
Parece que esto se va a convertir en un blog de viajes, pero no es mi intención. Sólo que viajar en avión últimamente es como irse al Sáhara sin agua, una odisea, que puede ser divertida o tocarte las pelotas, y a mí al principio me parecío lo primero, pero ya en New York pasó a ser la segunda...
Tres días antes de irme, y ver que seguía nevando sin parar, me entró la morriña. Un mes en casa da para mucho y las ganas de volver a Washington, donde me contaban hacía un frío de morirse, eran más bien nulas. Pero tenía que irme. Y me fui, claro.
El miércoles tenía que estar a las 9am en Barajas para facturar, y para evitar sustos me fui el día anterior a Madrid. Como Renfe tiene a Logroño como si fuera Teruel (señores de Renfe, la gente de Logroño también viaja por la tarde) sólo me quedaba ir en autobús. Y yo, desde que he pasado media carrera subida en La Estellesa, odio el bus: el olor, su incomodidad, al chófer, al de al lado y al dueño de la compañía. Así que, entre la despedida ñoña que le dediqué a mis padres, que hacía frío y que tenía cuatro horas hasta Madrid, me dediqué a llorar cual magdalena hasta bien pasado Burgos, y el resto durmiendo un poco y recibiendo algunas llamadas que me levantaron el ánimo bastante.
En Madrid pasé la noche con Marta. Y entre ella, Laura, Carmen, María e Iñigo, hicieron que se me olvidara que me iba y la pena que traía. Mil gracias por el madrugón chicas, a la vuelta os pago el haberme llevado a Barajas y haber hecho la cola conmigo.
Porque aunque me habían avisado de que la cosa iba para largo por los controles, aquello no era ni medio normal. Llegué con dos horas de antelación y en el mostrador había una fila de unas cien personas. Como estaba acompañada no me preocupé, me reía con las chicas y poco a poco iba llegando mi turno. Pero a unos cinco metros de llegar una azafata de tierra amargada con un lazo azul marino de seda más grande que mi cabeza a lo señorita de El Corte Inglés, quería empezar a joderme un poquito la mañana y me dijo que con mi pasaporte lleno de pegatinas de maletas en la última pagina no viajaba. Yo la miré en plan "muy graciosa señora, deje de vacilar", me miró seria, vi que iba en serio y despegué las pegatinas de mis últimos diez viajes, incluido Cuba, con mucho cuidado porque "si usted rompe el pasaporte si que no puede viajar, es un documento de identidad que no puede ser alterado". (¡Me cago en su padre, señora!).
Con mi pasaporte sin alterar, mi I20 de visa de estudiante y un humor que no sé de dónde saqué, pasé el primer cuestionario. ¿Quién le ha hecho el equipaje?, ¿dónde ha estado con sus maletas antes de llegar aquí?, ¿qué lleva en la maleta?, ¿ha abierto la maleta en el aeropuerto?, ¿todo lo que lleva es suyo? ¡Anda a cagar vieja! ¿Te crees que si llevara jamón o una bomba te lo iba a decir a ti antes de despegar? Como contesté a todo que yo, conmigo, ropa, no, y mío, me dejó pasar. Y ya sin salir de España primer desembolso, 50 dólares por mi segunda maleta. Que pesaba lo que tenía que pesar pero ahora por un segundo bulto se paga. No quiero comentar.
Y ya sí me tocó quedarme sola. Me dieron abrazos y besos las chicas, a mí se me empezaba a saltar la lágrima tonta y mientras me iba hacia el control, giré la cabeza por última vez y seguí caminando mientras pensaba que antes o después iba a estar otra vez de fiesta con ellas, así que me contuve.
Para cuando ya estaba sonriendo, primer control. Fuera zapatillas (anduve lista y no me puse botas, que sino eso hubiera sido un espectáculo), fuera portátil de su funda, mochila, bolso, cinturón, abrigo y primer arquito. No pito. Continuamos. Cinco pasos. Control de aduana. Pasaporte, mirada a la foto, mirada a mi persona, cara de extrañeza del agente (es lo que tiene tener una foto de cuando tenía 18 años tras un día de fiesta, que no parezco yo; por eso creo que lo de la foto es una chorrada, poca gente se parece a su foto del pasaporte). Buen viaje, señorita. "Eso espero", pensé. Y seguí caminando hasta mi puerta.
Pero no, había otro control sorpresa. Registro del equipaje de mano y cacheo... Que aquí otra petición: "Señores de Barajas, estamos en el siglo XXI, el número de señoras-señoritas que viajamos en un poquito inferior al de señores-señoritos, por favor, no pongan a cachear a 6 hombres y 3 mujeres porque la fila de mujeres de repente es como la del baño de una discoteca mientras los hombres pasan sin esperar. Gracias".
Y aunque yo dije que me daba igual que me cacheara un hombre porque no llegaba al embarque, no me dejaron, y subí la cabeza y vi que estaba hablando a la señora del lazo de seda amargada, entendí la negativa y me puse a esperar (esa vieja me seguía, solo me faltaba encontrármela en inmigración en USA...). Me sobaron de arriba abajo, de abajo arriba, y pasé al registro. Mi mochila de mano es como el baúl de los recuerdos, ahí entra todo lo que me voy dejando de última hora. Intenté hablar un poco en plan "anda que no te tienes que reír con lo que lleva la gente...". Pero me tocó una tipa que estaba un poco descontenta con el sistema y me empezó a decir que esto era una vergüenza, un atentado contra la intimidad de los pasajeros, que podía llevar una bomba si quisiera porque con el registro que me estaba haciendo no iba a ver nada y que el libro que llevaba estaba muy bueno (Un arco iris en la noche). ¡Joder!, pensé.
Y embarqué. Nueve horas para dormir, esta vez sí, hasta New York.
Welcome to United States. Control de inmigración. Yo, mi pasaporte sin alterar, mi visa, mi sueño y mi I20 pasando la aduana. Inglés más olvidado que mi quinto apellido. ¿Hasta cuándo se queda?, ¿nombre de su centro de estudios?, ¿dirección?, ¿qué estudia?... Y cuando el tipo que hablaba español mejor que yo vio que no me enteraba de nada empezó a hablarme en mi idioma y ya le dije: "Como ves mínimo hasta mayo, que aún me queda por aprender". Se rio (menos mal), huellas, foto, sello y al registro de maletas.
Como ya conté una vez, en el momento de la cinta del equipaje es mejor que nadie me hable hasta que tenga las dos conmigo. Una salió la primera, en la vida me había pasado. La segunda tardó mucho. Salió el equipaje de todo el mundo, las cajas de un equipo de rescate que iba a Haiti, las cajas de los perros, y ya en la última tanda mi maleta roja. Escáner de las dos ¿Lleva usted comida?, ¿cerdo?, ¿bebida?, ¿algún elemento extraño? ¡Señoraaaaaaaaaaa, deje de joder que me he venido sin jamón por su culpa! ¡Lo más de contrabando que llevo son diez cremas del Mercadona!
Vuelvo a facturar mis maletas y voy hacía mi puerta. CONTROL. ¡Ya! ¡Me aburro! Un millón de personas, me meto en la fila de First Class que va más rápido, a mitad me arrepiento porque seguro que me montan un pollo, me voy a Economy Class, espero, espero, espero y otra vez: zapatillas fuera, bolso, cinturón, laptop fuera, abrigo, mochila, y por petición del segurata, bufanda fuera. No pito. No sigo, cacheo aleatorio. Viene la negra tremenda, me soba, me vuelve a sobar. Me voy, y me voy vistiendo por el camino hasta mi puerta, llego a la 107, Barcelona -hombre, me quiero ir a España, pero no tan pronto- , miro la pantalla, cambio de puerta a la 81, (en la concha de la lora la puerta 81) y llego 30 minutos antes del embarque, me como un yogur con cereales y me siento a esperar. 60 minutos después estaba llegando a DC. Y tuve recibimiento sorpresa que hizo que no empezara a llorar de la depre y no cogiera otro vuelo a España. Gracias.
Welcome back.
3 comentarios:
Serrano!!! tu quinto apellido... Pero si hubieras tenido un vuelo normal no tendrías ahora de qué escribir, así que menos quejas que tienes una vida muy emocionante. Disfruta mucho enana. Besos
Pues vete pensando ya en tu vuelta que me aburro y así no tienes que pasar más ocntroles de nada.
beso
amiga
María, pues también llevas razón. Y el sexto?
Amiga!!!! no fastidies! ya tendré tiempo de volver y tu no te aburres tanto que estás rodeada así que pronto nos vemos
besazo
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