sábado, 8 de marzo de 2014

Un lujo, la playa


Hace un par de años cuando vivíamos en Madrid al que duerme a mi izquierda le cayó en las manos un libro de esos con portada de colores y letras horribles que hablaba de "mentalidad millonaria". No tanto de cómo hacerse rico a lo Lobo de Wall Street, sino a cómo sentirse "rico", con poco o con mucho, allá cada cual. Y una de las cosas que venía a decir es que para "sentirse rico" es bueno darse algún capricho que te haga sentir como tal. Para el susodicho es recibir el periódico los sábados y los domingos en la puerta de casa y para mí es ir a la playa (y pintarme las uñas desde hace dos semanas).

La semana pasada estuve 5 días en la playa. Concretamente en Mar del Plata, en un fin de semana de Carnaval, donde 200.000 porteños tuvieron la misma idea que yo pero la experiencia argenta me hizo irme un día antes y volver antes también para no maldecir en medio de la Ruta 2 a todos mis antepasados incluidos los que emigraron a Argentina en los años 40. Y como todo viaje en el que yo sea la protagonista tuvo sus momentos estelares.

Como me pasé de lista viajando el jueves lo hice en un bus de los 70 con varias paradas en pueblos de la índole de Coronel Vidal, Santa Clara del Mar o Mar Chiquita. Pueblos costeros de la provincia de Buenos Aires donde lo mismo te encuentras el Polideportivo Perón, que el Estadio Néstor Kirchner o un angelito de Navidad en la "estación" de autobuses porque a nadie se le ha ocurrido en los dos últimos meses que había que quitarlo por esto de que no pega un ángel rosa a 40 grados a la sombra.

Pero todo se vuelve de otro color cuando llegas a una terminal con una hora de retraso y te están esperando como agua de mayo dos personas a las que no veo mucho pero que sin quererlo se han convertido en casi familia. Madre y hermana prestadas a este Martín. Y comenzó el puente con playa, estrés, niños, risas, gritos y comida más intenso de los últimos tiempos.

Ir "de acogida" a una casa puede resultar a veces incómodo. Pero yo entro por esa puerta y es como entrar a mi casa pero con otras caras. Lo mismo me vacilan, que me gritan, que se ríen de/conmigo o veo pasar a un adolescente en calzoncillos. Creo que los Velázquez y los Royo tuvimos un pasado común pero todavía no lo hemos descubierto.

Y como en todo viaje he corroborado y comparado cosas que no siempre son iguales en el hemisferio norte que en el sur.

Hasta el momento mi experiencia playa se resume a Noja donde después de 27 años hay pocos secretos, cada uno conoce las manías del otro, los niños siempre van a levantar arena y se van a poner donde te estás echando la siesta y las que están buenas no se van a tumbar ni 3 segundos y se van a dedicar a cualquier cosa para lucir lomo: desde jugar a las palas a hacer un castillo con un hijo que no es suyo. Pues bien, la playa es igual en Mar del Plata aunque con algunas diferencias.

El concepto pareo es diferente porque no sólo te hace la función de tapa-defectos sino que te hace la función de toalla cuando te tumbas en la arena. Vamos, que ni rastro de toallas salvo para los críos. En cuanto al bikini lo habitual es que sean de tanguilla, en lenguaje argento cola-less ("menos culo" en español de España) una moda para la que me quedan muchas sesiones de gimnasio hasta poderla incorporar. También es diferente el tema de la arena que aquí a nadie le molesta, lo mismo te sientas sin pareo ni toalla que plantas a un bebe en el suelo, se come media playa y que la naturaleza y el viento siga su curso. A mí con 3 años se me pegaba un grano de arena en el pie y montaba unos números importantes. Era una niña de asfalto.

Sí compartimos el correr un riesgo si te duermes. Yo el verano de 2012 me dormí en Noja y se me pusieron todos alrededor haciendo el canelo y fue una de las fotos más admiradas de la historia de Facebook y el otro día me dormí en la orilla cual león marino rodeada de mil personas y me desperté sin nadie alrededor y con un cartel en la arena que ponía "Gaita" como si se me fuera a olvidar mi nacionalidad. También debe ser universal el comerse para merendar media pastelería porque "total es verano" pero aquí acompañado de mate a 60 grados, otra de las cosas que todavía no he logrado entender bien.

Como cada vez que conozco a mucha gente nueva, aunque yo ya no me doy cuenta, compruebo que efectivamente sigo hablando diferente. Esto supone abrir la boca y que automáticamente alguien diga "¡Ah!, ¿sos gallega? ¿De qué parte? ¿Qué hacés acá?" acompañado de un movimiento de manito a la italiana a modo de incredulidad porque viva en este país en vez de en el mío. 

Tampoco me he acostumbrado a tener que repartir besos allá donde voy como si fueran gratis. Pero tampoco he aprendido a no decirlo, así que durante este puente calculo que habré dado unos 547 besos a hombres, mujeres, perros y niños que, sabiendo que no soy muy besucona, multiplicaron por 3 la dosis de besos y abrazos cada vez que me veían. Por joder. Que eso es deporte nacional en España y en Mar del Plata.

También he vuelto a corroborar que los amigos de mis amigos difícilmente no van a serlo también míos, que el sol en Argentina quema más que en España, no sé si por la situación del país o por el agujero de la capa de ozono, teoría que un día me tiró un sabio y que no he podido comprobar, y que los deportes acuáticos en los que hay un elemento de por medio, llámese tabla o remo, no son de mi especialidad. Pero sigo nadando bastante bien.

Pero lo importante es que, además de ver a gente a la que considero mi familia en Argentina, he estado en la playa

Y me he "sentido rica". Por la playa y por poder seguir conociendo gente nueva que, cada uno con sus taras, son muy buena gente. Que tampoco abundan mucho en la especie.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Qué bueno que hayas disfrutado de la Costa, Ine!! Beso grande!

Unknown dijo...

Leti Figueiras (como es eso de anónimo, che!)