Este mes hace un año y pico que volví a vivir a Buenos Aires. Y ese es el tiempo que exactamente llevo viviendo sin teléfono móvil. Sin línea mejor dicho. Es decir, que si pasa cualquier cosa o alguien me quiere localizar mientras yo no estoy en casa o en un lugar con wi-fi (güi-fi, que este blog es español de España) es imposible. Normalmente no pasa nada y yo vivo tranquila y feliz sin teléfono. Pero en una de estas pasa algo y ese algo es que nazca tu primer sobrino mientras estás haciendo largos en una piscina cual sirena con el objetivo de llegar a verano con la tripa plana.
Mi vida desde el día 19 de marzo ha cambiado. No quiero imaginarme la de mi hermana que mientras yo pululaba por Santa Fe tan feliz de vuelta del gimnasio ella estaba empujando para traer al mundo a Miguel, el ser que desde hace 7 días y 20 horas ha hecho que mi cabeza mire las cosas en otros términos. Y todavía quedan 3 meses para que nos presenten en persona. Agarraros.
Desde el 19 de marzo a las 17 horas, hora de Buenos Aires, en las que empecé a llorar y no paré hasta que los emocionados abuelos me cogieron el teléfono, en vez de perder horas viendo fotos en Instagram o en Facebook me las paso viendo fotos de Miguel en el móvil. Que se puede pensar... "se las sabrá de memoria las cuatro fotos". Y sí, me las sé de memoria, pero no son 4 son casi 100 con sus vídeos, muecas, caras raras y conjuntos de sus 7 primeros días de vida. Yo me levanto y si no tengo una foto de mi sobrino la reclamo. 10.000 kilómetros no van a lograr que yo no sea la tía más buena del mundo. Buena tía y tía buena, las dos cosas.
Desde hace 7 días cuando el que duerme a mi izquierda llega a casa a las tantas yo le doy un beso y acto seguido le planto la foto o vídeo del día en la cara para que la vea, y lo comentemos. Cuando no se la mando durante el día porque no puedo esperar a que lleguen las ocho. Y yo no puedo parar de decir "es que es tannnnn mono" con cara de idiota mientras veo a un bebé dormido en mi móvil. Yo juré que iba a ser objetiva con el tema de mis sobrinos. Es decir, los bebés son o muy monos o muy simpáticos (es decir, feitos). Y a mí me ha tocado del primer grupo, objetivamente hablando, lo juro. Es que es muy mono.
Desde el último día del padre, aunque no tenemos todavía ningún plan de vuelta, leo La Rioja y veo Logroño cada vez más atractivo para vivir. Hay que joderse. De repente echo de menos todo, ya no sólo el jamón o los Bombay con limón, y me diviso totalmente paseando a Miguel con el mega-buga por Bretón de los Herreros aún a riesgo de que las más cotillas del pueblo empiecen a pensar que mis kilos de más en Navidad eran por algo y que ahí está el resultado. De ahí que tenga que llegar a julio más flaca, para que no sospechen. Porque los paseos con Miguel no me los va a quitar nadie.
Desde el miércoles 19 recibo mensajes de mi hermana a horas raras en España en los que predomina una palabra: feliz. La misma que se ha instaurado en la familia con la llegada de un nuevo miembro. La misma que, en mayor a menor medida, nos ha cambiado la forma de ver las cosas y los problemas a todos.
La vida te puede cambiar en un segundo, diez minutos o en siete días.
La vida te puede cambiar en un segundo, diez minutos o en siete días.
Bienvenido, Miguel. Todavía no sabes dónde has caído... pero ya te darás cuenta.
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