene pérdida), los que me llamaban cuando me sentía sola y me pasaban a buscar para tomar un café y las que, aunque no lo hacían, sabía, y sé, que están ahí para cualquier cosa que necesite y esté en su mano.

Una semana en la que, de paso, he podido volver a disfrutar de todo lo que me pasó y me gusta con quién me ayuda y aguanta ahora (aunque sea a 14000 kilómetros), al que le llevo rayando la cabeza con mi vida gringa desde hace un par de años y del que me tuve que separar de nuevo en una puerta de salidas de aeropuerto.

Una semana que, aunque se ha pasado más rápido de lo que debería, me ha hecho ver que, para bien o para mal, muchas cosas han cambiado. Yo la primera.

Para empezar, ya digo a la perfección “sorry” y sé pedir mucho más que un vaso de agua.

1 comentario:

KIKE dijo...

Ohhh!!! Lo mejor de todo es poder estar a tu lado viendo como te reencontrás con tu ciudad! Gracias!!