Hoy hace 5 años que me monté en un avión en Noain, ese gran aeropuerto de Pamplona con dos cintas y un arco de seguridad, rumbo a Washington DC. Podría decirse en bonito que fui a hacer las Américas, en busca del sueño americano o a hacerme una mujer de provecho, pero la realidad de la vida es que fui a aprender inglés. Y encima no aprendí. Bueno, un poco.
Cinco años después creo que es momento de admitir que cuando llegué no sabía lo que era un CVS, no me atrevía a pedir un vaso de agua y no entendía por qué todo el mundo me decía "you're welcome". Cosas de la vida, pero así fue. Todavía me acuerdo del acojone monumental que se me quedó cuando yo y mis tres maletas (ligera de equipaje nunca he ido) nos quedamos en el hotel del 2500 de Pennsylvania Avenue a verlas venir mientras se iba el autobús de los alumnos del máster con los que había ido y me quedaba sola ante el peligro. Y cosas de la vida, hoy en ese hotel está durmiendo plácidamente mi hermano.
Cinco años después me acuerdo de mi desesperación por encontrar una casa donde poner mis bártulos. La que no era cara, estaba lejos, la que no me pedía un garante gringo, o un historial de crédito gringo, o las dos cosas. Cosas de la vida salieron al rescate dos argentinos y ahora vivo en su país. Recuerdo mi impotencia en querer hablar y no saber, el no poder decir todo lo que tenía para decir por no saber construir una frase más allá del "sujeto, auxiliar y verbo" que en mi cabeza repetía Tere la de Inglés. Cosas de la vida me fui soltando y empezó la desgracia de los de mi alrededor.
Allí aprendí más que un idioma. También a beber cerveza, que la secadora rompe la ropa, que Latinoamérica es muy grande y el español (el idioma) une, a querer amigos de meses como si fueran hermanos, a salir de fiesta y estar a las 3am en la cama, cuando no eran las 2, o lo que se valora una comida familiar cuando no las tienes cada domingo. Allí me comí mi primera ensalada y mis primeras espinacas, hice mi primera presentación en inglés, defendí a capa y espada cualquier cosa que fuera criticada a España y tuve tres "hijas" a mi cargo que a día de hoy sigo recordando y queriendo como si fueran mías.
En un momento de euforia y ya puestos a reconocer cosas, un momento de pedo monumental a margaritas heladas, me dieron la oportunidad de mudarme a Buenos Aires, ese del que yo solo sabía cosas lindas, tango, mate y fútbol. No me lo pensé dos veces (quizá hubiera sido una buena idea hacerlo) y Argentina me dio otras mil primeras veces y "aprendí a" que no caben en esta entrada pero ya tendrán su lugar. Y lo sigue haciendo. Lo mismo que Madrid.
En estos cinco años he vivido en tres países, siete casas diferentes, he manejado tres monedas y casi tres idiomas (el argentino suma). Empecé de prestado en un sofá y ahora duermo con un ser a mi izquierda en un departamento en el centro de Buenos Aires. Me fui con 22 y estoy a punto de cumplir los 28. Tenía tres maletas y ahora tengo unas cuantas más. Me fui con amigas en botellón y en verano voy a ir a bodas de varias de ellas y he visto nacer a la primera hija melena. Me fui con dos hermanas trabajando y un universitario y una me va a dar mi primer sobrino, la otra ha pasado al mundo de la farmacia y el otro me manda fotos desde la Casa Blanca. Me fui con un padre en un banco y ahora es concejal y casi jubilado. Me fui con una madre harta de poner lavadoras y ahora no ve el momento de que vayamos para ponerlas.
Cosas que cambian, que crecen, se van y vienen. A excepción de una que me niego y obligo a que no pase: acostumbrarme a estar fuera.
Me fui una y soy, en parte, otra. Y todo en cinco años. Cinco enormes años.

1 comentario:
¡Qué bonita eres y qué bien lo cuentas!
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