miércoles, 3 de septiembre de 2014

Historia de una década


Esta semana hace 10 años que empecé la Universidad. No lo sabía. Pero el día 1 empezó el curso en Pamplona y haciendo cuentas, y llorando mientras las hacía, me di cuenta de que este curso lo empiezan los nacidos en 1996 y yo tengo 10 años más, así que sin cursos repetidos de por medio y si las matemáticas siguen siendo las matemáticas de siempre, este septiembre hace 10 años que llegué a Pamplona. Ese día...

Ese día, un sábado de San Mateo que eso lo tengo grabado a fuego, mis padres me dejaron en un Colegio Mayor rodeada de 119 chicas con las mismas ganas, temores, acojone y edredón nuevo que el mío. En una habitación 2 por 2 con 3 luces que no podían estar encendidas al mismo tiempo, con una ventana con pinchos para que no se posaran las palomas y tres muebles: una estantería, una cama y un escritorio. No internet, no televisiones (miento, una para 120), no luces dadas más tarde de las once de la noche. Y sobreviví. No sólo sobreviví, sino que por voluntad propia estuve ahí metida dos años rodeada de la que son mis mejores amigas de esa época.

Dos días más tarde pisé por primera vez la Facultad como alumna. Nos costó llegar. Es más, nos perdimos y tuvimos que caminar por una especie de jardín-terraplen para no llegar tarde. Ahí descubrí que las del sur, de Málaga y Sevilla para ser más exactos, estaban igual de asilvestradas que yo. No sé en qué momento se me ocurrió que polo, vaqueros y zapatillas era un buen atuendo, pero así fui, eso no lo puedo cambiar. Y al llegar y cruzarme con Susana (sí, esta Susana) fuimos a un Aula 6 llena hasta la bandera. 

Gente que vi ese día nunca más la volví a ver. Me enteré de qué iba a hacer ahí durante 4 años, qué se podía hacer y qué no, cuándo y cómo iba a tener que bajar a la facultad con ese portátil ACER que pesaba 4 kilos y medio (pero era un portátil, los de 30 años antes iban con Olivetti que pesaba 15) y un millón de cosas más pero en ninguno de los discursos que oí esa mañana se nombró la palabra "crisis". Y yo desde ese momento fui feliz.

Soy de 1986. La universidad (quitando el último año que todo cambió) la hice sin internet en casa, sin Facebook, ni Twitter, mucho menos Skype. Con un Nokia que daba para llamar y recibir SMS, especialmente los fines de semana que Movistar se portaba bien y por 3 euros te daba mensajes ilimitados, y para jugar a la serpiente. Ni embrión de lo que sería WhatsApp. No tenía cuenta de Gmail, seguía con un triste Hotmail que mi hermana no sé en qué momento pensó que ese nombre que me puso era "bueno", ni este blog, ni Kindle, ni nadie tenía una cámara de fotos para inmortalizar cada momento ni para hacerse una foto en el letrero de Fcom de la puerta. Ahora todo esto es historia.

Bajaba a la Facultad andando (por el camino correcto, el terraplén solo fue una vez), siempre corriendo porque llegaba tarde, me mojaba cuando llovía, me asaba cuando hacía calor y rezaba para que nevara y se suspendieran las clases un par de días en pleno febrero. Los primeros meses se podía fumar en el edificio, creo que hasta en clase, luego sólo en la cafetería y dos años después los fumadores tenían que salir a la calle. Los exámenes eran después de Navidad y en junio, las asignaturas tenían créditos por cada 10 horas, ni europeos ni universales, créditos sin más y ni en nuestro más lejano pensamiento estaba la idea de tener todos la misma sudadera de la Universidad. Todo esto es historia.

Los domingos se cenaba en McDonalds junto a los 9.372 alumnos restantes que había en la ciudad y se iba vestido como si fueras a Marengo. A Marengo se iba si conseguías entradas antes de que petara (ahora me han dicho que no existe), tomabas cañas en Pasadena y cogías el autobús para ir a casa los viernes en una estación de autobuses en la que lo que menos podías agarrarte era piojos. Todo historia.

Dejarse la tarjeta de entrada era un reto, conseguir en el CTI un ordenador libre en un descanso antes de entrega de práctica una odisea y estar la primera en la fila de la fotocopiadora una heroicidad. Ahora está el iPad. Lo demás historia.

Historia en 10 años. Una década desde que me senté en un silla que no era silla, empecé a escribir en una mesa que no era mesa y escuché cosas que jamás había escuchado por un micrófono y que ahora, con el paso de los años, entiendo. 

Hace 10 años empecé a crecer. Y lo peor es que todavía no he terminado y ya están empezando a hacerlo los que saco 10. Diez.

3 comentarios:

Unknown dijo...

Joder Inés, me has hecho llorar. Menudos lagrimones melancólicos caen ahora mismo por mi rostro... Imagínate cómo me siento yo que soy del 84 y este año he estrenado los 30!!

Un fuerte abrazo. Espero que todo vaya bien. Avisa cuando vengas por Pamplona, que se te echa de menos!!

Aaron dijo...

Buenísimo.

Inés Royo Oyaga dijo...

Ay, mi delegado! que no había visto tu comentario... No llores, alégrate de todo lo pasado ;) Vuelvo en Navidad así que si piso Nafarroa te aviso. beso enormeeee"

Aaron, GRACIAS!