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miércoles, 27 de febrero de 2019

Irse para volver



Hoy hace 10 años que me monté en un avión en Noain, el aeropuerto de Pamplona, rumbo a Washington DC. Iba para tres meses, para aprender inglés. Han pasado 10 años y estoy en Argentina, con un marido uruguayo, un hijo argentino y sin el inglés. Y luego que la vida no nos sorprende.

Me fui cargada de ilusión, ropa y sin miedo. Y flaca. Tenía todo lo que necesitaba: un lugar donde dormir el primer mes, unas clases que dar, dinero para vivir gracias a los patrocinadores oficiales de mi vida y ganas. Tenía un mes para conseguir una casa, una academia, un trabajo. Pasó el mes y me conocí todos los bares, restaurantes y museos de DC. Pero ni rastro de la casa, la academia y el trabajo.

De repente pasaron los días y empecé a hacer eso que los yankis tanto pregonan: "networking". Y en tres semanas conseguí un sofá, un lugar donde estudiar que me daba la visa F1 y un trabajo de niñera. Ojo que cobraba de babysitter en Estados Unidos lo mismo que he cobrado hasta hace muy pero que muy poco de periodista. El mundo está muy mal repartido. Y en Argentina hay demasiada inflación.

Y a partir de ese momento, todo se fue dando. Por suerte, por estar sentada en la silla correcta o porque lo valgo. Pero de un trabajo salieron otros; de uno de ellos se dieron contactos; de esos contactos y una frase oportuna, un trabajo en Buenos Aires; del trabajo, un novio; de ese novio, un marido; del marido, un hijo y hasta hoy.

En estos diez años he pasado por todos los estados físicos, mentales y emocionales posibles. Me he reído sin parar, he llorado sin consuelo (especialmente cuando he estado enferma, contadas veces, por suerte), he conocido gente rara, que merece la pena, que no, que sigue a mi lado y otros que se han ido yendo.

En estos diez años he gastado todos y cada uno de mis días de vacaciones en volver a casa. Conozco aeropuertos como la palma de mi mano. Y así he podido pasar frío en mi verano, comer como si no hubiera un mañana, estar en todas las bodas y nacimientos que he podido, ver a los de siempre donde siempre.

En estos diez años he usado toda la tecnología y redes sociales disponibles para estar sin estar, para intentar mantener un contacto cada vez más complicado, para seguir al día de las cuestiones de España, para felicitar cada cumpleaños como si viviera a 5 kilómetros, para compartir mis alegrías (apenas mis penas). Para no desaparecer.

En estos diez años he descubierto que a las personas, sin importar su rango, hay que tratarlas con naturalidad. Que los presidentes de gobierno también comen con las manos, que la gente que sale en la televisión no es tan especial, que los influencers hacen un trabajo muy digno y que la consultoría es una casa de locos donde si trabajas bien todo sale bien.

En estos diez años he aprendido a valorar lo que hay en España que antes no veía, a conformarme con menos, a aspirar a más con mucho más esfuerzo. He aprendido a quejarme, a decir lo que está mal y lo que me parece bien, a trabajar en equipo y a dar más de lo que se espera. 

En estos diez años he leído cien mil reportajes sobre la "fuga de cerebros", la expatriación de los jóvenes y sus efectos. Experiencias de gente que echa la culpa a la crisis, al gobierno de turno o al cambio climático de la situación que nos ha tocado vivir. Pues yo doy, en parte, gracias porque me tocara y haya podido formar una familia con un miembro de cada país. 

En estos diez años he pasado de trabajar para salir, a trabajar para descansar. De gastar en bolsos a gastar en pañales. De ser caprichosa a valorar lo que cuestan las cosas. De gastarme todo a intentar y poder ahorrar. De ir a mi bola a preocuparme por cada cosa que le pasa a los que viven conmigo.

Mi padre el día que salí por la puerta hace diez años le dijo a mi madre "ésta no vuelve". Y yo respondí "tranquilos que sí". Aunque me estoy retrasando al mismo nivel que mi promesa de "no os preocupéis que yo voy a ser millonaria". Quizá debo pensar dos veces antes de prometer nada debido a mi historial.

Hace 10 años tenía 22 años. Todavía no he vuelto ni sé cuándo lo haré. El día que vuelva intentaré hacerlo siendo mejor persona y agradeciendo el haber podido vivir todo lo que me ha tocado vivir. Pero hay que irse para poder volver. 

martes, 30 de diciembre de 2014

Grande 2014


Mi lista de propósitos para 2014 nunca la escribí. Decidí hacer mejor una un poquito más a medio plazo con 30 cosas que hacer antes de cumplir 30 en abril de 2016 y en ello estamos. Pero entre comer algodón de azúcar, seguir escribiendo en este blog y tener una planta y que no muera, este 2014 ha vuelto a ser especial y ha supuesto el principio de un 2015 que, por lo menos, empieza diferente.

Volví de España a Buenos Aires en enero con 5 kilos de más, 2,5 en cada pata, otros 5 para el que duerme a mi izquierda y una hermana que ya compraba ropa de bebé dos meses antes de la dulce (y larga) espera. Cuando nos dimos cuenta de que flotábamos más de lo habitual en la piscina en pleno verano y que no nos abrochaban bien los pantalones empezó la aventura "gimnasio fase 2" en la que se incluye mi vuelta a las aguas y en la que ya no se tienen agujetas al reírse sino agujetas al hacer fuerza con músculos que no sabía ni que existían. Pero gracias a dios la cosa (yo era la cosa) fue volviendo a su estado normal por el gimnasio y por la desintegración debido al calor. Por primera vez en la vida viví un día a 47,2 grados. Y no se lo recomiendo a nadie.

Con febrero llegaron los anuncios de la vuelta al cole y nuestro particular verano mientras en España nada se movía y los nervios afloraban. Fuimos turistas en Buenos Aires, comenzamos a tachar de la lista sitios que aún nos quedan por ver y, a contracorriente, me fui a la costa cuando todo el mundo volvía a capital y pasé 5 días adoptada por los Velázquez, a los que les dije que adoro la playa y les faltó dejarme a dormir allí (aunque cometí el error de echarme una siesta cual morsa y me desperté sin nadie alrededor y con un cartel en la arena que decía "gaita" por si no me quedaba claro quién era).

En marzo llegó El Momento cumbre del año. Un día del padre en el que mi hermana se disponía a no comprar la clásica camisa, o en su defecto corbata, de camino a por la novedad más novedosa de los regalos para padres que podáis imaginar, Miguel decidió venir a este mundo. Y nuestra vida, a cada uno en su grado, cambió para siempre. La mía en la distancia pero un bebé de apenas 50 centímetros era el centro de atención a cada movimiento, ruido o dedo que movía. Pero a mí me faltaban todavía tres meses para darme de verdad cuenta de que había sido tía. 

Con abril y el final del verano decidimos despedirlo en Mar del Plata para dar una sorpresa a Martín. Pero la sorpresa se quedó en intento. Los Velázquez volvieron a acogernos como a dos más, engordamos uno de los kilos perdidos en dos meses, y a fin de mes, el día 28, llegaron los 28 y su correspondiente celebración de 4 días. Descubrí que en Buenos Aires no estamos tan solos como yo creía y me volví loca en las tiendas de cotillón intentando comprar accesorios como para una boda. 

Mayo fue complicado por todos los lados del océano y del río de La Plata pero lo superamos. Lo empezamos en Punta del Este y viendo atardecer en Punta Ballena, celebré mis cuatro años en Buenos Aires y lo terminé en el Teatro Colón viendo a la Filarmónica de Buenos Aires. Una que va creciendo. Pero fue el mes en el que el de la izquierda se multiplicó por 14 y estuvo en todo momento en donde tenía que estar. El Madrid ganó la Décima, Miguel abrió los ojos al mundo y descubrió que la familia no se elige, te la dan, y vimos a Drexler en el Luna Park.

El viaje a España para las bodas del año fue mi particular cuenta atrás de junio. Como siempre que voy a viajar empecé a soñar con aviones y aeropuertos pero un Mundial en el que decidimos estar equipados y compramos la camiseta de España y Uruguay (mejor se hubieran quedado las camisetas en Retiro) y el 31 cumpleaños del de la izquierda, al que le regalé una pulsera cuentapasos con la que sigue obsesionado a día de hoy (que también le cayó a mi santo padre por su cumpleaños días antes), hicieron la espera más llevadera. El día 24 de junio llegué a Madrid, descubrí que existía la Coca Cola Zero sin cafeína, me enteré de que en la oficina iba a haber un integrante más y a la 1 de la tarde, en una estación de autobuses en la que nunca falta un calzoncillo en el tenderete de los vecinos de arriba, cual Simba en El Rey León, me presentaron a mi sobrino. Y, a lo argentino, morí de amor. 

Con la resaca de la despedida de soltera de mi tocaya, el verano inexistente en el que no salía el sol, los recuerdos del campus de fútbol y mis primeros pañales puestos del revés, llegó un julio cargado de eventos y celebraciones. Con un vestido corto que ni en mis mejores sueños me había atrevido a ponerme y con unos tacones ilegales, me dispuse a darlo todo en las bodas del año. Ahí echamos el resto. No sabemos si por aprovechar la ocasión o porque mirando alrededor nos dimos cuenta de que para la próxima, como mínimo, pueden quedar 4 o 5 años. Y para terminar, como las bicicletas, Noja es para el verano y volví a vivir 10 días de Hotel Hoya, playa y patatas fritas como hacía años que no vivía. Me volví de otro color.

Con mi moreno playero y la pena más grande del mundo por dejar a mi sobrino en casa, me planté el 8 de agosto en un Buenos Aires en el que el invierno decidió esfumarse y darnos una tregua con 30 grados a la sombra y los de aduana estaban de huelga. el de al lado me dijo "como para traer droga" y yo solo pensaba que en vez de 250 gramos de jamón podía haber llevado un kilo. Por aquel entonces tomé dos de las decisiones del año: empezar a correr y probar suerte con una beca para Georgetown. Pero hasta meses más tarde ninguna de las dos dieron sus frutos. Mientras tanto seguía de turismo en la ciudad aprovechando las visitas, compramos unas plantas que siguen vivas (o al menos hasta hace 3 semanas que me fui) y viví virtualmente otra de las bodas del año a la que el océano me impidió asistir.

Septiembre comenzó con la tradicional celebración de nuestro aniversario, con la diferencia de que ninguno de los dos nos dimos cuenta de qué día era y nos despertamos como si nada. Pero tuve mis rosas. Y volví a morir de amor por segunda vez en el año. Desde España un bebé ya no tan bebé comenzaba a dar gritos, a medio gatear y a poner caras de sorpresa cuando me veía el careto a través del iPad y una amiga entre gritos de teléfono me comunicó que en julio de 2015, viviera en China o en Madagascar, iba a tener que estar en San Sebastián para verla pasar por el altar. Recibimos en casa al alemán que me recuerda todos los días que soy "la del sur", fui a las carreras de caballos, aposté y gané una cena, aposté dinero y perdí, y me di cuenta de que hacía 10 años que entré por la puerta de la facultad y me entró una cosa dentro que no sé todavía qué era. En ese estado medio de limbo recibí mail de Washington y la cita para mi entrevista por Skype mientras uno de mis amigos ponía fin a cinco años de estudio convirtiéndose en Doctor. Y durante una semana mi mente se convirtió en gringa y saqué del sótano el inglés que sé. Terminamos el mes con la mejor visita del año, la de mi suegrita, y respiramos tranquilos.

Mar del Plata y los Velázquez nos volvieron a recibir en el puente de octubre. La primavera llegaba a trompicones, en Buenos Aires llovía todos los fines de semana del calendario y en la cinta no pasaba de los dos kilómetros sin dejarme el hígado en el intento. Viajamos a Uruguay a votar. Y en el puerto, al ver que no había un alma el día en el que más viajeros cruzan el Río, al mismo tiempo que ratificaba que me había equivocado de barco y que salía dos horas más tarde leí el mail del año con un asunto que no dio lugar a dudas de entendimiento "Congratulations, Ines" y entre gritos, en directo y a través del teléfono (este año ha habido mucho grito), me di cuenta de que iba a volver a Washington DC. Con la emoción en el cuerpo el de la izquierda votó porque quiere (y por obligación) y yo canté las canciones del Frente Amplio como si fuera el himno del Real Madrid. Para cuando quise darme cuenta de que llegaba noviembre y mi 2015 iba a ser diferente me encontré a mi primo en la televisión al lado de Cristiano Ronaldo como mejor jugador de la temporada. La vida tiene estas cosas.

De nuevo comenzó la cuenta atrás para el viaje a España. Empecé a soñar con aviones, con aeropuertos y con el inglés. El poco moreno que duraba de agosto comenzó a quedarse conmigo con mis visitas a la azotea de casa y entre informes, elecciones de Estados Unidos, cenas, cumpleaños, teatros, más visitas y nuestra tradicional día de polo en el que con 35 grados a la sombra yo llega un momento en el que no veo ni los caballos, noviembre se nos fue de las manos. Una tarde sin previo aviso ni anestesia me vi en la cinta llegando a 5 kilómetros con fuerzas para hacer más y me sentí la mejor del mundo entre un mar de sudor y dos viejas que corrían más que yo. Lo celebré. Y terminamos el mes en el Teatro Colón en la ópera y de nuevo viajando a Uruguay en el peor viaje de la historia de los viajes en barco. Yo me veía a la perfección en las noticias como "la española que viajaba en Buquebús y sufrió un naufragio" mientras veía un documental de un indio que ha plantado un bosque de 5 hectáreas en medio de un solar en la India. Me veía en forma como para nadar y que no me muriera en el intento pero nunca había tenido ganas de llorar por miedo hasta ese momento. Aunque mereció la pena el viaje.

Bajo el sol de diciembre, los primeros días de verano porteño y nervios por la despedida inminente descubrí el Barrio Chino de Buenos Aires (que me flipó) y disfruté de las picadas, las Coronitas (en Argentina Coronas) y los nachos en la terraza de casa en la mejor compañía. Un domingo me vi bajando las maletas llenas de jerséis de lanas y bufandas y de nuevo Aeroparque fue testigo de las escenas de despedidas amorosas que el de la izquierda y yo protagonizamos cada año y medio o dos años porque nos va la marcha. Llegué a España tras 24 horas de viaje y llegué a la misma estación de autobuses con calzoncillos colgantes que en junio, solo que vi a un bebé que no era bebé, me sonreía sin tener ni idea de quién era y ahora mismo me alegra todas las mañanas mientras estoy en España. Viaje a Madrid, sentí que no me había ido nunca y conocí el Santiago Bernabeú y me emocioné. El resto del mes... en casa, en familia, con mis amigas, las de siempre y las nuevas, y trabajando, que gracias a dios es lo que tengo y me toca hacer.

Son muchas la cosas que han cambiado mi vida este 2014. Cambios grandes, que no se van a mover de mi lado o que probablemente me vayan a cambiar la vida aunque sea un poquito de cara al futuro. Pero, con sus momentos bajos y altos, ha sido el año en el que me he dado cuenta de que, aunque no quiera, soy mayor. Pero necesito a los de siempre cerca para ayudarme a serlo. 

Gracias por cada momento a mi lado, por cada herida curada, aunque fuera un puntito de nada, y por copa chocada en un brindis. Por acogerme como a una hija sin serlo, por recordarme que lo sigo siendo aunque estoy lejos, por seguir confiando en mí y en mi trabajo aunque ahora ponga más tierra de por medio y por escribirme a un chat del móvil o por Skype que para mí son la vida y la mejor forma de sentir y saber que aunque no estoy en el día a día alguien se acuerda de mí en algún momento y sigo formando parte de algo.

Grande, 2014.

Te espero con muchas ganas 2015.

viernes, 28 de febrero de 2014

Cinco enormes años


Hoy hace 5 años que me monté en un avión en Noain, ese gran aeropuerto de Pamplona con dos cintas y un arco de seguridad, rumbo a Washington DC. Podría decirse en bonito que fui a hacer las Américas, en busca del sueño americano o a hacerme una mujer de provecho, pero la realidad de la vida es que fui a aprender inglés. Y encima no aprendí. Bueno, un poco.

Cinco años después creo que es momento de admitir que cuando llegué no sabía lo que era un CVS, no me atrevía a pedir un vaso de agua y no entendía por qué todo el mundo me decía "you're welcome". Cosas de la vida, pero así fue. Todavía me acuerdo del acojone monumental que se me quedó cuando yo y mis tres maletas (ligera de equipaje nunca he ido) nos quedamos en el hotel del 2500 de Pennsylvania Avenue a verlas venir mientras se iba el autobús de los alumnos del máster con los que había ido y me quedaba sola ante el peligro. Y cosas de la vida, hoy en ese hotel está durmiendo plácidamente mi hermano.

Cinco años después me acuerdo de mi desesperación por encontrar una casa donde poner mis bártulos. La que no era cara, estaba lejos, la que no me pedía un garante gringo, o un historial de crédito gringo, o las dos cosas. Cosas de la vida salieron al rescate dos argentinos y ahora vivo en su país. Recuerdo mi impotencia en querer hablar y no saber, el no poder decir todo lo que tenía para decir por no saber construir una frase más allá del "sujeto, auxiliar y verbo" que en mi cabeza repetía Tere la de Inglés. Cosas de la vida me fui soltando y empezó la desgracia de los de mi alrededor.

Allí aprendí más que un idioma. También a beber cerveza, que la secadora rompe la ropa, que Latinoamérica es muy grande y el español (el idioma) une, a querer amigos de meses como si fueran hermanos, a salir de fiesta y estar a las 3am en la cama, cuando no eran las 2, o lo que se valora una comida familiar cuando no las tienes cada domingo. Allí me comí mi primera ensalada y mis primeras espinacas, hice mi primera presentación en inglés, defendí a capa y espada cualquier cosa que fuera criticada a España y tuve tres "hijas" a mi cargo que a día de hoy sigo recordando y queriendo como si fueran mías.

En un momento de euforia y ya puestos a reconocer cosas, un momento de pedo monumental a margaritas heladas, me dieron la oportunidad de mudarme a Buenos Aires, ese del que yo solo sabía cosas lindas, tango, mate y fútbol. No me lo pensé dos veces (quizá hubiera sido una buena idea hacerlo) y Argentina me dio otras mil primeras veces y "aprendí a" que no caben en esta entrada pero ya tendrán su lugar. Y lo sigue haciendo. Lo mismo que Madrid. 

En estos cinco años he vivido en tres países, siete casas diferentes, he manejado tres monedas y casi tres idiomas (el argentino suma). Empecé de prestado en un sofá y ahora duermo con un ser a mi izquierda en un departamento en el centro de Buenos Aires. Me fui con 22 y estoy a punto de cumplir los 28. Tenía tres maletas y ahora tengo unas cuantas más. Me fui con amigas en botellón y en verano voy a ir a bodas de varias de ellas y he visto nacer a la primera hija melena. Me fui con dos hermanas trabajando y un universitario y una me va a dar mi primer sobrino, la otra ha pasado al mundo de la farmacia y el otro me manda fotos desde la Casa Blanca. Me fui con un padre en un banco y ahora es concejal y casi jubilado. Me fui con una madre harta de poner lavadoras y ahora no ve el momento de que vayamos para ponerlas.

Cosas que cambian, que crecen, se van y vienen. A excepción de una que me niego y obligo a que no pase: acostumbrarme a estar fuera.

Me fui una y soy, en parte, otra. Y todo en cinco años. Cinco enormes años.

jueves, 22 de noviembre de 2012

La madrugada de Acción de Gracias


Esta noche en Estados Unidos toda familia que se precie se juntará para zamparse un pavo que llevan cocinando desde las 9 de la mañana e inyectando cosas con una jeringa desde las 11. Muchos han vuelto a sus casas como una previa de Navidad y otros directamente se han ido de vacaciones.

Hace tres años pasé mi primer Acción de Gracias en directo. Como la familia estaba lejos y tampoco daba la economía, ni el tiempo, como para venir 3 días desde Washington, Martín (al argentino que ya conocéis de aquí y de otros muchos) me llevó a su casa con más amigos argentinos, otros colombianos  y con su hermana, Gabi, que estaba de visita. Y a los argentinos y a los españoles nos da igual qué se celebre, que la comida tiene que estar en abundancia, cuanta más mejor, porque, al margen de los simbólico y respetuoso de este día, lo que más mola es comer sandwiches con las sobras del pavo la semana y media posterior.

Además de la reunión familiar el último jueves de noviembre,  lo que trae Thanksgiving es un día que mucha gente espera con ansia: el Black Friday (viernes negro). El viernes, las tiendas, los centros comerciales y todo lugar que venda algo pone descuentos importantes para que la gente pueda adelantar las compras de Navidad a un precio razonable. Algunas cosas no se notan, pero una televisión al 70% a nadie la amarga.

Como en ese país todo es a lo grande, no solo la Coca Cola, para que gastes bien a gusto las tiendas abren de madrugada hasta la noche del viernes. Como es ese país hay mucha gente tarumba, no sólo los actores de Hollywood, hay gente desde las 6 de la tarde del jueves haciendo fila en las puertas del Best Buy (nuestro Media Mark) para no quedarse sin nada. Y como en ese país todo es tan auténtico, yo no fui menos y hace tres años, a las 3 de la mañana, estaba camino de un centro comercial con una argentina, una colombiana y un niño al que teníamos que conseguir, sí o sí, el nuevo juego de la Wii (o de la DS, ya no me acuerdo) que regalaban en la puerta de Old Navy a las 50 primeras personas que llegasen.

Así que después de comer, dar las gracias y beber, en vez de irme a la cama que era lo que el cuerpo me pedía, me montaron en un coche y me llevaron a la Conchinchina (que por cierto, ayer me enteré que está en Vietnam) a conseguir el jueguito. Que no fue fácil.

Todo abría a las 12 del viernes menos los tres centros a los que nosotras tres decidimos dirigirnos, para arriba, para abajo, por una medio autopista muy oscura y un frío importante. Al principio la cosa me hacia gracia pero cuando pasaban las horas y aquella gente no subía la verja de la tienda a mí se me iba poniendo un mal humor muy mío.

Las 3, las 3 y media, las 4 menos cuarto, las 4, las 4 y un minuto, las 4 y dos... Una eternidad que no terminaba nunca hasta el punto que le dije al niño "la tía Inés te lo compra mañana en la tienda de Nintendo" (70 pavos costaba el jueguito, pero tenía frío, y sueño) pero la madre se empeñó ya, por orgullo de madre, en conseguirlo gratis y de ahí no nos iba a mover.

Así que yo, que no tengo problema de sueño ante la adversidad, me dormí. Y las tías, que de verme con cara de "que hago yo aquí" ya se meaban de risa,  se fueron sin mí y me dejaron en el coche hasta que me desperté a las 7am sola, en medio de un párking en el que pasamos de ser veinte coches a ser veinte mil, y de día.

Así que me espabilé y me fui al encuentro de las ladies que ya se habían comprado de todo. Pero para cuando yo me puse modo tiendas no había nada de nada de nada. Yo busqué y miré y remiré porque yo, por mi orgullo de consumista, tenía que encontrar algo, pero no. Bueno, compré un bolso muy chulo a mi hermana María que el otro día lo vi en escena todavía así que no fue tan mal compra.

Y sí, consiguieron el juego mientras yo dormía. Y pasé la noche de mi primer Thanksgiving gringo durmiendo en un coche, en un parking, en medio de la nada en un mall de Maryland. Y las otras dos todavía se acuerdan. Y yo, también.

jueves, 17 de junio de 2010

I miss...


Cosas que echo de menos de Washington DC:

- El metro limpio donde siempre hay sitio para sentarse y leer.

- El relleno gratis de la Cocacola cuantas veces me venga en gana en cualquier sitio de comida rápida o no rápida.

- Las hamburguesas de Five Guys con sus patatas de cada día un Estado, y los cacahuetes mientras esperas.

- La secadora, de ahí al armario, sin planchar.

- Parar y bajar a algún sitio para comer y tomar un café.

- Poder pagar con tarjeta el bus y no tener que ir dependiendo de llevar 1.20 pesos.

- Salir del trabajo y de repente levantar la cabeza y ver la Casablanca.

- Poder putear en alto sin que nadie me entienda.

- Mensajes de texto gratis.

- Llamadas gratis a los de mi misma compañía.

- Poder comprar en Abercrombie en la pestaña de Clearance.

- Amazon.

- Salir de tiendas y siempre encontrar algún artículo por menos de 10 dólares bastante decente.

- Ver gente más gorda que yo para no deprimirme.

- Los ascensores con puertas que se abren solas.

- Mi plasma gigante y el On Demand de la televisión para ver lo que quiero, cuándo me da la gana.

- La Signature salad no cheese de Cosí.

- A un par de pelotudos por ahí sueltos...

viernes, 19 de marzo de 2010

Cuadro


Ayer tuve ante mí ojos durante un ratito un cuadro digno de: opción A, película de Almodóvar; opción B, bareto mexicano; opción C, escenario de algún libro de Arturo Pérez-Reverte o Eduardo Mendoza, a su gusto.

Contexo. Tras cuatro días de seminario/congreso en la facultad, ponentes contentos, asistentes contentos y personal muerto tras una noche de Sant Patricks larga y líquida, cena en un restaurante latino de Arlington donde el mojito entra solo y se queda en tu cabeza unas horas martilleando sin parar. Nosotros, una mesa de veinte con cinco ecuatorianos, cinco venezolanos, creo, dos gringos, dos mexicanos y dos europeos (no voy a poner sólo un español que quedo en minoría, me voy a unir al italiano para esto y, sí, no suman veinte pero hay cuatro que se me escapa la procedencia y mejor no ofender). Comida, vino, mojitos y risas.

Resto del panorama a la hora de la cena: gente en sus mesas cenando algo y fumando shisha de alguna fruta, hablando sin mucho grito (esto es América, no se oye al de al lado) y escuchando medianamente buena música. Todo correcto, los contentos siguen contentos y los muertos nos ponemos contentos y nos vamos despertando.

Pero un rato después cometí el error de ir al baño y cuando salí me cambiaron el escenario sin avisar...

Sección 1. La mesa correcta, que era la mía, ya no existía. Todos de pie en la zona de la barra hablando en grupos y recibiendo a más gente que iba llegando del seminario. El resto de las mesas con gente de toda nacionalidad predominando la latina (que ya no sudaca, maldito el que invitó ese término para denominar a la gran parte de mis amigos) veía cómo el vino y la pipa de la paz hacían su efecto y, aunque todavía sentados, empieza a mover su tronco de forma extraña a ritmo de...

Sección 2, escenario. Tres tipos intentando emitir sonidos derivados de flamenco con su guitarra española y su caja flamenca. A 7.000 kilómetros de casa y tras tres meses fuera juro que aquello no sonaba ni tan mal. Pero dudo de si se podría clasificar de "decentes" fuera de territorio americano. Al margen de la camisa del cantante que no puedo ni describir.

Sección 3, barra. Varios grupitos de gente bebiendo unos tragos. Llaman mi atención dos. Un calvo alto de gafas negras que aplaude como si fuera de Sevilla. Un rubia que se había puesto la camiseta y se había olvidado su falda, o aquel vestido era de ChoniForever Shop pero sección niños. En una de las televisiones partido de basketball de la liga universitaria y cuatro tíos mirando. En el otro plasma, Real Housewives, reality show en el que mujeres cuentan su vida doméstica (mujeres que son conejitas Playboy pero tienen hijas en cuarto grado... Luego nos quejamos en España de que los Ni-nis estos son denunciables y oscenos y violan los derechos de la mujer, no habéis visto nada...).

Sección 4, pista de baile, mi preferida. Parte de los normales del garito, que casualidad pertenecían a mi mesa, hablan, ríen y bailan un poquito. Parte de los anormales del garito, que concretamente eran un maromo con camiseta de tirantes y un sombrero, y una vaca burra amiga de la de la camiseta larga que llevaba un vestido más pequeño que su colega si eso podía darse... me prostituyen el baile español. Ella mueve las caderas (o lo que se adivinaba de caderas) y los brazos cual Shakira (pero sonaba flamenco, de ahí la discordancia y mi mala ostia), mientras el maromo la observa con ojos de "te voy a comer... a besos..." y un mexicano les grita ¡ooooooole! en un tono que supera a la guitarra, la caja, y a la voz del escenario.

No hay más secciones. Imaginad lo que queráis que pasará en cada una. Yo, me fui.

domingo, 14 de marzo de 2010

Spain gusta



Hace más de un año que vivo en Estados Unidos y aunque han pasado casi 13 meses hay cosas que no cambian. Y una de ellas es que España fuera de la Península gusta, y mucho.

Aunque viva aquí 25 años no me voy a quitar mi súper acento cuando hablo inglés y sobre todo me delato con mi gran pronunciación de las eses. Yo soy Inéssssss, from Essssspeinnnnnn, and I am studying Englissssssshhhhh. Y claro la gente (la cual, o se mea de risa, o les encanta) en seguida salta un "I love Spain!!! It´s my favorite country!!! The people, food, music, toros, paella, siesta, fiesta...". Y a mí me sale una sonrisa de oreja a oreja que no puedo evitar.

Así que aquí tiene gran éxito Jaleo, el restaurante español del cocinero de TVE José Andrés, Zara, que es cara, en las pantallas de los sport bar suele haber algún partido de La Liga, conocen al Barca, al Madrid, al Rey, ahora a Pau y a Marc Gasol, el encierro de San Fermín (y no entienden el por qué del running of bulls)...

Pero claro, pensando todo lo que conocen y lo que oyen con los que estamos aquí, la idea de un gringo medio será que el españolito medio nos la pasamos comiendo comida cojonuda, bebiendo vino sin parar, nos echamos la siesta, trabajamos en horario partido y al menos una vez al mes tenemos algún puente para salir de fiesta sin parar...

No sé, que sigan con esa idea, no me preocupa en absoluto. Pero como todos los que me dicen que van a ir de repente van, vamos a tener arreglada la crisis en un momentito...

Se me olvidaba, ayer me dieron la mejor defición de San Sebastián que nunca había odio "Es una ciudad con lo mejor de Francia y España pero sin el mal carácter de los gabachos...".

España 1- resto del mundo 0.

lunes, 15 de febrero de 2010

¡A la mierda San Valentín!




Mi amor por San Valentín ya quedó declarado el año pasado. Pero vivir uno en Estados Unidos, como tuve el placer de hacer ayer, hace que el odio aumente y deteste este día que no sé quién leches se inventó.

Aquí no solo las pastelerías y el Macy's se llena de corazoncitos. Aquí desde hace quince días el supermercado, las librerías, los restaurantes y las tiendas se llenaron de globos con forma de corazón, carteles con forma de corazón, velas con forma de... corazón, y hasta moldes para hacer galletas con forma de corazón... Entrañable.

Y además en los anuncios de la televisión (que aquí la ley de 12 minutos por hora no la conocen, un capítulo de 30 minutos tiene 4 cortes para publicidad) se llenaban de promociones de San Valentín, compre la joya del amor (y más hortera no podía ser como siempre se han caracterizado mis queridos gringos), reserve para cenar en la noche más tierna del año... blablablabla con forma de corazón.

Y ayer, que después de diez días viendo nieve, caminando como un pato, sin internet, sin salir mucho, queriéndome pegar un tiro y con un ligero mal humordepresión característico de diez días de inactividad y de esos días del mes en los que mejor no hablar con una chica, me dí cuenta de que odio profundamente el puñetero 14 de febrero y que lo único de que tenía ganas es de ir pinchando uno por uno cada uno de los globos con forma de corazón que veía. Y además ayer lo pasé sola. Y eso sí que ya no mola.

¿A quién hay que pedirle la erradicación del día de San Valentín?

lunes, 18 de enero de 2010

Control, control


Parece que esto se va a convertir en un blog de viajes, pero no es mi intención. Sólo que viajar en avión últimamente es como irse al Sáhara sin agua, una odisea, que puede ser divertida o tocarte las pelotas, y a mí al principio me parecío lo primero, pero ya en New York pasó a ser la segunda...

Tres días antes de irme, y ver que seguía nevando sin parar, me entró la morriña. Un mes en casa da para mucho y las ganas de volver a Washington, donde me contaban hacía un frío de morirse, eran más bien nulas. Pero tenía que irme. Y me fui, claro.

El miércoles tenía que estar a las 9am en Barajas para facturar, y para evitar sustos me fui el día anterior a Madrid. Como Renfe tiene a Logroño como si fuera Teruel (señores de Renfe, la gente de Logroño también viaja por la tarde) sólo me quedaba ir en autobús. Y yo, desde que he pasado media carrera subida en La Estellesa, odio el bus: el olor, su incomodidad, al chófer, al de al lado y al dueño de la compañía. Así que, entre la despedida ñoña que le dediqué a mis padres, que hacía frío y que tenía cuatro horas hasta Madrid, me dediqué a llorar cual magdalena hasta bien pasado Burgos, y el resto durmiendo un poco y recibiendo algunas llamadas que me levantaron el ánimo bastante.

En Madrid pasé la noche con Marta. Y entre ella, Laura, Carmen, María e Iñigo, hicieron que se me olvidara que me iba y la pena que traía. Mil gracias por el madrugón chicas, a la vuelta os pago el haberme llevado a Barajas y haber hecho la cola conmigo.

Porque aunque me habían avisado de que la cosa iba para largo por los controles, aquello no era ni medio normal. Llegué con dos horas de antelación y en el mostrador había una fila de unas cien personas. Como estaba acompañada no me preocupé, me reía con las chicas y poco a poco iba llegando mi turno. Pero a unos cinco metros de llegar una azafata de tierra amargada con un lazo azul marino de seda más grande que mi cabeza a lo señorita de El Corte Inglés, quería empezar a joderme un poquito la mañana y me dijo que con mi pasaporte lleno de pegatinas de maletas en la última pagina no viajaba. Yo la miré en plan "muy graciosa señora, deje de vacilar", me miró seria, vi que iba en serio y despegué las pegatinas de mis últimos diez viajes, incluido Cuba, con mucho cuidado porque "si usted rompe el pasaporte si que no puede viajar, es un documento de identidad que no puede ser alterado". (¡Me cago en su padre, señora!).

Con mi pasaporte sin alterar, mi I20 de visa de estudiante y un humor que no sé de dónde saqué, pasé el primer cuestionario. ¿Quién le ha hecho el equipaje?, ¿dónde ha estado con sus maletas antes de llegar aquí?, ¿qué lleva en la maleta?, ¿ha abierto la maleta en el aeropuerto?, ¿todo lo que lleva es suyo? ¡Anda a cagar vieja! ¿Te crees que si llevara jamón o una bomba te lo iba a decir a ti antes de despegar? Como contesté a todo que yo, conmigo, ropa, no, y mío, me dejó pasar. Y ya sin salir de España primer desembolso, 50 dólares por mi segunda maleta. Que pesaba lo que tenía que pesar pero ahora por un segundo bulto se paga. No quiero comentar.

Y ya sí me tocó quedarme sola. Me dieron abrazos y besos las chicas, a mí se me empezaba a saltar la lágrima tonta y mientras me iba hacia el control, giré la cabeza por última vez y seguí caminando mientras pensaba que antes o después iba a estar otra vez de fiesta con ellas, así que me contuve.

Para cuando ya estaba sonriendo, primer control. Fuera zapatillas (anduve lista y no me puse botas, que sino eso hubiera sido un espectáculo), fuera portátil de su funda, mochila, bolso, cinturón, abrigo y primer arquito. No pito. Continuamos. Cinco pasos. Control de aduana. Pasaporte, mirada a la foto, mirada a mi persona, cara de extrañeza del agente (es lo que tiene tener una foto de cuando tenía 18 años tras un día de fiesta, que no parezco yo; por eso creo que lo de la foto es una chorrada, poca gente se parece a su foto del pasaporte). Buen viaje, señorita. "Eso espero", pensé. Y seguí caminando hasta mi puerta.

Pero no, había otro control sorpresa. Registro del equipaje de mano y cacheo... Que aquí otra petición: "Señores de Barajas, estamos en el siglo XXI, el número de señoras-señoritas que viajamos en un poquito inferior al de señores-señoritos, por favor, no pongan a cachear a 6 hombres y 3 mujeres porque la fila de mujeres de repente es como la del baño de una discoteca mientras los hombres pasan sin esperar. Gracias".

Y aunque yo dije que me daba igual que me cacheara un hombre porque no llegaba al embarque, no me dejaron, y subí la cabeza y vi que estaba hablando a la señora del lazo de seda amargada, entendí la negativa y me puse a esperar (esa vieja me seguía, solo me faltaba encontrármela en inmigración en USA...). Me sobaron de arriba abajo, de abajo arriba, y pasé al registro. Mi mochila de mano es como el baúl de los recuerdos, ahí entra todo lo que me voy dejando de última hora. Intenté hablar un poco en plan "anda que no te tienes que reír con lo que lleva la gente...". Pero me tocó una tipa que estaba un poco descontenta con el sistema y me empezó a decir que esto era una vergüenza, un atentado contra la intimidad de los pasajeros, que podía llevar una bomba si quisiera porque con el registro que me estaba haciendo no iba a ver nada y que el libro que llevaba estaba muy bueno (Un arco iris en la noche). ¡Joder!, pensé.

Y embarqué. Nueve horas para dormir, esta vez sí, hasta New York.

Welcome to United States. Control de inmigración. Yo, mi pasaporte sin alterar, mi visa, mi sueño y mi I20 pasando la aduana. Inglés más olvidado que mi quinto apellido. ¿Hasta cuándo se queda?, ¿nombre de su centro de estudios?, ¿dirección?, ¿qué estudia?... Y cuando el tipo que hablaba español mejor que yo vio que no me enteraba de nada empezó a hablarme en mi idioma y ya le dije: "Como ves mínimo hasta mayo, que aún me queda por aprender". Se rio (menos mal), huellas, foto, sello y al registro de maletas.

Como ya conté una vez, en el momento de la cinta del equipaje es mejor que nadie me hable hasta que tenga las dos conmigo. Una salió la primera, en la vida me había pasado. La segunda tardó mucho. Salió el equipaje de todo el mundo, las cajas de un equipo de rescate que iba a Haiti, las cajas de los perros, y ya en la última tanda mi maleta roja. Escáner de las dos ¿Lleva usted comida?, ¿cerdo?, ¿bebida?, ¿algún elemento extraño? ¡Señoraaaaaaaaaaa, deje de joder que me he venido sin jamón por su culpa! ¡Lo más de contrabando que llevo son diez cremas del Mercadona!

Vuelvo a facturar mis maletas y voy hacía mi puerta. CONTROL. ¡Ya! ¡Me aburro! Un millón de personas, me meto en la fila de First Class que va más rápido, a mitad me arrepiento porque seguro que me montan un pollo, me voy a Economy Class, espero, espero, espero y otra vez: zapatillas fuera, bolso, cinturón, laptop fuera, abrigo, mochila, y por petición del segurata, bufanda fuera. No pito. No sigo, cacheo aleatorio. Viene la negra tremenda, me soba, me vuelve a sobar. Me voy, y me voy vistiendo por el camino hasta mi puerta, llego a la 107, Barcelona -hombre, me quiero ir a España, pero no tan pronto- , miro la pantalla, cambio de puerta a la 81, (en la concha de la lora la puerta 81) y llego 30 minutos antes del embarque, me como un yogur con cereales y me siento a esperar. 60 minutos después estaba llegando a DC. Y tuve recibimiento sorpresa que hizo que no empezara a llorar de la depre y no cogiera otro vuelo a España. Gracias.

Welcome back.

viernes, 20 de noviembre de 2009

¡Maldito Starbucks!

Y sí, no me gustaba mucho el café, ni la cerveza, ni el vino, ni el vinagre... Pero hay que explorar las copas de otro país para darse cuenta de que mejor ampliar la carta de gustos en las bebidas.

Y odio Starbucks. Porque es caro, son lentos, los cafés son grandes (pero yo sigo yendo) y todas las veces que voy me abraso la lengua.

Y sí, hoy también me la he quemado. Así que tengo la lenguita como el paladar aquella vez que me quemé con pizza del Telepizza en Pamplona, golosita... ¡Y duele!

jueves, 19 de noviembre de 2009

El amor...



De esta guisa me he encontrado el lobby de la casa de mis niñas... Lleno de corazoncitos rosas y rojos haciendo un caminito hasta el ascensor y hasta donde fuera. Como yo soy una cotilla y mis niñas más, hoy nos la hemos pasado yendo del 2 (aquí el primer piso no existe como en España, el primero es la planta baja, el segundo es primero, el tercero es el segundo...vamos que hay que sumarle uno a los nuestros) hasta el sexto donde seguía el caminito del amor pero ahí además acompañado de pétalos de rosas.

"Maybe somebody is in love", ha dicho una de las sabias. "O se van a casar", ha dicho la sabia número dos. Y yo estaba entre muerta de risa porque las niñas estaban emocionadísimas con la hilera del amor y sorprendida de que alguien haga eso por otro alguien.

A mí mariconadas tipo San Valentín nunca me han gustado, pero he de reconocer que si me las hacen a mí ya me gustan más. Regalarme una simple flor cuando me veáis y véis mmi cara de felicidad. Vamos que hoy aunque me ha hecho gracia el asunto del camino del amor (tipo siga el camino de baldosas amarillas de El Mago de Oz pero en versión love) lo que me estaba muriendo es de la envidia por la tipa que iba a seguir ese caminito y había tenido a otro tipo poniendo corazoncito por el edificio toda la tarde -que en las próximas semanas investigaré quién es porque sé dónde vive.

Que sí, que qué bonito es el amor ¡coño! (y no continuéis con lo de "más que nunca en primavera" que no sé quién fue el tontalba que lo escribió porque un novio se necesita mucho más en otoño cuando empieza el frío para no salir mucho).

Pero no he podido saber nada más de si era una petición de matrimonio, un aniversario o un simple te quiero de forma original, porque para cuando la más pequeña estaba robando los pétalos de rosas nos hemos dado cuenta de que nos habíamos dejado a la tercera en casa sola...

jueves, 29 de octubre de 2009

Feliz Halloween!!!


Es lo que tiene vivir en otro país, que además de seguir celebrando como se pueda tus fiestas, también hay que celebrar las propias. Y este fin de semana vamos con la gringada padre: Halloween.

Que a mí no me puede hacer más ilusión. Años viendo series y películas yanquis dobladas al castellano (con su ¿truco o trato? y no Trick or Treat), viendo en Gónlez disfraces en pleno octubre (para no sé quién porque en Logroño se disfrazaban cuatro colgados) y obteniendo regalitos naranjas de Bombay o JB en los bares, para que por fin vaya a celebrarlo como es; disfrazada, en USA y de fiesta en fiesta.

Porque má allá del significado de miedo, espiritual y movidas varias relacionadas con lo exotérico, yo ni pienso hacer espiritismo, ni voy a ir al cementerio ni nada por el estilo. Yo lo que pretendo es reírme y pasármelo bien. Y calculo que como yo, el resto del personal que anda por aquí independientemente de la nacionalidad de su pasaporte. Esto igual estaría bien mandárselo en una carta a la Conferencia Episcopal para que deje de dar lamurga, porque esta vez si que ya han rizado el rizo con la cartita...

No es para tanto en cuanto a significado. Como todo, los gringos lo celebran a lo grande y no dejade ser una fiesta más. Los súper tienen calabazas más grandes que mi cabeza (muy grandes) desde hace semanas, los CVS tienen bolsas de caramelos y herramientas para hacer tu calabaza, las tiendas están decoradas acorde a la fecha, los bares más de lo mismo y los niños (especialmente mis niñas que llevan una semana nerviosas y disfrazándose todos los días de mosqueteras) preparan sus disfraces para los desfiles en el colegio y para disfrutar el sábado del mayor atracón de caramelos del año.

Y siempre hay lo extremo. El otro día vi en el Bed, Bath and Beyond (como la planta 8 del Corte Inglés, Hogar) unas sábanas con calabazas (digo yo que para todo el mes, por lo menos, porque encima eran caras), en el mall se abren tiendas de disfraces solo durante un par de meses y en Target (como el Alcampo) hay servilletas, virutas para tartas y galletas con forma de calabaza y fantasma.

Así que Feliz Halloween a todos, que de aquí a unos años estoy segura que celebraré en ESpaña como si fuera carnaval. Yo ya tengo mi disfraz (doy miedito...) y la fiesta. Porque como bien dice Nacho Uría (que también vive aquí), Halloween es un carnaval de otoño, una excusa más para salir de fiesta y gastar dinero. Aaaaamén.

martes, 13 de octubre de 2009

News, news

Después de seis días sin conexión a internet además de confirmar lo que ya sabíamos, me he dado cuenta de que no me entero de qué pasa por el mundo si no tengo mi ordenador en línea. Y esta semana la cosita ha dado para mucho, por petición popular me voy a pronunciar en ambos temas.

Primero, primerísimo, recuerdo a los españoles (que más el 85% se olvidó el domingo pasado) que nos dejaron segundos en la selección de ser la ciudad olímpica para los Juegos de 2016. A mí la verdad es que me dio pena porque conocía a un par del departamento de comunicación y lo más seguro es que se hayan ido al INEM un ratito, pero por lo demás.... Vamos a ver. Estamos hasta arriba de deudas, la colita del paro no deja de crecer, por lo que puedo leer no vamos a levantar cabeza hasta el año que viene finales y ¿queremos ser ciudad olímpica?

Barcelona 92 es algo que no se va a repetir, fue un año grande, Expo de Sevilla, España en la cumbre, sol y fiesta. Gracias a Cobi y a Curro nos lavamos la carita y nos convertimos en país de moda. Pero eso pasa una vez. UNA. No ochocientas. Y quedan tantos años de vida para ser sede olímpica como gente desempleada, así que señores, otra vez será, no pasa nada. Mil aplausos para los que trabajaron allí porque de verdad los videos, la campaña en Facebook, Tuenti y mil sitios y todo fue ejemplar. Y una palmadita para los políticos, que todo no se puede... Y mis más sincero pésame para los pobres madrileños que les ha salido la candidatura por un ojo de la cara

Segunda de la semana. Mi querido Barack, el cual vive a quince cuadras de mi humilde hogar en una casa no tan grande como pensáis, premio Nobel de la Paz. Bien. Os voy informando que a mí el próximo año me van a dar el Pulitzer por mi visión sobre un posible cambio en el Periodismo de aquí a ocho años. Porque después de todo le han dado un premio por lo que aún no ha hecho, ni en los próximos diez meses va a hacer. Bien para el jurado, ahora damos premios adelantados.

A mí me gusta bastante Obama. Me gusta como habla, el que le escribe los discursos es mi dios y el chico le pone ganas. Pero hacer, hacer, no ha hecho nada (videito del verdadero Saturday Night Live para comprobarlo) y mucho menos había hecho en febrero cuando le nominaron. Los premios que yo sepa, y en mi pueblo, se dan a posteriori, cuando haces algo muy bien, no cuando dices que vas a hacerlo por eso estoy totalmente en desacuerdo con el premio. No voy a comentar más, sorry para el que esperaba más caña.

Porque me la guardo para el miércoles ya que mañana martes viene mi qeurido presidente a visitar a mi otro presidente en la choza blanca. Y a ver qué sale por aquí, quién sabe quién es el presi (para empezar le llaman Primer Ministro de España, con lo cual vamos mal) y qué pasa. Que seguro que le criticaremos al pobre la corbatita que lleve o algo de las cejas. Que total está visto que es lo que nos interesa a los españoles.

martes, 15 de septiembre de 2009

Como gorilas


No sé qué tiene el deporte pero da igual el país dónde se esté, todos los hombres o la mayoría, lo adoran. Y aquí no son menos. Y en mi casa que vivo con tres no iba a tener la fortuna de tocarme las excepciones así que viernes, sábado, domingo, lunes y algún jueves en mi tele se ve football (no confundirse con nuestro fútbol que eso aquí es soccer, aquí el football es ¡rugby!- o algos imilar después de recibir varias puntualizacíones).

Me imagino una España con cuatro días a la semana con Liga y puedo ver tres cosas: más mujeres yendo de compras cuatro días a la semana, más hombres gordos por la cerveza, pizza o sándwich que normalmente acompañan un partido, y más retrasos en el trabajo porque “el partido ayer acabo tarde”. Aunque habría más hombres con mejores amigos y más copas, pero no sé si nos compensa…

Pero aquí entre la liga universitaria, la primera, equipos de la costa Oeste, de la Este y de la Luna, hay partidos cuatro días, durante cuatro horas cada uno (es lo que tiene la diferencia horaria entre las costas, que para cuando acaba uno en el Este empieza otro en el Oeste). Así que son una media de 16 horas a la semana (lo mínimo es ver uno por día) viendo a veintidós orangutanes intentando llevar una pelota con forma de huevo lo más lejos posible mientras el bandoorangután contrario te puede dar hasta en el carné de identidad para que no pases las líneas que marcan las yardas. Esto es el resumen, que junto con un par de reglas más sobre posiciones y penales es más que suficiente para enterarse de algo.

Y yo que estoy de nueva en esta casa le estoy poniendo empeño y ganas por la integración con los machos. Pero no entiendo muchas cosas de este juego. Para empezar por qué el balón tiene forma ovalada y lo siguen llamando balón. Yo creo que algo que no se puede botar no se puede llamar balón, en todo caso es un huevo y punto. Tampoco entiendo por qué hay tíos que se están sus 14-18 primeros años de vida convirtiéndose en un gorila para dedicarse luego a chocar y placar a los del equipo contrario. Esto no lo sé seguro pero calculo que la media es medir entre 1.80 y 2.20 y pesar lo mismo en kilos, unos 180-200 kilos y todo fibra.
Mucho menos cabe en mi cabeza que 80.000 personas aguanten cuatro horas en el estadio viendo esto. Pero después de ir al baloncesto y al béisbol en este país me he dado cuenta de que no es tan difícil. Ir a un estadio a ver soccer, football o ballet significa tres cosas: gritar, disfrutar de los descansos con el marcador y beber y comer como si la vida fuera en ello y nunca más fueras a salir de ese recinto (todo por el módico precio de 9 dólares cada perrito, y unos 10 cada cerveza y 7 la Coca por si vas con niños, eso sí, de litro mínimo).

Luego, no hay banquillo, los reservas gritan y corren y se mueven como si estuvieran en la misma cancha y los entrenadores no gritan ni levantan los brazos como Camacho (por cierto, ¿Camacho sabrá que desde el Mundial cuando alguien suda mucho se le dice Camacho?) tienen unos sofisticados micrófonos y auriculares para dar instrucciones (hay 80.000 gritando como locos, lo veo comprensible).

Tampoco hay un árbitro para que la afición se cague en su madre cuando lo hace mal. Hay varios, y no van de negro con lo cual nuestros cánticos “hoy vas de negro, mañana tu familia” no nos sirven. Y uno, que será el jefe, tiene un micro para que diga las decisiones que se oyen por la megafonía del estadio (o sea, que Rocky –para los que no sois de Logroño, el tipo que dice por el altavoz los cambios y los goles- en USA no tiene nada que hacer).

También raro mi tema preferido: el atuendo. Las camisetas y los pantalones piratas son mallas, bien pegaditos para marcar cada uno de los más de 200 músculos que hay en un cuerpo humano y tres cuartas partes de la población no sabemos ni que existen. Zapatillas con tacos pero como deportivas, y protectores para todo. Para la cabeza, para el tórax, para los dientes, para los muslos. Vamos que salvo la espinilla todo queda más o menos protegido. ¡Ah! ¡ Lo mejor! Se maquillan unas estupendas líneas negras bajo los ojos para no sé para qué aún porque me parece una pregunta un poco femenina para mis maestros.

Y aquí no hay goles para celebrar, aquí se celebran jugadas. Y no se quitan la camiseta y les sacan tarjeta amarilla por exhibicionista (necesitarían dos horas para hacerlo). Aquí las celebraciones son, con perdón, pero es así, a ostia limpia. Si lo haces bien los de tu equipo te pegan en el casco un bofetón, o te dan en el brazo un puñetazo, o saltan contigo y chocas pechito u hombro (recuerdo, 150 kilos de fibra). Yo no sé si preferiría no hacer nada bien para no recibir, nunca lo sabré…

Por lo tanto creo que ya sé por qué no tiene el rugby éxito en España. Primero porque si ya de por sí somos brutos el hecho de que nos dejen pegar legalmente al contrario supondría tener un banquillo de 45 personas para que mientras unos se recuperan de las roturas otros jueguen (si nos ponemos a dar, damos hasta romper, a medias nada). Segundo, no somos pacientes, estar venga a parar el juego y vuelta a ponerse en posición hace que los partidos sean eternos y no aguantaríamos (además de que no dan alcohol ni se puede fumar en los estadios, así que más de la mitad estarían fuera echando un piti). Y tercero porque aquí no se puede gritar “A por ellos” porque ellos solitos ya van.

Así que mientras busco de qué equipo me hago hasta el momento es lo que hay en mi salón cuatro días a la semana: tres tíos viendo rugby, bebiendo cerveza si es sábado o domingo, y gritando como locos ”Let’s go” cada dos minutos.

Conclusión, que, salvando las distancias, una se siente como en casa.

viernes, 11 de septiembre de 2009

They'll never forget


Hace ocho años el día antes a empezar 4º de ESO estaba en el sofá del salón de mi casa viendo a Matías Prats cuando vi que las Torres Gemelas se estaban quemando. Y la media hora vi como un avión se estrellaba contra la segunda. Y al poco vi que se caía una y luego otra, y yo no entendía como Matías no gritaba y mantenía la calma.

Ese día no entendía muy bien qué pasaba pero estuve horas delante de la televisión con mi madre y cada pocos minutos se me ponía la piel de gallina: polvo, gente que se tiraba por la ventana, cada vez una estimación de muertos mayor... Y desde ese día todo lo relacionado con el 11S me empaña los ojos.

Y esto me ha sucedido cada 11S cuando se recordaban una y otra vez las imágines, en la Universidad cuando he tenido que estudiar la cobertura informativa o el impacto internacional del ataque y lo que suponía para los americanos y la historia mundial. Y, mucho más, cada una de las cuatro veces que he visitado Nueva York este último año cuando me acercaba al enorme solar que esas torres dejaron y ves que ahí no se ha levantado apenas un piso en donde había 410 metros.

Todo el mundo recordamos dónde estábamos, con quién y qué hacíamos ese día a las 3 de la tarde en España. Pero por suerte o desgracia apenas habrá gente que recuerde el número de víctimas exacto, de dónde procedían los aviones que se estrellaron contra las torres o que no solo fue un atentado en New York contra el World Trade Center, sino que hubo uno contra el Pentagono otro cerca de Pittsburg y previstos tenían otros contra el Capitolio y la residencia de verano del Presidente.

Hoy después de ocho años voy a pasar el 11 de septiembre en Estados Unidos. Y aquí no se han olvidado de nada. De nada. Desde el lunes en muchos edificios de oficinas y en apartamentos hay banderas de USA colgadas, actos en recuerdos a las víctimas y en los colegios no están permitiendo que los jóvenes, que eran niños o ni habían nacido cuando todo sucedió, olviden, porque tienen un libro para ello.

Y durante esta semana cada vez que he mirado hacia arriba y he visto esas banderas me acordaba de mi sofá, de mi tele, de Matías y de la gente saltando por la ventana o corriendo por Manhattan. Y aunque han pasado 8 años y ahora entiendo todo no puedo evitar que se me siga poniendo la carne de gallina. O empañando los ojos. Y hoy en Washington creo que me va a ser difícil evitarlo.

martes, 8 de septiembre de 2009

Spanglish de España


Tras seis meses en este nuevo continente me he dado cuenta de muchas cosas, pero principalmente de dos: que como en España no se vive en ningún sitio, y como en España no se habla peor inglés en ningún sitio. Porque tendremos toros, paella, siesta, horario partido, fiesta y sangría. Pero hablamos inglés como nos sale de donde nos sale. De muy abajo...

Yo era feliz diciendo guifi, al WI-FI, i-ce-bergggg al iceberg (léase "aisberg" éste último) y Giorgetown a Georgetown (de hecho esto lo sigo diciendo mal porque es tannnnn complicado de cambiar...). Pero he llegado aquí y, por si fuera poca mi verguenza a la hora de hablar inglés, tengo a grandes amigos que se cagan de risa cada vez que digo como se dicen las cosas en España.

Y ya no solo decimos mal lo que queremos decir en inglés para ser más interesantes. Es que traducimos todo como nos sale de las narices. Lo que para mí es Bola de Dragón con Goku y compañía para el resto de la humanidad es Dragon Ball, lo que para nosotros es Sexo en Nueva Yorkkkkk para el resto del planeta es Sex in the City, y coño, Sonrisas y Lágrimas es The Sound of Music. Aaaaaaahhhhhhhhh!!!!! En la Península vivimos en un mundo aparte ¿o qué? Yo me siento engañada ahora mismo.

Igual que por ver las series y las películas dobladas al castellano no tenemos ni idea de cómo son las voces de los actores en realidad, y la verdad es que después de acostumbrarme, se pierde la mitad de la gracia ver las cosas traducidas... (Imaginaros a Torrente traducido al inglés, ¿qué diría? o a Penélope en Volver... ¡Un desastre!).

La verdad es que era feliz diciendo las cosas como se dicen en España, porque me limitaba a leer y poner un poco de acentillo. E intento explicar que somos así, orgullosos (y vagos) por naturaleza y si algo quiere entrar en nuestro preciado diccionario de la RAE que lo haga a la española, si no, ¡fuera! También intento explicar aquí que no sólo dicen las cosas mal quienes no hablan inglés, sino que hasta el que es bilingue tiene que decirlo mal, porque si no pueden pasar dos cosas:

1. Que no le entiendan, como le pasó a un amigo mío en Barajas cuando preguntó por el Wuafai y no por el guifi, que le dijeron que no había...
2. Que se convierta en el más pedante y lerdo de una reunión por hacerse el listo y pronunciar las palabras bien.

Y bien por tradición, por lerdos o porque tenemos un arraigo con el español muy fuerte, el caso es que hables como hables inglés siempre te vas a encontrar con alguien que te salte "Where are you from?" por el acento (a mí, por su puesto, todos los santos días, pero es lo que hay...).

Así que voy a comentaros que hay sólo tres palabras que decimos bien en inglés. iPod (leído "aipod" - aunque aquí mis latinos pensaban que deciamos iiiipozzz tal cual- de hecho hay gente que lo hace, yo lo he oído en Pamplona), sandwich (cuando se trata de comer somos capaces de hablar chino, aunque ya he dejado claro que donde esté un emparedado que se quite un sandwich) y Gintonic (no necesita explicación).

Porque Coca cola es "Couq", Coca Cola Light es "daiet couq" y Gatorade es "gaytore". White Label (l-a-b-e-l) es "wuait leibo", iceberg es "aisberg", Nueva York es "niu york" y, muy importante, porque aquí como te chocas con cien personas al día es una de las más empleadas y por la que siempre dejamos ver el español que llevamos dentro, sorry (lo siento) no se dice sorrrrrrrrry, se dice "sory".

Así que al resto de la humanidad decirles sorryyyy pero es que en el coelgio nos han enseñado English-English de Gran Bretaña, de ahí las confusiones... No por tarugos.

viernes, 28 de agosto de 2009

Mmmmmmmm



Ahora que todo el mundo está volviendo al trabajo tras las vacaciones mi bandeja de entrada del mail ha vuelto a estar completa, pero esta semana un mail se ha llevado el premio. Uno de mi tía Pitu con varias fotos como las de arriba adjuntas para que no me olvide de su comida. Y no lo hago, lo juro.

Aquí no se come como en España, y los méxicanos dirán que no se come como en México y los chinos que el arroz de aquí está soso; cada uno con lo suyo. Pero aunque tampoco me alimento de los clásicos hamburguesas, mantequilla de cachuete y ketchup (me sigue sin gustar), aquí la gente come muy diferente. Y están gordos porque comen, nada de metabolismo distinto.

Los americanos son los reyes de las salsas. Nada comen simplemente cocinado, todo lleva un acompañamiento. Salsas de tomate, picantes o sin picar, siropes de cualquier sabor, mantecas, pimientas, quesos en sus mil variedades, vinagres y derivados de aceite (el de oliva para ellos es el más raro...). De hecho en los restaurantes debajo de la comida suele haber una larga lista de salsas para elegir cuál quieres.

Tampoco saben beber agua o beben muy poca. Cocacola, Snapple, zumos desde naranja a uva pasando por mango y frutas tropicales, bebidas energéticas, cafés de litro y medio (el tamaño de un café pequeño en cualquier cafetería equivale a dos y medio de los cafés que tomamos en España), batidos, Sprite, té negro, rojo, azul, amarillo y verde...

Comen a todas horas. Tienen un horario distinto al nuestro. Desayunan, comen entre las 12 y la 1, cenan a las 6 y no saben lo que es una almuerzo a las 11 ni una merienda a las 6.30. Pero a pesar de eso y que en teoría se van más ligeritos a la cama, comen a todas horas. Por eso hay millones de cosas en bolsitas individuales: galletitas, barritas, granolas, fruta partida en vasos, frutos secos, patatas...

Además todo lo tienen a lo grande. En un súper normal hay yogures de litro, mantequillas de medio kilo, galones de helado, leche en garrafas, latas por docenas, espinacas tamaño familiar, patatas tamaño extra... Y entonces la pregunta es, ¿cómo es su Punto Cash? Pues aquí se llama Costco y yo estuve una vez hace un mes. Entonces ahí los huevos van de 24 en 24, las Nutellas de dos en dos, los zumos de 32 en 32, y un paquete de papel higiénico es como una casa de muñecas a tamaño natural, impresionante.

Y como con esto no es suficiente, no conocen el jamón serrano y comen proscuito, cocinan con aceite vegetal o mantequilla, nada de aceite de oliva, sus barras de pan duran 4 días blandas (pero en el plastiquito juran que es sin conservantes) y la panceta tiene aún más grasa y la convierten en bacon. Y aunque tener tienen de todo en el súper (aunque muy muy muy muy caro todo) no comen en casa apenas. Así que el McDonalds, Subway, Cosí, Chop't, Domino's Pizza, Potbelly y derivados de comida para llevar de todas la nacionalidad existentes hasta llegar a quinientos diferentes, están siempre llenos de gente.

Así que por todo esto hay muchos gordos y gordas, que no rellenitas o rellenitos. Aquí son gordos de verdad, de los que no pueden andar sin ayuda de un bastón o una motito, de los que ocupan dos asientos en el metro.

Y aunque coma mejor que ellos y la ensalada sea la base de mi alimentación ya me he echado p'al cuerpo algún que otro kilito que desaparecerá antes de volver a casa. Pero en cuanto vuelva los recuperaré, porque pienso estar todas las navidades comiendo pan, jamón, chorizo y bebiendo agua del grifo. Para los de Logroño, de la canilla.

martes, 11 de agosto de 2009

Sin eventos



La misma semana que me puse enferma estaba ayudando en un seminario en la Facultad (Graduated School of Political Management) donde tuve la suerte de desembarcar cuando llegué con los del Máster de Navarra. Era mi segundo seminario, primero ayudando y a mitad de camino les dejé tirados; pero fueron causas mayores...

El mismo sábado tenía un concierto. Paul McCartney. Siempre he sido bastante paleta en el tema música. Es decir, en mi casa se ha escuchado de todo y bastante, de hecho el radiocasette (con CD pero viejo, viejo) es parte del mobiliario del baño como lo son las toallas. Y de todo: desde Nino Bravo y Ana Belén y Victor Manuel con mis padres, Alejandro Sanz y Hombres G con mis hermanas, y Coldplay y The Killers con mi hermano. Y yo soy una indefinida de la vida.

Pero... tuve la suerte de ver a Paul en directo, en Washington, y verlo de cerca. Entonces también me di cuenta que ser de una ciudad pequeña favorece que sea una lelamusical, porque a Logroño vienen las bandas españolas y punto y pelota. En la vida pisará La Ribera Paul McCarntney ni Madona. Pero este es otro tema.

Me gustó, mucho, aunque tampoco lo disfruté del todo porque estaba medio mala aún. Muchas canciones me hicieron recordar a mis padres y otras a mil cosas más, pero el viejo está en plena forma como en sus mejores tiempos.

Para solucionar mi subnormalidad con el arte musical el sábado fui a otro, en Virginia. Dave Matthews Band. A estos hasta pisar USA ni los conocía, pero en casa los escuchan bastante y a mí hasta me gustan. Me lo pasé bien, ya estaba del todo recuperada y pude hacer más el mono, y ahora solo canturreo una canción desde el sábado.

Y en este, al margen de la banda, vi lo que es la vida gringa por excelencia. Los americanos no van a un concierto solo. Ellos van a las 3 de la tarde con el coche, abren el capó y de ahí sacan de todo: mesa, hornillo, comida para un regimiento, bebida a tope, juegos para no aburrirse, hamacas... Y así hasta la hora del concierto, que más que ir a un estadio o un pabellón parece que vas a un camping con artistas invitados. Así son ellos.

Y como no hay dos sin tres, ayer regresé al mismo estadio en el que vi a Paul McCartney para ver al Real Madrid. Al margen de que el estadio está a tomar viento y que ayer fue el día de más calor de todo el verano (con el correspondiente agobio que eso supone) y las cuatro maris que fuimos a ver a las estrellas estábamos sentadas en lo más alto de la más alta torre, me sentí como en casa.

Lo cierto es que más de la mitad del estadio iba de blanco y era de El Salvador. Pero también había mucho español, y oír gritar Olé! a cada pase que daban me hizo sentir como todos los domingos desde que tengo uso de razón. Luego iba a comprar algo y no había ambigú, había una cadena de comida rápida y volvía a poner los pies en dónde estoy, pero me lo pasé bien.

Así que creo que lo mío eran los deportes (verlos, digo) y no la música. Pero voy aprendiendo, como el inglés, poco a poco.

miércoles, 22 de julio de 2009

Un poco raro...


Van pasando los meses desde que me fui abrigada hasta las orejas y con mil maletas para cruzar el charco. Y aunque tengo mis días buenos y malos, y mil cosas en esta cabecita, la verdad es que estoy bastante bien. He tenido mucha suerte en el tema amigos, college y vida, y poca en el tema casa. Pero todo no se puede tener. Y aunque poco a poco me vaya sintiendo más cómoda con el inglés estos gringos no van a gustarme 100 por 100 nunca, aunque me case con uno (que no va a ser).

Porque tienen un carácter diferente, una forma distinta de vida, un pensamiento un tanto raro. Y porque aquí, por mucho que esto sea el país de las oportunidades y de los sueños, la libertad y de la Coca cola, hay cosas que nunca, nunca, nunca encontraré. Y nunca, nunca, nunca llegaré a entender.

1. En América nunca podré tomar un Bombay con limón porque no hay Kas ni Fanta limón. Creo que es una bebida que solo tiene éxito en España y así les va a ellos, que solo beben cerveza y luego tienen la barriga cual Homer.

2. Es imposible encontrar una fregona. Cuando se te cae un vaso, se inunda un poco el baño o la lías con algún líquido quedan dos posibilidades: a. que la moqueta lo absorba y luego limpiarla. b. esperar a que se seque y pasar la mopita húmeda que sí usan, que limpia, pero no absorbe.

3. No hay casa sin moqueta. Está bien porque resta frío, pero hay pelusas por todos los lados (por no hablar del primer mes y la sobrecarga de electricidad que llena tu cuerpo y encrespa el pelo). Además si se cae algo en la alfombra, ¡adiós!, aunque por eso inventaron un producto mágico que quita cualquier cosa.

4. Es el único país donde por la calle puedes ver pajaritas y camisas hawaianas sin necesidad de ser Carnavales o estar de boda.

5. Es el único país donde ves marineros, marines, soldados y pilotos por el metro sin necesidad de que sea Carnaval o estar de despedida de soltero.

6. No importa cuan lejos estés, hay un Starbucks y un CVS en cada manzana. En los que no hay uno de estos dos hay un McDonalds (lleno hasta la bandera desde las 8am) o cualquier otro restaurante de comida rápida.

7. Cobran por mandar mensajes de texto, obvio, pero también por recibirlos. Así que recibir un sms que pone OK son 20 centavos y 20 más 20 más 20 son... no quiero ni sumarlos.

8. Es la zona con más iPhones y Blackberry por metro cuadrado. En un vagón de metro con 120 personas 75 tienen uno de los dos y no dejan de usarlo.

9. Nunca podré saber qué temperatura hay porque no hay termómetros en la calle (además de que sigo sin saber la equivalencia con los grados exactamente). La razón es que no los necesitan, tienen un iPhone o la Blackberry para mirarlo cuando les da en gana.

10. Serán los más avanzados del mundo pero no tienen vitrocerámica, siguen con el gas, no tienen campana en la cocina, así que olorcito durante un rato y humo durante media hora, ni tienen un inodoro con menos de 20 litros de agua de base (este es un tema un tanto escatológico que no quiero tratar).

11. Nadie, salvo que sea latino o español, saluda en el ascensor. Y a mí me aprece bien porque hablar del tiempo es lo que más podía odiar cuando estaba es España, pero una cosa es no establecer una conversación y otra es ser un maleducado y no dar los buenos días!

Y la última y no por eso la menos importante... No encontraré un bar abierto después de las 2.30 de la mañana. Así que los fines de semana a casita con el recado...

domingo, 5 de julio de 2009

4th July VS San Fermín


Hoy he pasado mi primer 4th July in América. Ese día en el que por todos los rincones hay algo con la banderita americana: sevilletas, gorros, camisetas, pulseras, gafas, murales, tiras, sillas, escarapelas (palabro que me enseñó mi madre hace un tiempo y que nunca había tenido oportunidad de usar); fuegos artificiales increíbles, un desfile que supera al del Cherry Blossom, gente, más gente, más gente aún...

Contra todo pronóstico fui invitada a dos fiestas, una en mitad de la nada y otra en uno de los edificios con mejores vistas de DC. Como no podía elegir, primero una y luego otra, pero resultó que en mitad de la nada sin coche es difícil salir, así que me quedé sin la segunda, y sin fuegos.

Pero he tenido un 4th July muy cool. Mucha gente con la que practicar inglés, una casa increíble, barbacoa, comida y bebida para un regimiento, música y fuegos artificiales propios. Me lo he pasado bomba. Peeeeeeeeeeeeeeeeero, en días como hoy es cuando me doy cuenta que soy muy española, y que como en casa, las fiestas, en ningún sitio.

Nosotros una vez que nos ponemos de fiesta nos ponemos en condiciones. San Fermín, una semana, San Mateo, una semana, San Isidro, una semana, Feria de Abril, una semana, más dos semanas de Rocío, otra semana de recuperación (así son los andaluces ellos). Y aquí con un día les basta. Un día completo eso sí, que para las 10 de la mañana no queda ni un alma en casa, todos viendo el desfile de marras.

Así que no tienen chupinazo. No tienen momento de "¡Viva Estados Unidos!, ¡Viva América!" en el Mall, ni 100.000 personas tirándose mierda encima, ni charanga, ni pañuelico rojo, ni nada. Aquí cada uno a su bola, empieza cuando quiere, termina cuando le da la gana y todos tan contentos en el día de la patria y la independencia.

Tampoco saben lo que es la fiesta de día y de noche. Las barbacoas arrancan a las 4 de la tarde y terminan antes de las 3 (y eso porque es fiesta, que si no a la 1am pliegan el chiringuito), así que no saben lo que es salir con la mierdita del chupinazo encima, volver a casa, enfundarse de nuevo el uniforme de guerra y salir hasta que salga el sol y empiece el encierro.

No tienen bocadillos de lomo en mitad de la borrachera, ni kalimotxo en botella de plástico, ni baños públicos portátiles, ni bares a 50ºC con 200 personas sudadas bailando Makoki, ni calles llenas de gente que bebe lo que le echen, ni negros vendiendo unos gorros de flores fosforitas horribles (a ver qué es lo más vendido este año), ni moros vendiendo rosas plástico, ni chinos vendiendo cualquier producto luminoso y/o eléctrico cuanto más rídiculo mejor, ni guiris vendiendo de todo en la puerta de las barracas (que no feria).

Ellos felices con su desfile de dos horas a pleno sol, su feria de gastronomía en el Mall, su barbacoita en casa y cuatrocientos fuegos artificiales en el Mall (espectaculares, eso sí).

Así que, de momento, me quedo con lo español. Especialmente con esa gran fiesta llamada San Fermín que arranca mañana y me voy a perder por primera vez en cinco años. Pero no me quiero rendir tan pronto, así que, aunque Spain 1- USA 0 en mi partido, les voy a dar otras dos oportunidades a los gringos: Halloween y Acción de Gracias. Pero, visto lo visto, miedito.


Para los que estáis por allá... ¡Viva San Fermín! (nunca pensé que lo iba a echar tanto de menos).