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viernes, 11 de mayo de 2018

Y aquí sigo de pie, 8 años después


Hoy hace 8 años que puse un pie en Argentina. Ocho. Yo que me vine cargada de maletas para un año y medio de fiesta y trabajar para la campaña de Macri 2011 y Macri ahora es Presidente. Y yo he cambiado de trabajo tres veces, de casa otras tres, me he casado con un uruguayo y, para terminar con redoble de tambores, voy a tener un hijo argentino dentro de seis semanas. Macri un poroto a mi lado en Casa Rosada.

Solo me queda ir al psicólogo y sacarme el pasaporte para hacer todo lo que hace ocho años dije, juré y perjuré que no iba a hacer: vivir aquí más allá de 2011, tener DNI argentino (hasta 2032), traer a un ser humano a este mundo con nacionalidad argentina y no decir "coger" ni cuando vuelvo a Logroño. 

Compré mi primer champú Pantene en supermercado Disco a 34 pesos el mismo día que llegué. Ahora lo compro a 100 en COTO que me pilla más cerca y tengo 20% de descuento con Banco Ciudad el primer fin de semana del mes.

Cambié los pocos dólares que traje en efectivo a 3,78 pesos la primera semana. Con eso viví (bien vivida - y sobre todo bien comida y bebida) casi todo el mes. Hace cuatro días cambié la mitad del sueldo de mayo a 22,3 pesos porque hay riesgo de que se vaya a 25 en cuestión de días.

Empecé a engordar hasta el punto de no retorno gracias a las panaderías. Con sus facturas, con sus fosforitos, con sus sándwiches de miga, con sus tortas, con su pan, con su todo. Lo dejé, pero vinieron las cervecerías artesanales a complicarlo todo un poco más.

Viví años de salir los miércoles, los jueves, los viernes, los sábados. Gracias a dios ahora vivo para dormir los miércoles, los jueves, los viernes y con más fuerza los sábados.

Vi a España ganar su Mundial. Fui al Obelisco y grite como si no hubiera un mañana. Y me pregunto si podré ir con mis padres el 15 de julio a hacer lo mismo (por lo mismo).

He vivido parte del kirchnerismo y del macrismo. Y bueno, aquí seguimos.

Viví durante muchos años al límite, cual Robinson Crusoe en su isla llena de trampas, sin OSDE (el seguro médico). Hace dos días recibí una carta de OSDE que sintiéndolo mucho no tenía la cobertura al día y de poco se me sale el corazón y el niño por la boca (todos tranquilos, fue un error).

Sigo sin entender por qué hay la inflación que hay, por qué no hay un H&M en esta ciudad, por qué los taxistas se quejan de todo, por qué "quédate tranquilo" es lo peor que alguien me puede decir en cualquier circunstancia, por qué hay que ofertar en Mercado Libre para que te pasen una mísera dirección que puedes encontrar tranquilamente en Google con un par de luces que tengas prendidas, por qué hay que normalizar todo tan rápido si algunas cosas no son buenas, por qué tantas cosas...

Pero aquí sigo. Con una tripa que no es normal, una habitación de bebé al otro lado de la pared a medio poner, un número de kilos de más que está más próximo a la inflación del país que a los parámetros recomendados; una nueva casa, un ya no tan nuevo trabajo y una persona que duerme conmigo a mi izquierda desde casi el principio y que me acompaña día a día para hacer que esto sea, dure lo que vaya a durar que yo ya no me atrevo a hacer cronogramas inútiles, una etapa de mi existencia que va a ser difícil de olvidar.

Porque aquí he cambiado de trabajo tres veces, de casa otras tres y me he casado con un uruguayo. Pero sobre todo quiero que no olvidéis que voy a tener un hijo argentino dentro de seis semanas. 42 días. Y aquí sigo de pie.

viernes, 28 de abril de 2017

31, no más


Y poco más puedo pedir para esta nueva vuelta al sol.

Solo 31 cosas....

Un audio de Miguelito.
Un billete de 2 pesos que no tenga mugre.
Una tarjeta de embarque destino Madrid.
Miles de "tienes un mensaje de...".
Muchos "Gallega, ¿qué hacés acá?".
Más tiempo para leer.
Más libros buenos para hacerlo.
Infinitos abrazos de oso del que duerme a mi izquierda.
Unas cuantas buenas noticias en el mundo.
Otra película como La, la, land.
Que la Coca-Cola deje de engordar.
Que vaya al chino y que haya pan caliente. 
Arrancar muchas etiquetas de la ropa.
Un paquete de jamón del bueno.
Facetime con mi abuela.
El 106 pasando al llegar a la parada.
La duodécima.
Que se deje de morir gente en Grey's Anatomy.
Un invierno más corto de lo normal.
Muchas visitas a Buenos Aires y alrededores.
Más sobrinos.
Más bodas.
Yogur natural desnatado en Argentina. Y barato.
Flores y olor a suavizante.
Una Venezuela en paz.
Bicis en la estación de al lado de casa.
Que me duren las plantas.
Cro-que-tas.
Mangas más largas en Zara.
Salud.
Toda la gente importante conmigo, sin que falte nadie más.

Soplando velas por todo ello.

Feliz cumpleaños a mí.

viernes, 16 de octubre de 2015

Ni los primeros ni los últimos


No somos los primeros en irnos. Ni vamos a ser los últimos. Desde hace 7 años todos los días sale de Barajas al menos una persona que tiene que dejar España para buscar trabajo en otro lugar. Algunos deciden quedarse en Europa y otros saltan océanos como si fueran charcos. Pero en esta cuestión la valentía, o la lejanía, no se mide en kilómetros. Da igual que vivas a 400, 4.000 ó 14.000. Te vas. No vas a estar en los cumpleaños, en las bodas de tus amigas o en las cañas de cualquier jueves al salir de la oficina. Suena triste, y hay días que lo es, pero ¿y qué hay de lo bueno?

El 25 de febrero de 2009 me fui desde Noain (Pamplona) a Washington DC. El 9 de mayo de 2010 de Washington DC a Buenos Aires. El 24 de noviembre de 2011 de Buenos Aires a Madrid. Y el l4 de febrero de 2013 de Madrid a Buenos Aires otra vez, donde estoy desde entonces y donde de momento tengo idea de quedarme.

En estos casi 7 años fuera de mi casa me ha pasado de todo. Bueno y malo. Y buenísimo también. Evidentemente me jode perderme el nacimiento y crecimiento de mi sobrino, me duele no estar para ver todas las semanas a mi abuela, se me saltan las lágrimas viendo a amigas vestidas de blanco por la pantalla del móvil y, en el terreno superficial, todavía no sé cómo estoy mes tras mes sin comprar ni un triste calcetín esperando a llegar a mi querido Zara. Pero estos 7 años también están haciendo que sea la persona que soy.

Quizá si no me hubiera ido ese 25 de febrero seguiría sin decir una palabra decente en inglés. Quizá si no me hubiera venido ese 9 de mayo no hubiera conocido a la persona con la que comparto mi vida y con la que me voy a casar en un año. Quizá si no me hubiera vuelto a venir aquel 14 de febrero no estaría escribiendo sin parar cada mañana, que es lo que más me gusta. 

Puede ser que si no me hubiera ido nunca hubiera conocido a una persona judía, a 40 coreanos que me han enseñado que hay algo más que tecnología en Seúl, a entender lo duro que era para un homosexual en los 80 salir del armario o a comprender que el "qué dirán" no es tan importante.

Si no me hubiera ido no querría tanto tantísimo a mi familia. O sí, pero jamás se lo hubiera dicho por todas las vías posibles. No hubiera apreciado lo que es una calle recién limpiada con agua con olor a limón, lo que es un metro donde te puedes sentar en el suelo y lo lejos que te puede llevar en la mente una buena tortilla de patata y un buen plato de jamón.

Me han encasillado dentro de esa "fuga de cerebros" de la que tanto hablan los medios. Pero yo no me he fugado a ningún sitio, simplemente me he ido a otro lugar para engrandecer aún más ese cerebro que España comenzó a formar y no pudo rematar por hache o por be.

Son muchas cosas las que todos los días echo de menos. Pero son muchas más las que estoy aprendiendo y adquiriendo al estar fuera. Cosas que, espero más temprano que tarde, pueda devolver a mi país, a mi gente, a mi lugar. 

Porque no somos los primeros que nos vamos. Y tampoco vamos a ser los últimos en volver.

domingo, 19 de julio de 2015

Gracias, Su



Gracias por hacerme reír desde el examen de admisión de la universidad; por llevarme de compras cuando no necesitamos nada y por enseñarme que hay que darse mínimo ocho cremas y aceites y proteglicanos antes de irse a la cama. 


Gracias por decirme lo malos que son mis bolsos de Zara en comparación con los de Loewe; por prepararme tu sofá cada vez que piso Madrid y llevarme a cuquisitios de sillas de colores donde siempre terminamos pidiendo pizza y croquetas (pagando como si hubieramos comido marisco).

Gracias por demostrarme que con buen humor se pasan hasta los momentos más difíciles; por prohibirme ponerme medias oscuras a 35 grados; por venir a verme allá donde estuviera y por darme achuchones al verme aunque te haya visto más o menos recientemente.

Gracias por compartir conmigo a tu familia y a tus amigas del máster, del trabajo o de Sanse; por ser la amiga olvidadiza pero que no se olvida de lo importante; por ser capaz de ponerme nerviosa a través de un correo electrónico y por decirme "eeehhhh.... NO" cuando algo no te parece.

Gracias por hablarme claro y sin filtros; por decirme lo que me queda bien o lo que me queda mal sin miramientos; por estar ahí siempre, simplemente estar aunque no hablemos y por responder en el chat con la mitad de la letras pero ser capaz al mismo tiempo de que se entienda.

Y en capítulo bodil... GRACIAS (éste con mayúsculas) por no ser una novia pesada durante el año de preparativos; por los kits de bienvenida / despedida / supervivencia / amistad / porsihaygalerna / porsigraniza / porsisalimosvolando que había en cada rincón de la boda; por hacerme parte de tu día a pesar de vivir a tomar viento y por desvelarme la mayoría de las sorpresitas menos la más grande de todas.

Gracias por hacernos disfrutar de uno de los mejores días de nuestra existencia conjunta. 

¡Que viva la novia! Y que su amiga lo vea...

martes, 30 de diciembre de 2014

Grande 2014


Mi lista de propósitos para 2014 nunca la escribí. Decidí hacer mejor una un poquito más a medio plazo con 30 cosas que hacer antes de cumplir 30 en abril de 2016 y en ello estamos. Pero entre comer algodón de azúcar, seguir escribiendo en este blog y tener una planta y que no muera, este 2014 ha vuelto a ser especial y ha supuesto el principio de un 2015 que, por lo menos, empieza diferente.

Volví de España a Buenos Aires en enero con 5 kilos de más, 2,5 en cada pata, otros 5 para el que duerme a mi izquierda y una hermana que ya compraba ropa de bebé dos meses antes de la dulce (y larga) espera. Cuando nos dimos cuenta de que flotábamos más de lo habitual en la piscina en pleno verano y que no nos abrochaban bien los pantalones empezó la aventura "gimnasio fase 2" en la que se incluye mi vuelta a las aguas y en la que ya no se tienen agujetas al reírse sino agujetas al hacer fuerza con músculos que no sabía ni que existían. Pero gracias a dios la cosa (yo era la cosa) fue volviendo a su estado normal por el gimnasio y por la desintegración debido al calor. Por primera vez en la vida viví un día a 47,2 grados. Y no se lo recomiendo a nadie.

Con febrero llegaron los anuncios de la vuelta al cole y nuestro particular verano mientras en España nada se movía y los nervios afloraban. Fuimos turistas en Buenos Aires, comenzamos a tachar de la lista sitios que aún nos quedan por ver y, a contracorriente, me fui a la costa cuando todo el mundo volvía a capital y pasé 5 días adoptada por los Velázquez, a los que les dije que adoro la playa y les faltó dejarme a dormir allí (aunque cometí el error de echarme una siesta cual morsa y me desperté sin nadie alrededor y con un cartel en la arena que decía "gaita" por si no me quedaba claro quién era).

En marzo llegó El Momento cumbre del año. Un día del padre en el que mi hermana se disponía a no comprar la clásica camisa, o en su defecto corbata, de camino a por la novedad más novedosa de los regalos para padres que podáis imaginar, Miguel decidió venir a este mundo. Y nuestra vida, a cada uno en su grado, cambió para siempre. La mía en la distancia pero un bebé de apenas 50 centímetros era el centro de atención a cada movimiento, ruido o dedo que movía. Pero a mí me faltaban todavía tres meses para darme de verdad cuenta de que había sido tía. 

Con abril y el final del verano decidimos despedirlo en Mar del Plata para dar una sorpresa a Martín. Pero la sorpresa se quedó en intento. Los Velázquez volvieron a acogernos como a dos más, engordamos uno de los kilos perdidos en dos meses, y a fin de mes, el día 28, llegaron los 28 y su correspondiente celebración de 4 días. Descubrí que en Buenos Aires no estamos tan solos como yo creía y me volví loca en las tiendas de cotillón intentando comprar accesorios como para una boda. 

Mayo fue complicado por todos los lados del océano y del río de La Plata pero lo superamos. Lo empezamos en Punta del Este y viendo atardecer en Punta Ballena, celebré mis cuatro años en Buenos Aires y lo terminé en el Teatro Colón viendo a la Filarmónica de Buenos Aires. Una que va creciendo. Pero fue el mes en el que el de la izquierda se multiplicó por 14 y estuvo en todo momento en donde tenía que estar. El Madrid ganó la Décima, Miguel abrió los ojos al mundo y descubrió que la familia no se elige, te la dan, y vimos a Drexler en el Luna Park.

El viaje a España para las bodas del año fue mi particular cuenta atrás de junio. Como siempre que voy a viajar empecé a soñar con aviones y aeropuertos pero un Mundial en el que decidimos estar equipados y compramos la camiseta de España y Uruguay (mejor se hubieran quedado las camisetas en Retiro) y el 31 cumpleaños del de la izquierda, al que le regalé una pulsera cuentapasos con la que sigue obsesionado a día de hoy (que también le cayó a mi santo padre por su cumpleaños días antes), hicieron la espera más llevadera. El día 24 de junio llegué a Madrid, descubrí que existía la Coca Cola Zero sin cafeína, me enteré de que en la oficina iba a haber un integrante más y a la 1 de la tarde, en una estación de autobuses en la que nunca falta un calzoncillo en el tenderete de los vecinos de arriba, cual Simba en El Rey León, me presentaron a mi sobrino. Y, a lo argentino, morí de amor. 

Con la resaca de la despedida de soltera de mi tocaya, el verano inexistente en el que no salía el sol, los recuerdos del campus de fútbol y mis primeros pañales puestos del revés, llegó un julio cargado de eventos y celebraciones. Con un vestido corto que ni en mis mejores sueños me había atrevido a ponerme y con unos tacones ilegales, me dispuse a darlo todo en las bodas del año. Ahí echamos el resto. No sabemos si por aprovechar la ocasión o porque mirando alrededor nos dimos cuenta de que para la próxima, como mínimo, pueden quedar 4 o 5 años. Y para terminar, como las bicicletas, Noja es para el verano y volví a vivir 10 días de Hotel Hoya, playa y patatas fritas como hacía años que no vivía. Me volví de otro color.

Con mi moreno playero y la pena más grande del mundo por dejar a mi sobrino en casa, me planté el 8 de agosto en un Buenos Aires en el que el invierno decidió esfumarse y darnos una tregua con 30 grados a la sombra y los de aduana estaban de huelga. el de al lado me dijo "como para traer droga" y yo solo pensaba que en vez de 250 gramos de jamón podía haber llevado un kilo. Por aquel entonces tomé dos de las decisiones del año: empezar a correr y probar suerte con una beca para Georgetown. Pero hasta meses más tarde ninguna de las dos dieron sus frutos. Mientras tanto seguía de turismo en la ciudad aprovechando las visitas, compramos unas plantas que siguen vivas (o al menos hasta hace 3 semanas que me fui) y viví virtualmente otra de las bodas del año a la que el océano me impidió asistir.

Septiembre comenzó con la tradicional celebración de nuestro aniversario, con la diferencia de que ninguno de los dos nos dimos cuenta de qué día era y nos despertamos como si nada. Pero tuve mis rosas. Y volví a morir de amor por segunda vez en el año. Desde España un bebé ya no tan bebé comenzaba a dar gritos, a medio gatear y a poner caras de sorpresa cuando me veía el careto a través del iPad y una amiga entre gritos de teléfono me comunicó que en julio de 2015, viviera en China o en Madagascar, iba a tener que estar en San Sebastián para verla pasar por el altar. Recibimos en casa al alemán que me recuerda todos los días que soy "la del sur", fui a las carreras de caballos, aposté y gané una cena, aposté dinero y perdí, y me di cuenta de que hacía 10 años que entré por la puerta de la facultad y me entró una cosa dentro que no sé todavía qué era. En ese estado medio de limbo recibí mail de Washington y la cita para mi entrevista por Skype mientras uno de mis amigos ponía fin a cinco años de estudio convirtiéndose en Doctor. Y durante una semana mi mente se convirtió en gringa y saqué del sótano el inglés que sé. Terminamos el mes con la mejor visita del año, la de mi suegrita, y respiramos tranquilos.

Mar del Plata y los Velázquez nos volvieron a recibir en el puente de octubre. La primavera llegaba a trompicones, en Buenos Aires llovía todos los fines de semana del calendario y en la cinta no pasaba de los dos kilómetros sin dejarme el hígado en el intento. Viajamos a Uruguay a votar. Y en el puerto, al ver que no había un alma el día en el que más viajeros cruzan el Río, al mismo tiempo que ratificaba que me había equivocado de barco y que salía dos horas más tarde leí el mail del año con un asunto que no dio lugar a dudas de entendimiento "Congratulations, Ines" y entre gritos, en directo y a través del teléfono (este año ha habido mucho grito), me di cuenta de que iba a volver a Washington DC. Con la emoción en el cuerpo el de la izquierda votó porque quiere (y por obligación) y yo canté las canciones del Frente Amplio como si fuera el himno del Real Madrid. Para cuando quise darme cuenta de que llegaba noviembre y mi 2015 iba a ser diferente me encontré a mi primo en la televisión al lado de Cristiano Ronaldo como mejor jugador de la temporada. La vida tiene estas cosas.

De nuevo comenzó la cuenta atrás para el viaje a España. Empecé a soñar con aviones, con aeropuertos y con el inglés. El poco moreno que duraba de agosto comenzó a quedarse conmigo con mis visitas a la azotea de casa y entre informes, elecciones de Estados Unidos, cenas, cumpleaños, teatros, más visitas y nuestra tradicional día de polo en el que con 35 grados a la sombra yo llega un momento en el que no veo ni los caballos, noviembre se nos fue de las manos. Una tarde sin previo aviso ni anestesia me vi en la cinta llegando a 5 kilómetros con fuerzas para hacer más y me sentí la mejor del mundo entre un mar de sudor y dos viejas que corrían más que yo. Lo celebré. Y terminamos el mes en el Teatro Colón en la ópera y de nuevo viajando a Uruguay en el peor viaje de la historia de los viajes en barco. Yo me veía a la perfección en las noticias como "la española que viajaba en Buquebús y sufrió un naufragio" mientras veía un documental de un indio que ha plantado un bosque de 5 hectáreas en medio de un solar en la India. Me veía en forma como para nadar y que no me muriera en el intento pero nunca había tenido ganas de llorar por miedo hasta ese momento. Aunque mereció la pena el viaje.

Bajo el sol de diciembre, los primeros días de verano porteño y nervios por la despedida inminente descubrí el Barrio Chino de Buenos Aires (que me flipó) y disfruté de las picadas, las Coronitas (en Argentina Coronas) y los nachos en la terraza de casa en la mejor compañía. Un domingo me vi bajando las maletas llenas de jerséis de lanas y bufandas y de nuevo Aeroparque fue testigo de las escenas de despedidas amorosas que el de la izquierda y yo protagonizamos cada año y medio o dos años porque nos va la marcha. Llegué a España tras 24 horas de viaje y llegué a la misma estación de autobuses con calzoncillos colgantes que en junio, solo que vi a un bebé que no era bebé, me sonreía sin tener ni idea de quién era y ahora mismo me alegra todas las mañanas mientras estoy en España. Viaje a Madrid, sentí que no me había ido nunca y conocí el Santiago Bernabeú y me emocioné. El resto del mes... en casa, en familia, con mis amigas, las de siempre y las nuevas, y trabajando, que gracias a dios es lo que tengo y me toca hacer.

Son muchas la cosas que han cambiado mi vida este 2014. Cambios grandes, que no se van a mover de mi lado o que probablemente me vayan a cambiar la vida aunque sea un poquito de cara al futuro. Pero, con sus momentos bajos y altos, ha sido el año en el que me he dado cuenta de que, aunque no quiera, soy mayor. Pero necesito a los de siempre cerca para ayudarme a serlo. 

Gracias por cada momento a mi lado, por cada herida curada, aunque fuera un puntito de nada, y por copa chocada en un brindis. Por acogerme como a una hija sin serlo, por recordarme que lo sigo siendo aunque estoy lejos, por seguir confiando en mí y en mi trabajo aunque ahora ponga más tierra de por medio y por escribirme a un chat del móvil o por Skype que para mí son la vida y la mejor forma de sentir y saber que aunque no estoy en el día a día alguien se acuerda de mí en algún momento y sigo formando parte de algo.

Grande, 2014.

Te espero con muchas ganas 2015.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Historia de una década


Esta semana hace 10 años que empecé la Universidad. No lo sabía. Pero el día 1 empezó el curso en Pamplona y haciendo cuentas, y llorando mientras las hacía, me di cuenta de que este curso lo empiezan los nacidos en 1996 y yo tengo 10 años más, así que sin cursos repetidos de por medio y si las matemáticas siguen siendo las matemáticas de siempre, este septiembre hace 10 años que llegué a Pamplona. Ese día...

Ese día, un sábado de San Mateo que eso lo tengo grabado a fuego, mis padres me dejaron en un Colegio Mayor rodeada de 119 chicas con las mismas ganas, temores, acojone y edredón nuevo que el mío. En una habitación 2 por 2 con 3 luces que no podían estar encendidas al mismo tiempo, con una ventana con pinchos para que no se posaran las palomas y tres muebles: una estantería, una cama y un escritorio. No internet, no televisiones (miento, una para 120), no luces dadas más tarde de las once de la noche. Y sobreviví. No sólo sobreviví, sino que por voluntad propia estuve ahí metida dos años rodeada de la que son mis mejores amigas de esa época.

Dos días más tarde pisé por primera vez la Facultad como alumna. Nos costó llegar. Es más, nos perdimos y tuvimos que caminar por una especie de jardín-terraplen para no llegar tarde. Ahí descubrí que las del sur, de Málaga y Sevilla para ser más exactos, estaban igual de asilvestradas que yo. No sé en qué momento se me ocurrió que polo, vaqueros y zapatillas era un buen atuendo, pero así fui, eso no lo puedo cambiar. Y al llegar y cruzarme con Susana (sí, esta Susana) fuimos a un Aula 6 llena hasta la bandera. 

Gente que vi ese día nunca más la volví a ver. Me enteré de qué iba a hacer ahí durante 4 años, qué se podía hacer y qué no, cuándo y cómo iba a tener que bajar a la facultad con ese portátil ACER que pesaba 4 kilos y medio (pero era un portátil, los de 30 años antes iban con Olivetti que pesaba 15) y un millón de cosas más pero en ninguno de los discursos que oí esa mañana se nombró la palabra "crisis". Y yo desde ese momento fui feliz.

Soy de 1986. La universidad (quitando el último año que todo cambió) la hice sin internet en casa, sin Facebook, ni Twitter, mucho menos Skype. Con un Nokia que daba para llamar y recibir SMS, especialmente los fines de semana que Movistar se portaba bien y por 3 euros te daba mensajes ilimitados, y para jugar a la serpiente. Ni embrión de lo que sería WhatsApp. No tenía cuenta de Gmail, seguía con un triste Hotmail que mi hermana no sé en qué momento pensó que ese nombre que me puso era "bueno", ni este blog, ni Kindle, ni nadie tenía una cámara de fotos para inmortalizar cada momento ni para hacerse una foto en el letrero de Fcom de la puerta. Ahora todo esto es historia.

Bajaba a la Facultad andando (por el camino correcto, el terraplén solo fue una vez), siempre corriendo porque llegaba tarde, me mojaba cuando llovía, me asaba cuando hacía calor y rezaba para que nevara y se suspendieran las clases un par de días en pleno febrero. Los primeros meses se podía fumar en el edificio, creo que hasta en clase, luego sólo en la cafetería y dos años después los fumadores tenían que salir a la calle. Los exámenes eran después de Navidad y en junio, las asignaturas tenían créditos por cada 10 horas, ni europeos ni universales, créditos sin más y ni en nuestro más lejano pensamiento estaba la idea de tener todos la misma sudadera de la Universidad. Todo esto es historia.

Los domingos se cenaba en McDonalds junto a los 9.372 alumnos restantes que había en la ciudad y se iba vestido como si fueras a Marengo. A Marengo se iba si conseguías entradas antes de que petara (ahora me han dicho que no existe), tomabas cañas en Pasadena y cogías el autobús para ir a casa los viernes en una estación de autobuses en la que lo que menos podías agarrarte era piojos. Todo historia.

Dejarse la tarjeta de entrada era un reto, conseguir en el CTI un ordenador libre en un descanso antes de entrega de práctica una odisea y estar la primera en la fila de la fotocopiadora una heroicidad. Ahora está el iPad. Lo demás historia.

Historia en 10 años. Una década desde que me senté en un silla que no era silla, empecé a escribir en una mesa que no era mesa y escuché cosas que jamás había escuchado por un micrófono y que ahora, con el paso de los años, entiendo. 

Hace 10 años empecé a crecer. Y lo peor es que todavía no he terminado y ya están empezando a hacerlo los que saco 10. Diez.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Spain is... diferente


Tras casi un mes y medio en España estoy de vuelta en Buenos Aires. Eso conlleva tener el corazón partido. Por un lado por la casi necesidad de volver un poco a la rutina, a mi mesa, a mis madrugones de las 6 de la mañana y, por encima de todo, de ver al que duerme a mi izquierda que valientemente me ha esperado (con muchísimas más ganas desde que acabó el Mundial, todo hay que decirlo). Por otro, pena por dejar mi casa, mi sobrino, estrella del hogar indiscutible, mi familia y amigos, mi jamón, mi Zara y todo lo que compone mi mundo en España que seguirá esperándome en Navidad cuando vuelva.

Y entre cuento y cuento de lo que he hecho y dejado de hacer en Logroño, Madrid, Pamplona, San Sebastián y Noja, he confirmado por enésima vez que vivo en un país muy parecido al mío, pero a la vez muy diferente. La mentalidad es otra, la cultura y las costumbres también, y lo que para mí es normal aquí no lo es y lo que aquí es raro para mí puede ser habitual.

Ejemplo claro: mientras yo me tostaba al sol a finales de julio ajena a la prensa (ni diarios, ni televisión, ni radio), cada mañana en el desayuno del hotel alguno de los padres que sí están diariamente informados me venían con cara de susto a ver que opinaba del "default" argentino, que si iba a volver a Buenos Aires, que si tenía dinero en el banco aquí, etc. Yo el primer día pasé (al fin y al cabo ya estoy mimetizada con la incertidumbre y crisis económica permanente), el segundo leí el periódico y dije "más de lo mismo" y el tercero ya pregunté a mi contraparte a ver qué pasaba. ¿Que qué pasaba? Pues nada. Que el mundo sigue rodando y hay una crisis que solucionar con los buitres. Una como otras ciento cincuenta mil a las que el país tiene que hacer frente. En España se hablaba de una segunda parte del Corralito y aquí la gente iba a trabajar como si nada, que es lo que toca.

Y de la misma forma que algunos españoles se reían (por no llorar) cuando les comentaba que no pasaba nada, de verdad, a mí me ponen la misma cara cuando cuento costumbres nuestras que, visto desde fuera y con perspectiva, son muy difíciles de explicar. La mitad de las veces porque no tenemos, bueno, tengo, ni puñetera idea de los motivos o la historia, y la otra mitad porque son algo que siempre han estado ahí y yo nunca les había buscado explicación.  El top five es:

El rey: que haya una persona por origen divino del cielo que sea el Jefe del Estado, representante del país, viva en un palacio y tenga millonadas en parte gracias a las arcas del Estado es algo que un argentino no entiende. Lo ven como algo del siglo XV, algo antiguo, arcaico. Yo he intentado explicar la monarquía, pero se me terminan los argumentos.

Los toros: al margen de ser o no defensores de los animales, es complicado explicar por qué la gente paga mucho dinero para ir a una plaza redonda a ver matar 6 toros jugándote la vida. Partamos de la base de que yo no entiendo de toros pero he ido muchas veces (más por el gin tonic y el ambiente, para ser sinceros). Pero el nivel de preguntas sobre este arte llega a tal punto que al final siempre acabo con un "es que es así y punto". 

La Lotería de Navidad: "¿Pero cómo, que os gastáis mil eurazos desde agosto en décimos para un sorteo anual del que solo ganarías 300.000 y encima Hacienda se queda el 16%? sois más gallegos de lo que yo pensaba". Esa, esa es la reacción media a pesar de que yo insisto en la histórica labor con los niños de San Ildefonso.

Las uvas de Nochevieja: me he llegado a meter en Google para tener una historia chula que contar sobre esto pero es que según qué artículo leas unos dicen una cosa y otros otra. Esta por lo menos les hace gracia, sobre todo que todo un país se ponga de acuerdo para hacer lo mismo todos a la vez (como decía Mecano).

Las tapas: yo cuento que los sábados ceno con mis amigas vinos y pinchos en una calle de 500 metros en la que solo hay bares y restaurantes y la cara de póquer es importante. A medida que la gente está viajando a España y está descubriendo esta gran tradición y costumbre, me dan la razón en que es lo mejor del mundo. Ahora, otro tercio es argumentar porqué los jamones de cerdo cuelgan del techo, la vajilla se puede dejar en la calle y las servilletas, sin ningún tipo de problema, se tiran al suelo (y que el bar con más servilletas y serrín en el suelo es mejor).

Si algún alma caritativa tiene a bien ayudarme en esta ardua tarea de extender las costumbres españolas por el mundo, por favor, que coja el primer vuelo con destino a Buenos Aires. Yo desisto pero pongo el sofá.

jueves, 27 de marzo de 2014

La vida en 7 días


Este mes hace un año y pico que volví a vivir a Buenos Aires. Y ese es el tiempo que exactamente llevo viviendo sin teléfono móvil. Sin línea mejor dicho. Es decir, que si pasa cualquier cosa o alguien me quiere localizar mientras yo no estoy en casa o en un lugar con wi-fi (güi-fi, que este blog es español de España) es imposible. Normalmente no pasa nada y yo vivo tranquila y feliz sin teléfono. Pero en una de estas pasa algo y ese algo es que nazca tu primer sobrino mientras estás haciendo largos en una piscina cual sirena con el objetivo de llegar a verano con la tripa plana.

Mi vida desde el día 19 de marzo ha cambiado. No quiero imaginarme la de mi hermana que mientras yo pululaba por Santa Fe tan feliz de vuelta del gimnasio ella estaba empujando para traer al mundo a Miguel, el ser que desde hace 7 días y 20 horas ha hecho que mi cabeza mire las cosas en otros términos. Y todavía quedan 3 meses para que nos presenten en persona. Agarraros.

Desde el 19 de marzo a las 17 horas, hora de Buenos Aires, en las que empecé a llorar y no paré hasta que los emocionados abuelos me cogieron el teléfono, en vez de perder horas viendo fotos en Instagram o en Facebook me las paso viendo fotos de Miguel en el móvil. Que se puede pensar... "se las sabrá de memoria las cuatro fotos". Y sí, me las sé de memoria, pero no son 4 son casi 100 con sus vídeos, muecas, caras raras y conjuntos de sus 7 primeros días de vida. Yo me levanto y si no tengo una foto de mi sobrino la reclamo. 10.000 kilómetros no van a lograr que yo no sea la tía más buena del mundo. Buena tía y tía buena, las dos cosas.

Desde hace 7 días cuando el que duerme a mi izquierda llega a casa a las tantas yo le doy un beso y acto seguido le planto la foto o vídeo del día en la cara para que la vea, y lo comentemos. Cuando no se la mando durante el día porque no puedo esperar a que lleguen las ocho. Y yo no puedo parar de decir "es que es tannnnn mono" con cara de idiota mientras veo a un bebé dormido en mi móvil. Yo juré que iba a ser objetiva con el tema de mis sobrinos. Es decir, los bebés son o muy monos o muy simpáticos (es decir, feitos). Y a mí me ha tocado del primer grupo, objetivamente hablando, lo juro. Es que es muy mono.

Desde el último día del padre, aunque no tenemos todavía ningún plan de vuelta, leo La Rioja y veo Logroño cada vez más atractivo para vivir. Hay que joderse. De repente echo de menos todo, ya no sólo el jamón o los Bombay con limón, y me diviso totalmente paseando a Miguel con el mega-buga por Bretón de los Herreros aún a riesgo de que las más cotillas del pueblo empiecen a pensar que mis kilos de más en Navidad eran por algo y que ahí está el resultado. De ahí que tenga que llegar a julio más flaca, para que no sospechen. Porque los paseos con Miguel no me los va a quitar nadie. 

Desde el miércoles 19 recibo mensajes de mi hermana a horas raras en España en los que predomina una palabra: feliz. La misma que se ha instaurado en la familia con la llegada de un nuevo miembro. La misma que, en mayor a menor medida, nos ha cambiado la forma de ver las cosas y los problemas a todos.

La vida te puede cambiar en un segundo, diez minutos o en siete días.

Bienvenido, Miguel. Todavía no sabes dónde has caído... pero ya te darás cuenta.

lunes, 10 de marzo de 2014

Los ojos de todos

En realidad hoy iba a escribir sobre la ineficiencia de la administración argentina, mal que estoy sufriendo desde hace algunos días con todo el odio, rabia y frustración que fuera capaz de transmitir en cuatro líneas. Pero al llegar a casa después de 3 horas para hacer cinco trámites y lograr hacer uno, me he topado de lleno con esto: Los ojos de Vera, un documental sobre las víctimas y familiares de víctimas del 11-M en el décimo aniversario de aquel día. Y me ha devuelto a la tierra.


Tengo muchos recuerdos de ese día y los que siguieron. Apenas tenía 17, por un mes no iba a poder votar por primera vez en las elecciones de ese domingo y mi gran debate por aquel entonces era si formalizar la matrícula en Periodismo tras recibir la carta de admitida o hacer el examen de admisión para Medicina en mayo.

Ese día vi mucha televisión, al día siguiente leí muchos periódicos y estuve en internet mirando y leyendo muchas cosas que me respondieran dos preguntas clave: ¿Por qué? ¿Quién? La segunda, más o menos, ya me la solventaron años después. La primera, diez años después, con algo más de vida vivida, sigo sin saberla responder.

No conocía a nadie de las 191 personas que perdieron la vida en un tren de cercanías, tampoco a ninguno de los más de 1.800 heridos que desde entonces, en mayor o menor grado, han vivido la vida de otra forma, pero documentales como éste me recuerdan que lo importante es vivir. 

Y saber que se está viviendo mientras otros, por vivir su día a día, perdieron la oportunidad de seguir haciéndolo.

viernes, 28 de febrero de 2014

Cinco enormes años


Hoy hace 5 años que me monté en un avión en Noain, ese gran aeropuerto de Pamplona con dos cintas y un arco de seguridad, rumbo a Washington DC. Podría decirse en bonito que fui a hacer las Américas, en busca del sueño americano o a hacerme una mujer de provecho, pero la realidad de la vida es que fui a aprender inglés. Y encima no aprendí. Bueno, un poco.

Cinco años después creo que es momento de admitir que cuando llegué no sabía lo que era un CVS, no me atrevía a pedir un vaso de agua y no entendía por qué todo el mundo me decía "you're welcome". Cosas de la vida, pero así fue. Todavía me acuerdo del acojone monumental que se me quedó cuando yo y mis tres maletas (ligera de equipaje nunca he ido) nos quedamos en el hotel del 2500 de Pennsylvania Avenue a verlas venir mientras se iba el autobús de los alumnos del máster con los que había ido y me quedaba sola ante el peligro. Y cosas de la vida, hoy en ese hotel está durmiendo plácidamente mi hermano.

Cinco años después me acuerdo de mi desesperación por encontrar una casa donde poner mis bártulos. La que no era cara, estaba lejos, la que no me pedía un garante gringo, o un historial de crédito gringo, o las dos cosas. Cosas de la vida salieron al rescate dos argentinos y ahora vivo en su país. Recuerdo mi impotencia en querer hablar y no saber, el no poder decir todo lo que tenía para decir por no saber construir una frase más allá del "sujeto, auxiliar y verbo" que en mi cabeza repetía Tere la de Inglés. Cosas de la vida me fui soltando y empezó la desgracia de los de mi alrededor.

Allí aprendí más que un idioma. También a beber cerveza, que la secadora rompe la ropa, que Latinoamérica es muy grande y el español (el idioma) une, a querer amigos de meses como si fueran hermanos, a salir de fiesta y estar a las 3am en la cama, cuando no eran las 2, o lo que se valora una comida familiar cuando no las tienes cada domingo. Allí me comí mi primera ensalada y mis primeras espinacas, hice mi primera presentación en inglés, defendí a capa y espada cualquier cosa que fuera criticada a España y tuve tres "hijas" a mi cargo que a día de hoy sigo recordando y queriendo como si fueran mías.

En un momento de euforia y ya puestos a reconocer cosas, un momento de pedo monumental a margaritas heladas, me dieron la oportunidad de mudarme a Buenos Aires, ese del que yo solo sabía cosas lindas, tango, mate y fútbol. No me lo pensé dos veces (quizá hubiera sido una buena idea hacerlo) y Argentina me dio otras mil primeras veces y "aprendí a" que no caben en esta entrada pero ya tendrán su lugar. Y lo sigue haciendo. Lo mismo que Madrid. 

En estos cinco años he vivido en tres países, siete casas diferentes, he manejado tres monedas y casi tres idiomas (el argentino suma). Empecé de prestado en un sofá y ahora duermo con un ser a mi izquierda en un departamento en el centro de Buenos Aires. Me fui con 22 y estoy a punto de cumplir los 28. Tenía tres maletas y ahora tengo unas cuantas más. Me fui con amigas en botellón y en verano voy a ir a bodas de varias de ellas y he visto nacer a la primera hija melena. Me fui con dos hermanas trabajando y un universitario y una me va a dar mi primer sobrino, la otra ha pasado al mundo de la farmacia y el otro me manda fotos desde la Casa Blanca. Me fui con un padre en un banco y ahora es concejal y casi jubilado. Me fui con una madre harta de poner lavadoras y ahora no ve el momento de que vayamos para ponerlas.

Cosas que cambian, que crecen, se van y vienen. A excepción de una que me niego y obligo a que no pase: acostumbrarme a estar fuera.

Me fui una y soy, en parte, otra. Y todo en cinco años. Cinco enormes años.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Me bajo


Realmente tenía muchos temas "de los que hablar" aquí pero desde hace tres semanas, aunque esté en pleno verano, cada vez que abro el ordenador no sé si echarme a reír o a llorar.

Empezando por el lugar donde me siento cada mañana, poco que decir, porque lo que diga hoy, mañana o pasado no va a tener sentido. Aquí se cambia de opinión como de camiseta, por no decir como de braga para ser más española de lo que soy. Un día decimos que somos víctimas de los conspiradores y empresarios y otro día reconocemos que hay una inflación imbancable para un país de estas dimensiones (bancar=soportar). Y mientras medio país sigue de vacaciones, un cuarto está preocupado por su guita y otro tanto apoya el cotarro, la Presidenta sale de ciento en viento a ironizar sobre la vida dejando claro que ella no es una bruja, la vuelta al cole está en interrogante como el año pasado y un incendio, supuestamente intencionado, ha matado a 10 bomberos. Pero lo que importa es que quedan 113 días para que empiece el Mundial. Y después, veremos.

Luego tenemos el origen de mi ser que tampoco está muy lejos. Mientras un presidente dice que mejor poner azafatas en las fronteras en vez de Guardia Civil para dar la bienvenida a los inmigrantes ilegales de África y un ministro está encabezonado con una ley del aborto que (a favor o en contra) va a retroceder las cosas un cuarto de siglo, es decir, 25 años, la Infanta se hace la loca y olvidadiza ante su vida pasada; el Barcelona evita pagar impuestos por un puñado de millones de euros en su fichaje estrella de la temporada que, al menos yo, llevo sin ver desde hace unos meses por los campos de fútbol y el New York Times nos dedica espacio haciéndonos ver que la culpa de todo lo que le pasa a España la tiene Franco y la siesta, que para ser mejores debemos de cambiar nuestros horarios. Y Twitter se me inunda de comentarios sobre los cambios en las direcciones de los diarios más importantes del país o la cuestión de si la Echevarria copia o no sus looks (gran palabra...) a otras bloggers (otro palabro). Cuestión de prioridades. Yo ya he hecho limpieza de mis seguidores. Pero no os preocupéis que quedan 113 días para el Mundial.

Mientras aquí en pleno "agosto" porteño lleva sin salir el sol como dios manda exactamente desde el día 26 de enero, en Estados Unidos cada ocho, diez días, un amigo me manda un mail tipo "hoy no fuimos a trabajar por la tormenta de nieve, ¿hablamos?" y mi madre me dice que está pelada de frío y al día siguientes mis amigas escriben "bienvenida la primavera". El cambio climático, esa cosa que para mí era un temita de ecologistas ha llegado a nuestras vidas en formato clima. Y también preocupa a los futbolistas porque a ver cómo llegan al Mundial en 113 días a un país con 500% de humedad.

Al mismo tiempo que yo me quejo de mis cosas de primer mundo, como el clima, que es uno de mis preferidos, recibo mails de Venezuela que me ponen los pies en la Tierra. Miedo, indignación, tortura, represalias, muerte, lucha, derechos, incertidumbre, escasez, falta de medicamentos o unidad, son las palabras que más se repiten en los mensajes. Palabras que no hay informativo o diario argentino o español que creo esté demostrando qué está pasando en Caracas desde hace dos semanas. Y yo, que el Derecho está entre el grupo de mis puntos flacos, sigo preguntando si no hay un "algo" internacional que pueda intervenir... Ya me han explicado que no. Pero sigo sin entenderlo. 

En Ucrania no tengo a nadie conocido, pero no me hace falta, eso me queda más claro que todo lo anterior. Estos no van al Mundial en 113 días.

Total que me da mucha pereza y, en parte, tristeza todo. Que pare el mundo que me bajo. Y que salga el sol en Venezuela, que aquí mal que bien se puede vivir con lluvia sin problema alguno.

Seguiremos esperando al Mundial. Luego ya veremos.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Lujos nacionales


Vivir en Argentina con la mente en las noticias de Madrid y viajando cada dos por tres a Montevideo es una experiencia económica altamente recomendable.

Desayuno todos los días con el Telediario de las tres de la tarde de España y día sí, y día también, me zampo una galleta María (estas son universales) viendo a algún gremio manifestándose (hoy los farmacéuticos catalanes), alguna empresa cerrándose (ayer Canal Nou en Valencia) o a algún miembro del Gobierno o la Unión Europea intentándome convencer de que estamos en la puñetera "senda de la recuperación y el crecimiento" (ya me diréis dónde está la senda porque yo no tengo pase para caminar por ella), 

Horas más tarde suelo almorzar leyendo por encima La Nación. Y entre los goles o no goles de Messi, los pronósticos del tamaño del granizo que va a caer por la tarde, la bronca de algún político con otro o con la Presidenta (por lo menos a ésta le han dado tregua este mes que sigue convaleciente de una operación) y mucho faranduleo que todavía no identifico bien quién es quién, siempre tengo la noticia sobre el valor del dólar, del oficial, del paralelo, del blue, del green y de las cuevas de la calle Florida.

Y ceno viendo Los Simpsons que me hacen mucho más feliz, para qué vamos a engañarnos.

Mientras en España el problema nacional y europeo es que el desempleo pasa el 26% (tengo mi opinión al respecto sobre este número, pero ese es otro tema), aquí el mismo número es el de la inflación. De cara a la galería (la galería es el FMI) es del 10%, pero ya os puedo asegurar yo que es más cercano al 26%. 

No tengo ni idea de economía, ni de política económica ni de TAE, Euribor, IBI, o fondo social, pero tengo idea de lo que vale un yogur, el papel higiénico y un gintonic. Lo que en mayo de 2010 cuando llegué por primera vez costaba 3,15 pesos argentinos, costaba en febrero de 2013 4,90 pesos y a día de hoy 5,95. Ni idea de economía, pero todavía restar sé.

Como la inflación no es suficiente aliciente para la vida también tenemos cepo cambiario que prohibe (sí, prohibe) cambiar pesos argentinos a dólares o a euros. Así que te obligan a cambiarlo de forma "paralela" al precio del dólar blue en alguna cueva de la calle Florida (muy atractivas ellas) a un precio que un día es de 8, por la tarde sube a 9 y a los dos días llega a 12. Emoción al asunto le dan, eso seguro. Y también tengo mi comparativa trianual. La primera vez que cambié euros en mayo de 2010 lo hice a 4,75, en febrero de este año a 7,50 y hoy lo podría hacer a 12,2. Nos va el riesgo en esta tierra. 

Para salir un poco de la vida de los precios de Yupi y restricciones al viajero me subo en un buque con el nombre del Papa y llego a la suiza latinoamericana, Uruguay, donde acaban de legalizar la marihuana y la van a vender en las farmacia receta en mano. Son felices ellos con su mate y su viento helador, su tranquilidad y sus vacas de oro. Ahora, yo voy al supermercado y me quiero pegar un tiro si las balas no fueran tan caras. Lo que en Argentina vale 30 pesos argentinos, en Montevideo vale 60 pesos argentinos al cambio, y al cambio oficial, al que se supone que es, lo que en España vale un euro en Montevideo vale casi 4. 

Así que mi lista de productos de lujo varía en función del país. En España es un "lujo" el paquete de gulas, el Actimel y un chuletón; en Buenos Aires lo es el yogur, una triste pechuga de pollo y la Nutella, y en Montevideo lo es hasta ir en autobús.

Sigo sin saber de economía, pero siguen sin salirme las cuentas.

miércoles, 23 de octubre de 2013

La necesaria delicadeza


Desde hace un tiempo quiero entrar en un tema al que no sabía muy bien como entrar. Pero como está entrando todo el mundo con cero delicadeza, yo también lo voy a hacer, aunque espero que con más de  lo segundo, ante todo. 

Una de las cosas que se potencia en el extranjero, en mi caso, es la necesidad/ganas de ver TVE en su canal Internacional. El número 75 de mi televisión es el canal más visto en esta santa casa al otro lado del océano. Vemos el Telediario, vemos Isabel, suele caer alguna película o algún Un país para comérselo y nosotros nos sentimos como más cerca de casa aunque sin jamón. Llámennos idiotas. Me da exactamente igual.

Hace como mes y medio, en una tarde de desgana y parón cerebral, puse la televisión y saltó el 75. Vi en torno a las 6 de la tarde en Buenos Aires a una andaluza rubia, muy mona ella, dando gritos, saltos de alegría y lanzando besos sin parar. Y yo en lo primero que me fijé es en que iba en bailarinas y no en tacones y presentí que ese no era un programa normal.

El programa en cuestión se llama Entre todos, y en resumen, es un programa donde familias o gente con necesidades (que en España hoy en día no son casos aislados precisamente) cuentan su problema o problemas y la gente llama y les ayuda con dinero, con trabajo, con una casa, con comida o con lo que le dé la real gana y el bolsillo le permita. Por lo visto es un programa que ya existía en Canal Sur (el de Andalucía, para los extranjeros lectores) y que presentaba la misma rubia en planos, Toñi Moreno, pero desde verano se emite en TVE, el canal público de España.

Ese día vi el programa media hora y vi como a una niña que de pequeña se había tragado una pila le daban un humificador para no ahogarse por las noches y dinero para que la familia saliera adelante. 

El día 25 de septiembre, en plenos sanmateos, a la salida de la pelota (un deporte del norte de España, que contaré otro día) en el autobús de vuelta a casa con mi madre y mi tía, la segunda en discordia me dijo: "Esta familia de aquí detrás salió el otro día en Entre todos y, además de dinero y comida, un señor les dio 200 euros para que los niños pudieran venir a la feria porque el más pequeño que tenía 4 años no había estado nunca". Y el padre de la criatura nos oyó y nos contó su experiencia con el programa.

En las últimas semanas el programa ha recibido cientos de denuncias y de críticas por ser "amarillo", "indigno", "mostrar las penurias de la gente", "insensible", etc. Un grupo de trabajadores sociales ha escrito un comunicado en el que explican las razones éticas y de dignidad por las que este programa no hace más bien que mal y a los críticos famosos de las radios y diarios del país se les ha llenado la boca con la palabra "amarillismo". 

Y a mí, que ni soy del club de fans de Toñi Moreno, ni mucho menos de TVE, sobre todo lo último, me jode. Porque estos críticos no vieron la sonrisa de un niño exhausto por haber pasado una tarde entera en la feria pudiéndose montar en lo que le diera la gana por primera vez en su vida sin preocuparse por si sus padres tienen en el bolsillo 1 euro para darle.

Entiendo que es un programa peligroso con el que se ponen en juego muchos sentimientos, entiendo que hay mucha gente que necesita muchas cosas y no darían las horas de televisión de España ni del mundo para que todo el mundo tenga una vida digna, entiendo que a la televisión pública hay que criticarla porque sí tal y cómo está el patio, entiendo que más valdría hacer algo desde arriba que sacar las penurias de los de abajo... Lo entiendo, lo comprendo, a veces lo comparto.

Pero yo hablé con ese padre y vi a ese niño medio desmayado por un cúmulo de cansancio y de nervios, he visto un par de días más algunas partes del programa y se me ha escapado alguna que otra lagrimilla de emoción al ver como a gente que lo pasa mal les dan una segunda oportunidad y he visto en apenas un par de horas, si llega, la delicadeza con la que la rubia en planos trata a las familias, a los que llaman y a los que están en plató gritando como posesos "¡Llamada!" cuando ella grita con más euforia si cabe "¿Qué tengo?".

No sé muy bien qué pensar ni en qué lado ponerme. Pero de momento me quedo con la sonrisa del niño de Logroño que fue a la feria por primera vez, tiene comida y ropa desde ese día y material escolar para ir al colegio junto con sus dos hermanos mayores. 

¿Es amarillismo? Puede ser, pero yo hasta el momento prefiero este amarillismo al rosa reinante en mi país, que eso sí que me parece indigno y criticable. Pero sobre todo, ya que vamos con colores, me parece que tienes que ver tu futuro muy negro para tener que llegar al punto de airear tus problemas económicos y familiares en televisión, pedir porque no puedes sacar a tu familia adelante o porque te ha tocado ser el paciente de una enfermedad rara, comiéndote el orgullo y, en muchos casos, la vergüenza. A eso ninguno de los críticos se ha referido en sus monólogos. 

Con más delicadeza, por favor.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Un lugar llamado mundo


Aunque yo me empeñe en pensar que no, Logroño es muy pequeño. Y como pequeño que es lo que hagan entre 5 y 15 personas puede ser considerado una tendencia. Y en los últimos meses la tendencia que he observado en un círculo cercano es que, en vez de volver todos, se está yendo mucha más gente a países cada vez más lejanos.

Como tengo lectores economistas y son muy cuadriculados paso a explicar cada variable: llamemos "tendencia" a una exageración, a "círculo cercano" a personas a las que conozco de hace más de 10 años y a las que podría pedirles un favor si llegara el caso y "muy lejanos" a países no europeos.

En los últimos días he hablado con dos que están en la India desde hace una semana y otros dos que están en Chile desde hace escasos dos meses. Y tanto ellos como yo coincidimos en una serie de cosas que, como veo que esto se extiende, y por si sirve a alguien, voy a dejar por escrito y yo me quedo mucho más tranquila.

Cuando en febrero de 2009 (casi 5 años, madre mía) me monté en un avión en Noain (yo me fui con glamour desde Pamplona, nada de Barajas, en el aeropuerto con dos cintas y con un arco de seguridad de risa) a mí me dijeron poca cosa porque me iba por tres meses. Pero cuando la cosa se fue alargando las opiniones, expertos en migraciones y experimentados aventureros que no han salido del pueblo en su puñetera vida sacaron a relucir lo que opinaban de mi vida en el extranjero. Y hay cosas que, de verdad, aunque se piensen, mejor no decirlas.

Yo he tenido la gran suerte de que, sobre todo, mis padres y mis hermanos desde el momento uno han apoyado cada vez que en lugar de volver a casa me iba más lejos o que cuando ya volví a España me volví a pirar (esta vez desde la estación de autobuses de Logroño, a mí me gusta ser original). Aunque esta última vez no les hiciera tanta gracia porque duermen con el miedo de que la nena no vuelva nunca más. Pero no todo el mundo tiene esa suerte así que:

Llamamiento a padres de hijos dispuestos a emigrar: es muy muy muy muy difícil irse, pero muy, no lo hagan más difícil con incomprensiones y opiniones negativas, bastante acojonados nos vamos como para sumar una cosa más a la mochila.

Amigos de padres, tíos abuelos, amigos de hermanos con hijos y familia hecha y demás personas de ámbitos cercanos a la familia pero no de primer grado de consanguinidad: estas son las frases que a una persona a punto de irse es mejor no decirle:

- "Con lo bien que se está en España, ¿para qué te vas?"
- "¿Cuándo vuelves?"
- "¿Pero ahí que se come?"
- "Psss, como en España como en ningún sitio"
- "El hijo de una amiga fue y me dijo que salvo el centro era todo peligrosísimo y muy sucio"
-  "¿Qué no hay Seguridad Social? ¿y qué vas a hacer?"
- "Con lo que te cuesta el billete vives aquí la mar de bien unos meses"
- "Vaya ganas de irte..."
- "¿Ya tienes casa, trabajo, dinero para sobrevivir?"
- "Yo en tu lugar no me iría"

Y bueno, qué decir... Ni en España se está ahora mismo tan bien como se piensa, ni la gente se va por gusto (yo la segunda la verdad es que un poco sí) y, evidentemente, como en casa en ningún sitio pero si no se puede, no se puede. La gente vive sin jamón (cuesta, pero se vive), sin Seguridad Social (y así se aprende a ir al médico cuando se necesita y se valora más), ahorra para comprarse todos los billetes de avión que pueda y aprende a valorar, querer y echar de menos a quiénes quizá durante los veinti y pico años anteriores de su vida no dijo nunca "te quiero" o les dio un abrazo de menos más que de más.

Así son las cosas. 

Mi idea y la del que duerme a mi izquierda es volver. Y cuando lo hagamos, que ahora mismo no lo sabemos bien, seguiremos alucinando de lo limpio que está el metro de Madrid, de lo supersónicos que son los hospitales de Logroño, de los bueno que está el jamón en cualquier tasca de la esquina y de todo lo que nos quieren y queremos a los que, ¡oh, casualidad! en su inicio y hasta el final nos han apoyado.

Pero el resto mejor que se guarde las opiniones para cuando esté en la plaza del pueblo a la sombra. Que es que hay mucho tonto por ahí suelto.

miércoles, 24 de julio de 2013

Noja y el verano


En mi familia el tema de las vacaciones de verano es algo no negociable. Mientras mis amigas cada verano variaban e iban con sus padres a "conocer" otros lugares durante sus vacaciones, nosotros no teníamos que pensar nada y sólo recordar hacer la reserva por el mes de febrero o marzo para ir a donde siempre: a Noja, la segunda quincena de julio, al Hotel Hoya, donde iban a estar la misma gente de siempre, la misma comida de siempre y el mismo mal o buen tiempo de siempre según tocara.

Cuando era pequeña yo decía dónde iba de vacaciones y me limitaba a "un pueblito cerca de Santander" porque ni el Tato sabía dónde estaba Noja y mucho menos que ahí se podía ir de vacaciones. Luego nos quitaron los caminos de tierra y cuatro vacas que por ahí pululaban, llegó la asfaltadora, salieron casas de debajo de las piedras y con ellas miles de turistas dispuestos a convertir Noja en un lugar de vacaciones. He de reconocer que vendrá bien para la economía del pueblo pero a mí me sobran.

El ritual de cada año es el mismo. Mi madre hacía (y hace) la maleta la noche anterior (la misma mañana si vamos a viajar de tarde), mi padre se cogía el primer cabreo de las vacaciones al ver el volumen ingente de equipaje que podíamos hacer entre todos y su sentencial "esto aquí no va a caber, ¿pero a dónde vais?" y al final salíamos una hora y media después de lo previsto con todo el equipaje encajadito incluida la plancha, los cuatro sentados atrás (sin cinturón, no sé en qué momento cupimos los cuatro atrás y respirar al mismo tiempo) con alguna bolsa entre los pies y aguantándonos la risa. Pero con el tiempo hemos mejorado la técnica. Para evitar el mosqueo a mi padre le dejamos en casa viendo el Tour y echándose una cabezada mientras mi madre y yo llenamos el coche y así no ve las maletas. Y de cuatro pasamos a tres, luego a dos y finalmente a uno que me temo que en vez de personas llevará maletas a su lado. 

Pasamos Bilbao (antes lleno de mugre y negro, ahora Disney), aguantábamos atascos interminables cuando no había autovía, sonaba Nino Bravo en la radio, pasábamos Laredo y veíamos el mar, llegábamos a la rotonda previa al pueblo y de repente mi madre soltaba (y suelta) a lo "tierra a la vista" de Colón un "ya estamos en la Farmacia" (la de la entrada a Noja). Todos contentos.

Y entonces llegábamos a la Playa del Ris y al Hotel. Al Hoya (Paseo Marítimo 3, Playa del Ris, ya estáis llamando). Un hotel en primera línea de playa que pasaban los años, iba mejorando en algunas cosas (y modernizándose) pero mantenía su terraza, su bar, su todo que hacía que fuera nuestro hotel de siempre y no una nueva construcción ahí en mitad de casas y más casas. Con su campa, con sus columpios (pasaron a mejor vida los neumáticos dónde nos clavábamos las cadenas en el culo), sus rabas inigualables y su "algo con patatas fritas" en el menú que nos va poniendo a todos redondos a medida que pasa la quincena y no dejamos de tragar ni aunque nos vaya la vida en ello (eso con buen tiempo, con mal tiempo y más horas libres, más comida).

Pero lo bueno de Noja, independientemente de que medio Bilbao decida invadirnos, es la gente que año tras año (con sus bajas, que los niños nos hicimos mayores y adquirimos algunas responsabilidades y destinos lejanos) vamos a estar ahí. Los que a pesar de sólo verlos 15 días al año, con suerte, son amigos. La mitad son de Madrid, un 40% de Logroño y el resto se reparten entre Pamplona, Burgos, País Vasco y poco más. 

Ahora las cosas han cambiado pero cuando era pequeña tenía que soportar a los lelos de Madrid decirme sin parar "Logroño es un pueblo, seguro que hay vacas por la calle" o reírse cada vez que decía "hala, majooooo" (porque a mí esto del acento se me ha suavizado con los años, pero de pequeña llevaba el riojanismo en la voz). Yo protestaba, me cagaba en todos los seres del cielo por no haber nacido en Madrid y luego me cansé y supe que el tiempo aclararía todo. Así ha sido, ahora los de Madrid suelen visitar Logroño, sin vacas, y se lo pasan bien...

También fue el lugar dónde un día con 15 años salí por primera vez por la noche, volví a las 7 de la mañana y me cayó la del pulpo en el desayuno. El mismo año que al irme estuve llorando hasta Bilbao. El lugar donde un día me pedí una copa con 18 años y no hubo nunca marcha atrás. Donde tenías derecho a un helado al día, después de comer o después de cenar, pero no dos. El lugar donde nos han pasado cosas que no puedo reproducir por el bien de la reputación de nuestras almas adolescentes (y no tan adolescentes) y donde vimos caer un rayo a una pareja sin saber muy bien qué es lo que acababa de pasar. 

Donde un año a una de las madres le dio por pintarnos camisetas a todos con nuestros nombres e íbamos uniformados; donde se pasó del ciclismo al pádel, del pádel al tenis y del tenis al golf como si el deporte fuera motivo de las vacaciones; donde era deporte nacional jugar a las chapas alrededor del hotel y había que pirarse a la cama cuando llegaba el camión de la basura sobre las 23:30 y donde año tras año había un motivo para organizar un aperitivo de dos horas por un cumpleaños acabado en cero o en cinco, un nacimiento, una boda o una comunión (y después comemos no nos vayamos a quedar con hambre).

Un lugar de vacaciones donde las únicas preocupaciones son cumplir la norma de no bajar a desayunar más tarde de las 11, bajar a la playa si hace sol (aunque sea a dormir), esperar en la escalera a que salga si algún alma cándida ha dicho aquello de "va a levantar, seguro", pensar algo alternativo por si llueve y disfrutar. Porque las vacaciones, como las bicicletas, son para el verano.

Y para mí no hay verano sin Noja. Como éste, aunque estar en pleno invierno ayuda a llevarlo.

jueves, 11 de julio de 2013

El día que ganamos el Mundial


Hace tres años, camiseta y bandera en mano, estuve gritando en medio del Obelisco de Buenos Aires todas las canciones que incluían la palabra "España"o "campeones" hasta que mi garganta dijo basta. Y aunque ya han pasado 36 meses, para mí han sido como 36 minutos.

El Mundial del 2010 para mi era especial. Estaba muy lejos de casa así que no iba a poder ver los partidos con mi padre como acostumbraba y además estaba en Argentina donde ya me habían avisado que, de no ganar, la depresión nacional podría durar un mes como mínimo.

En no sé qué empeño de que yo aprendiera SQL (un programa estadístico -me han corregido, no es un programa, es un lenguaje- de esos de muchas tablas, muchos números y muchas cosas que no entiendo a día de hoy) mis jefes me apuntaron a un curso que justo comenzaba el día que España se estrenaba en Sudáfrica frente a Suiza. Yo que soy muy aplicada fui al puñetero curso, en pleno Microcentro (ese barrio porteño que no aconsejo ni al peor de mis enemigos) y de vez en cuando echaba un ojo al Marca para ver cómo iban. Y ahí, en una de las ojeadas, vi de repente un 0-1 que me encogió el alma. Cuando llegué a la oficina tenía encima de mi mesa una tableta de chocolate con la bandera suiza. Compasión la mínima. Esto es Argentina, el fútbol es así. Así que yo declaré la guerra.

Cuando llegué a casa esa tarde me calcé en la muñeca una pulsera con la bandera de España que colgaba de mi maleta. Ese tipo de pulseras que si me la pongo en la Península sería un signo de facha. Esa. Yo me la puse y no me la quité ni para ducharme porque, aunque la historia y las estadísticas, y los comienzos y los titulares con la pobre Carbonero como dueña y causa de todos los males (como Arbeloa hoy en día) y el puto pulpo apuntaban a que no íbamos a pasar de cuartos, yo quería creerme que sí y quería defender a mi Selección como si fuera la mejor del universo ante los argentinos que tanto me hinchaban las pelotas.

Fuimos avanzando, fuimos ganando, fuimos demostrando cómo leches se hacen 14 pases seguidos sin que te quiten la pelota, por el camino se quedó Francia, Italia, Argentina (y llegó el silencio a una de las ciudades más ruidosas del mundo, y la depresión prometida y advertida), me ponían reuniones a la hora de los partidos de España, decían que una Eurocopa no era signo de nada... y entre una cosa y otra un 11 de julio me desperté junto con mi amiga Elena, a las 10 de la mañana y vestida de rojo, para recorrerme Santa Fe y Florida en busca de una camiseta de España que no tuviera que pedir un crédito para pagarla. En 3 horas conseguimos que un grupo de vascos nos pintara en la cara la bandera de España en las puertas del hotel Plaza y una camiseta blanca con el signo de la federación y un "España" en la delantera. Suficiente. 

Tras dar mil y una vueltas buscando un bar con gente para ver el partido que empezaba a la hora de comer, en el bar número 5 miramos hacia atrás y nos dimos cuenta de que ya no éramos 15 sino casi 40, así que con conseguir un bar vacío nos bastaba, ya lo íbamos a llenar. Lo encontramos. Nos sentamos. Y empezó el infierno. Yo sudaba (pleno invierno), gritaba, me levantaba cada 5 minutos porque no podía creer que no iba a poder llamar a mi padre para gritarle "campeoooooonessss" por teléfono aunque la llamada me iba a salir como la camiseta. Pero ahí, entre cerveza, patatas, un fernet, otras cuantas cervezas y una coca cola para rebajar, llegó el minuto 116 en el que empecé a llorar y se me puso el corazón a la misma velocidad que el día que me monté en un avión para irme de España. 

Y llamé a mi padre. Y le grité. Y fui cantando desde Reconquista y Marcelo T. de Alvear al Obelisco como si no hubiera un mañana y por el camino me pude comprar una bandera de España como dios manda, bueno, dos, que una la rompí en el momento (porque aquí los bolivianos son como los chinos, tienen una rapidez innata para vender lo que se necesita en cada momento). Porque si de normal digo con la boca bien grande que soy española (a día de hoy también aunque detrás vaya un "están al horno, ¿no?") ese domingo de julio lo hice a grito pelado sin importar la hora, el lugar, ni los modales. 

Y al día siguiente sufrí las consecuencias en la oficina. Mi no voz y mi lumbago me impidió decir todo lo que tenía para decir pero compré El País por el camino y lo colgué detrás de mi silla. Y no me quité la pulsera hasta que se pudrió dos meses después.

Habíamos ganado un Mundial por primera vez en la historia.