martes, 30 de diciembre de 2014

Grande 2014


Mi lista de propósitos para 2014 nunca la escribí. Decidí hacer mejor una un poquito más a medio plazo con 30 cosas que hacer antes de cumplir 30 en abril de 2016 y en ello estamos. Pero entre comer algodón de azúcar, seguir escribiendo en este blog y tener una planta y que no muera, este 2014 ha vuelto a ser especial y ha supuesto el principio de un 2015 que, por lo menos, empieza diferente.

Volví de España a Buenos Aires en enero con 5 kilos de más, 2,5 en cada pata, otros 5 para el que duerme a mi izquierda y una hermana que ya compraba ropa de bebé dos meses antes de la dulce (y larga) espera. Cuando nos dimos cuenta de que flotábamos más de lo habitual en la piscina en pleno verano y que no nos abrochaban bien los pantalones empezó la aventura "gimnasio fase 2" en la que se incluye mi vuelta a las aguas y en la que ya no se tienen agujetas al reírse sino agujetas al hacer fuerza con músculos que no sabía ni que existían. Pero gracias a dios la cosa (yo era la cosa) fue volviendo a su estado normal por el gimnasio y por la desintegración debido al calor. Por primera vez en la vida viví un día a 47,2 grados. Y no se lo recomiendo a nadie.

Con febrero llegaron los anuncios de la vuelta al cole y nuestro particular verano mientras en España nada se movía y los nervios afloraban. Fuimos turistas en Buenos Aires, comenzamos a tachar de la lista sitios que aún nos quedan por ver y, a contracorriente, me fui a la costa cuando todo el mundo volvía a capital y pasé 5 días adoptada por los Velázquez, a los que les dije que adoro la playa y les faltó dejarme a dormir allí (aunque cometí el error de echarme una siesta cual morsa y me desperté sin nadie alrededor y con un cartel en la arena que decía "gaita" por si no me quedaba claro quién era).

En marzo llegó El Momento cumbre del año. Un día del padre en el que mi hermana se disponía a no comprar la clásica camisa, o en su defecto corbata, de camino a por la novedad más novedosa de los regalos para padres que podáis imaginar, Miguel decidió venir a este mundo. Y nuestra vida, a cada uno en su grado, cambió para siempre. La mía en la distancia pero un bebé de apenas 50 centímetros era el centro de atención a cada movimiento, ruido o dedo que movía. Pero a mí me faltaban todavía tres meses para darme de verdad cuenta de que había sido tía

Con abril y el final del verano decidimos despedirlo en Mar del Plata para dar una sorpresa a Martín. Pero la sorpresa se quedó en intento. Los Velázquez volvieron a acogernos como a dos más, engordamos uno de los kilos perdidos en dos meses, y a fin de mes, el día 28, llegaron los 28 y su correspondiente celebración de 4 días. Descubrí que en Buenos Aires no estamos tan solos como yo creía y me volví loca en las tiendas de cotillón intentando comprar accesorios como para una boda. 

Mayo fue complicado por todos los lados del océano y del río de La Plata pero lo superamos. Lo empezamos en Punta del Este y viendo atardecer en Punta Ballena, celebré mis cuatro años en Buenos Aires y lo terminé en el Teatro Colón viendo a la Filarmónica de Buenos Aires. Una que va creciendo. Pero fue el mes en el que el de la izquierda se multiplicó por 14 y estuvo en todo momento en donde tenía que estar. El Madrid ganó la Décima, Miguel abrió los ojos al mundo y descubrió que la familia no se elige, te la dan, y vimos a Drexler en el Luna Park.

El viaje a España para las bodas del año fue mi particular cuenta atrás de junio. Como siempre que voy a viajar empecé a soñar con aviones y aeropuertos pero un Mundial en el que decidimos estar equipados y compramos la camiseta de España y Uruguay (mejor se hubieran quedado las camisetas en Retiro) y el 31 cumpleaños del de la izquierda, al que le regalé una pulsera cuentapasos con la que sigue obsesionado a día de hoy (que también le cayó a mi santo padre por su cumpleaños días antes), hicieron la espera más llevadera. El día 24 de junio llegué a Madrid, descubrí que existía la Coca Cola Zero sin cafeína, me enteré de que en la oficina iba a haber un integrante más y a la 1 de la tarde, en una estación de autobuses en la que nunca falta un calzoncillo en el tenderete de los vecinos de arriba, cual Simba en El Rey León, me presentaron a mi sobrino. Y, a lo argentino, morí de amor. 

Con la resaca de la despedida de soltera de mi tocaya, el verano inexistente en el que no salía el sol, los recuerdos del campus de fútbol y mis primeros pañales puestos del revés, llegó un julio cargado de eventos y celebraciones. Con un vestido corto que ni en mis mejores sueños me había atrevido a ponerme y con unos tacones ilegales, me dispuse a darlo todo en las bodas del año. Ahí echamos el resto. No sabemos si por aprovechar la ocasión o porque mirando alrededor nos dimos cuenta de que para la próxima, como mínimo, pueden quedar 4 o 5 años. Y para terminar, como las bicicletas, Noja es para el verano y volví a vivir 10 días de Hotel Hoya, playa y patatas fritas como hacía años que no vivía. Me volví de otro color.

Con mi moreno playero y la pena más grande del mundo por dejar a mi sobrino en casa, me planté el 8 de agosto en un Buenos Aires en el que el invierno decidió esfumarse y darnos una tregua con 30 grados a la sombra y los de aduana estaban de huelga. el de al lado me dijo "como para traer droga" y yo solo pensaba que en vez de 250 gramos de jamón podía haber llevado un kilo. Por aquel entonces tomé dos de las decisiones del año: empezar a correr y probar suerte con una beca para Georgetown. Pero hasta meses más tarde ninguna de las dos dieron sus frutos. Mientras tanto seguía de turismo en la ciudad aprovechando las visitas, compramos unas plantas que siguen vivas (o al menos hasta hace 3 semanas que me fui) y viví virtualmente otra de las bodas del año a la que el océano me impidió asistir.

Septiembre comenzó con la tradicional celebración de nuestro aniversario, con la diferencia de que ninguno de los dos nos dimos cuenta de qué día era y nos despertamos como si nada. Pero tuve mis rosas. Y volví a morir de amor por segunda vez en el año. Desde España un bebé ya no tan bebé comenzaba a dar gritos, a medio gatear y a poner caras de sorpresa cuando me veía el careto a través del iPad y una amiga entre gritos de teléfono me comunicó que en julio de 2015, viviera en China o en Madagascar, iba a tener que estar en San Sebastián para verla pasar por el altar. Recibimos en casa al alemán que me recuerda todos los días que soy "la del sur", fui a las carreras de caballos, aposté y gané una cena, aposté dinero y perdí, y me di cuenta de que hacía 10 años que entré por la puerta de la facultad y me entró una cosa dentro que no sé todavía qué era. En ese estado medio de limbo recibí mail de Washington y la cita para mi entrevista por Skype mientras uno de mis amigos ponía fin a cinco años de estudio convirtiéndose en Doctor. Y durante una semana mi mente se convirtió en gringa y saqué del sótano el inglés que sé. Terminamos el mes con la mejor visita del año, la de mi suegrita, y respiramos tranquilos.

Mar del Plata y los Velázquez nos volvieron a recibir en el puente de octubre. La primavera llegaba a trompicones, en Buenos Aires llovía todos los fines de semana del calendario y en la cinta no pasaba de los dos kilómetros sin dejarme el hígado en el intento. Viajamos a Uruguay a votar. Y en el puerto, al ver que no había un alma el día en el que más viajeros cruzan el Río, al mismo tiempo que ratificaba que me había equivocado de barco y que salía dos horas más tarde leí el mail del año con un asunto que no dio lugar a dudas de entendimiento "Congratulations, Ines" y entre gritos, en directo y a través del teléfono (este año ha habido mucho grito), me di cuenta de que iba a volver a Washington DC. Con la emoción en el cuerpo el de la izquierda votó porque quiere (y por obligación) y yo canté las canciones del Frente Amplio como si fuera el himno del Real Madrid. Para cuando quise darme cuenta de que llegaba noviembre y mi 2015 iba a ser diferente me encontré a mi primo en la televisión al lado de Cristiano Ronaldo como mejor jugador de la temporada. La vida tiene estas cosas.

De nuevo comenzó la cuenta atrás para el viaje a España. Empecé a soñar con aviones, con aeropuertos y con el inglés. El poco moreno que duraba de agosto comenzó a quedarse conmigo con mis visitas a la azotea de casa y entre informes, elecciones de Estados Unidos, cenas, cumpleaños, teatros, más visitas y nuestra tradicional día de polo en el que con 35 grados a la sombra yo llega un momento en el que no veo ni los caballos, noviembre se nos fue de las manos. Una tarde sin previo aviso ni anestesia me vi en la cinta llegando a 5 kilómetros con fuerzas para hacer más y me sentí la mejor del mundo entre un mar de sudor y dos viejas que corrían más que yo. Lo celebré. Y terminamos el mes en el Teatro Colón en la ópera y de nuevo viajando a Uruguay en el peor viaje de la historia de los viajes en barco. Yo me veía a la perfección en las noticias como "la española que viajaba en Buquebús y sufrió un naufragio" mientras veía un documental de un indio que ha plantado un bosque de 5 hectáreas en medio de un solar en la India. Me veía en forma como para nadar y que no me muriera en el intento pero nunca había tenido ganas de llorar por miedo hasta ese momento. Aunque mereció la pena el viaje.

Bajo el sol de diciembre, los primeros días de verano porteño y nervios por la despedida inminente descubrí el Barrio Chino de Buenos Aires (que me flipó) y disfruté de las picadas, las Coronitas (en Argentina Coronas) y los nachos en la terraza de casa en la mejor compañía. Un domingo me vi bajando las maletas llenas de jerséis de lanas y bufandas y de nuevo Aeroparque fue testigo de las escenas de despedidas amorosas que el de la izquierda y yo protagonizamos cada año y medio o dos años porque nos va la marcha. Llegué a España tras 24 horas de viaje y llegué a la misma estación de autobuses con calzoncillos colgantes que en junio, solo que vi a un bebé que no era bebé, me sonreía sin tener ni idea de quién era y ahora mismo me alegra todas las mañanas mientras estoy en España. Viaje a Madrid, sentí que no me había ido nunca y conocí el Santiago Bernabeú y me emocioné. El resto del mes... en casa, en familia, con mis amigas, las de siempre y las nuevas, y trabajando, que gracias a dios es lo que tengo y me toca hacer.

Son muchas la cosas que han cambiado mi vida este 2014. Cambios grandes, que no se van a mover de mi lado o que probablemente me vayan a cambiar la vida aunque sea un poquito de cara al futuro. Pero, con sus momentos bajos y altos, ha sido el año en el que me he dado cuenta de que, aunque no quiera, soy mayor. Pero necesito a los de siempre cerca para ayudarme a serlo. 

Gracias por cada momento a mi lado, por cada herida curada, aunque fuera un puntito de nada, y por copa chocada en un brindis. Por acogerme como a una hija sin serlo, por recordarme que lo sigo siendo aunque estoy lejos, por seguir confiando en mí y en mi trabajo aunque ahora ponga más tierra de por medio y por escribirme a un chat del móvil o por Skype que para mí son la vida y la mejor forma de sentir y saber que aunque no estoy en el día a día alguien se acuerda de mí en algún momento y sigo formando parte de algo.

Grande, 2014.

Te espero con muchas ganas 2015.

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