Tras casi un mes y medio en España estoy de vuelta en Buenos Aires. Eso conlleva tener el corazón partido. Por un lado por la casi necesidad de volver un poco a la rutina, a mi mesa, a mis madrugones de las 6 de la mañana y, por encima de todo, de ver al que duerme a mi izquierda que valientemente me ha esperado (con muchísimas más ganas desde que acabó el Mundial, todo hay que decirlo). Por otro, pena por dejar mi casa, mi sobrino, estrella del hogar indiscutible, mi familia y amigos, mi jamón, mi Zara y todo lo que compone mi mundo en España que seguirá esperándome en Navidad cuando vuelva.
Y entre cuento y cuento de lo que he hecho y dejado de hacer en Logroño, Madrid, Pamplona, San Sebastián y Noja, he confirmado por enésima vez que vivo en un país muy parecido al mío, pero a la vez muy diferente. La mentalidad es otra, la cultura y las costumbres también, y lo que para mí es normal aquí no lo es y lo que aquí es raro para mí puede ser habitual.
Ejemplo claro: mientras yo me tostaba al sol a finales de julio ajena a la prensa (ni diarios, ni televisión, ni radio), cada mañana en el desayuno del hotel alguno de los padres que sí están diariamente informados me venían con cara de susto a ver que opinaba del "default" argentino, que si iba a volver a Buenos Aires, que si tenía dinero en el banco aquí, etc. Yo el primer día pasé (al fin y al cabo ya estoy mimetizada con la incertidumbre y crisis económica permanente), el segundo leí el periódico y dije "más de lo mismo" y el tercero ya pregunté a mi contraparte a ver qué pasaba. ¿Que qué pasaba? Pues nada. Que el mundo sigue rodando y hay una crisis que solucionar con los buitres. Una como otras ciento cincuenta mil a las que el país tiene que hacer frente. En España se hablaba de una segunda parte del Corralito y aquí la gente iba a trabajar como si nada, que es lo que toca.
Y de la misma forma que algunos españoles se reían (por no llorar) cuando les comentaba que no pasaba nada, de verdad, a mí me ponen la misma cara cuando cuento costumbres nuestras que, visto desde fuera y con perspectiva, son muy difíciles de explicar. La mitad de las veces porque no tenemos, bueno, tengo, ni puñetera idea de los motivos o la historia, y la otra mitad porque son algo que siempre han estado ahí y yo nunca les había buscado explicación. El top five es:
El rey: que haya una persona por origen divino del cielo que sea el Jefe del Estado, representante del país, viva en un palacio y tenga millonadas en parte gracias a las arcas del Estado es algo que un argentino no entiende. Lo ven como algo del siglo XV, algo antiguo, arcaico. Yo he intentado explicar la monarquía, pero se me terminan los argumentos.
Los toros: al margen de ser o no defensores de los animales, es complicado explicar por qué la gente paga mucho dinero para ir a una plaza redonda a ver matar 6 toros jugándote la vida. Partamos de la base de que yo no entiendo de toros pero he ido muchas veces (más por el gin tonic y el ambiente, para ser sinceros). Pero el nivel de preguntas sobre este arte llega a tal punto que al final siempre acabo con un "es que es así y punto".
La Lotería de Navidad: "¿Pero cómo, que os gastáis mil eurazos desde agosto en décimos para un sorteo anual del que solo ganarías 300.000 y encima Hacienda se queda el 16%? sois más gallegos de lo que yo pensaba". Esa, esa es la reacción media a pesar de que yo insisto en la histórica labor con los niños de San Ildefonso.
Las uvas de Nochevieja: me he llegado a meter en Google para tener una historia chula que contar sobre esto pero es que según qué artículo leas unos dicen una cosa y otros otra. Esta por lo menos les hace gracia, sobre todo que todo un país se ponga de acuerdo para hacer lo mismo todos a la vez (como decía Mecano).
Las tapas: yo cuento que los sábados ceno con mis amigas vinos y pinchos en una calle de 500 metros en la que solo hay bares y restaurantes y la cara de póquer es importante. A medida que la gente está viajando a España y está descubriendo esta gran tradición y costumbre, me dan la razón en que es lo mejor del mundo. Ahora, otro tercio es argumentar porqué los jamones de cerdo cuelgan del techo, la vajilla se puede dejar en la calle y las servilletas, sin ningún tipo de problema, se tiran al suelo (y que el bar con más servilletas y serrín en el suelo es mejor).
Si algún alma caritativa tiene a bien ayudarme en esta ardua tarea de extender las costumbres españolas por el mundo, por favor, que coja el primer vuelo con destino a Buenos Aires. Yo desisto pero pongo el sofá.

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