viernes, 16 de octubre de 2015

Ni los primeros ni los últimos


No somos los primeros en irnos. Ni vamos a ser los últimos. Desde hace 7 años todos los días sale de Barajas al menos una persona que tiene que dejar España para buscar trabajo en otro lugar. Algunos deciden quedarse en Europa y otros saltan océanos como si fueran charcos. Pero en esta cuestión la valentía, o la lejanía, no se mide en kilómetros. Da igual que vivas a 400, 4.000 ó 14.000. Te vas. No vas a estar en los cumpleaños, en las bodas de tus amigas o en las cañas de cualquier jueves al salir de la oficina. Suena triste, y hay días que lo es, pero ¿y qué hay de lo bueno?

El 25 de febrero de 2009 me fui desde Noain (Pamplona) a Washington DC. El 9 de mayo de 2010 de Washington DC a Buenos Aires. El 24 de noviembre de 2011 de Buenos Aires a Madrid. Y el l4 de febrero de 2013 de Madrid a Buenos Aires otra vez, donde estoy desde entonces y donde de momento tengo idea de quedarme.

En estos casi 7 años fuera de mi casa me ha pasado de todo. Bueno y malo. Y buenísimo también. Evidentemente me jode perderme el nacimiento y crecimiento de mi sobrino, me duele no estar para ver todas las semanas a mi abuela, se me saltan las lágrimas viendo a amigas vestidas de blanco por la pantalla del móvil y, en el terreno superficial, todavía no sé cómo estoy mes tras mes sin comprar ni un triste calcetín esperando a llegar a mi querido Zara. Pero estos 7 años también están haciendo que sea la persona que soy.

Quizá si no me hubiera ido ese 25 de febrero seguiría sin decir una palabra decente en inglés. Quizá si no me hubiera venido ese 9 de mayo no hubiera conocido a la persona con la que comparto mi vida y con la que me voy a casar en un año. Quizá si no me hubiera vuelto a venir aquel 14 de febrero no estaría escribiendo sin parar cada mañana, que es lo que más me gusta. 

Puede ser que si no me hubiera ido nunca hubiera conocido a una persona judía, a 40 coreanos que me han enseñado que hay algo más que tecnología en Seúl, a entender lo duro que era para un homosexual en los 80 salir del armario o a comprender que el "qué dirán" no es tan importante.

Si no me hubiera ido no querría tanto tantísimo a mi familia. O sí, pero jamás se lo hubiera dicho por todas las vías posibles. No hubiera apreciado lo que es una calle recién limpiada con agua con olor a limón, lo que es un metro donde te puedes sentar en el suelo y lo lejos que te puede llevar en la mente una buena tortilla de patata y un buen plato de jamón.

Me han encasillado dentro de esa "fuga de cerebros" de la que tanto hablan los medios. Pero yo no me he fugado a ningún sitio, simplemente me he ido a otro lugar para engrandecer aún más ese cerebro que España comenzó a formar y no pudo rematar por hache o por be.

Son muchas cosas las que todos los días echo de menos. Pero son muchas más las que estoy aprendiendo y adquiriendo al estar fuera. Cosas que, espero más temprano que tarde, pueda devolver a mi país, a mi gente, a mi lugar. 

Porque no somos los primeros que nos vamos. Y tampoco vamos a ser los últimos en volver.

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