Cuando era pequeña yo decía dónde iba de vacaciones y me limitaba a "un pueblito cerca de Santander" porque ni el Tato sabía dónde estaba Noja y mucho menos que ahí se podía ir de vacaciones. Luego nos quitaron los caminos de tierra y cuatro vacas que por ahí pululaban, llegó la asfaltadora, salieron casas de debajo de las piedras y con ellas miles de turistas dispuestos a convertir Noja en un lugar de vacaciones. He de reconocer que vendrá bien para la economía del pueblo pero a mí me sobran.
El ritual de cada año es el mismo. Mi madre hacía (y hace) la maleta la noche anterior (la misma mañana si vamos a viajar de tarde), mi padre se cogía el primer cabreo de las vacaciones al ver el volumen ingente de equipaje que podíamos hacer entre todos y su sentencial "esto aquí no va a caber, ¿pero a dónde vais?" y al final salíamos una hora y media después de lo previsto con todo el equipaje encajadito incluida la plancha, los cuatro sentados atrás (sin cinturón, no sé en qué momento cupimos los cuatro atrás y respirar al mismo tiempo) con alguna bolsa entre los pies y aguantándonos la risa. Pero con el tiempo hemos mejorado la técnica. Para evitar el mosqueo a mi padre le dejamos en casa viendo el Tour y echándose una cabezada mientras mi madre y yo llenamos el coche y así no ve las maletas. Y de cuatro pasamos a tres, luego a dos y finalmente a uno que me temo que en vez de personas llevará maletas a su lado.
Pasamos Bilbao (antes lleno de mugre y negro, ahora Disney), aguantábamos atascos interminables cuando no había autovía, sonaba Nino Bravo en la radio, pasábamos Laredo y veíamos el mar, llegábamos a la rotonda previa al pueblo y de repente mi madre soltaba (y suelta) a lo "tierra a la vista" de Colón un "ya estamos en la Farmacia" (la de la entrada a Noja). Todos contentos.
Y entonces llegábamos a la Playa del Ris y al Hotel. Al Hoya (Paseo Marítimo 3, Playa del Ris, ya estáis llamando). Un hotel en primera línea de playa que pasaban los años, iba mejorando en algunas cosas (y modernizándose) pero mantenía su terraza, su bar, su todo que hacía que fuera nuestro hotel de siempre y no una nueva construcción ahí en mitad de casas y más casas. Con su campa, con sus columpios (pasaron a mejor vida los neumáticos dónde nos clavábamos las cadenas en el culo), sus rabas inigualables y su "algo con patatas fritas" en el menú que nos va poniendo a todos redondos a medida que pasa la quincena y no dejamos de tragar ni aunque nos vaya la vida en ello (eso con buen tiempo, con mal tiempo y más horas libres, más comida).
Pero lo bueno de Noja, independientemente de que medio Bilbao decida invadirnos, es la gente que año tras año (con sus bajas, que los niños nos hicimos mayores y adquirimos algunas responsabilidades y destinos lejanos) vamos a estar ahí. Los que a pesar de sólo verlos 15 días al año, con suerte, son amigos. La mitad son de Madrid, un 40% de Logroño y el resto se reparten entre Pamplona, Burgos, País Vasco y poco más.
Ahora las cosas han cambiado pero cuando era pequeña tenía que soportar a los lelos de Madrid decirme sin parar "Logroño es un pueblo, seguro que hay vacas por la calle" o reírse cada vez que decía "hala, majooooo" (porque a mí esto del acento se me ha suavizado con los años, pero de pequeña llevaba el riojanismo en la voz). Yo protestaba, me cagaba en todos los seres del cielo por no haber nacido en Madrid y luego me cansé y supe que el tiempo aclararía todo. Así ha sido, ahora los de Madrid suelen visitar Logroño, sin vacas, y se lo pasan bien...
También fue el lugar dónde un día con 15 años salí por primera vez por la noche, volví a las 7 de la mañana y me cayó la del pulpo en el desayuno. El mismo año que al irme estuve llorando hasta Bilbao. El lugar donde un día me pedí una copa con 18 años y no hubo nunca marcha atrás. Donde tenías derecho a un helado al día, después de comer o después de cenar, pero no dos. El lugar donde nos han pasado cosas que no puedo reproducir por el bien de la reputación de nuestras almas adolescentes (y no tan adolescentes) y donde vimos caer un rayo a una pareja sin saber muy bien qué es lo que acababa de pasar.
Donde un año a una de las madres le dio por pintarnos camisetas a todos con nuestros nombres e íbamos uniformados; donde se pasó del ciclismo al pádel, del pádel al tenis y del tenis al golf como si el deporte fuera motivo de las vacaciones; donde era deporte nacional jugar a las chapas alrededor del hotel y había que pirarse a la cama cuando llegaba el camión de la basura sobre las 23:30 y donde año tras año había un motivo para organizar un aperitivo de dos horas por un cumpleaños acabado en cero o en cinco, un nacimiento, una boda o una comunión (y después comemos no nos vayamos a quedar con hambre).
Un lugar de vacaciones donde las únicas preocupaciones son cumplir la norma de no bajar a desayunar más tarde de las 11, bajar a la playa si hace sol (aunque sea a dormir), esperar en la escalera a que salga si algún alma cándida ha dicho aquello de "va a levantar, seguro", pensar algo alternativo por si llueve y disfrutar. Porque las vacaciones, como las bicicletas, son para el verano.
Y para mí no hay verano sin Noja. Como éste, aunque estar en pleno invierno ayuda a llevarlo.

2 comentarios:
Eres la mejor Inesitaaa!!! Te echamos de menos desde la terraza, esperando "a que levante" y despues de haber leido en alto tu increible relato Nojero!!! precioso y sobre todo discreto con las anécdotas!!jjajja.Esas solo se viven....:) a q si?? beso enorme! Nos faltas tuuuu!
Eres la mejor Inesitaaa!!! Te echamos de menos desde la terraza, esperando "a que levante" y despues de haber leido en alto tu increible relato Nojero!!! precioso y sobre todo discreto con las anécdotas!!jjajja.Esas solo se viven....:) a q si?? beso enorme! Nos faltas tuuuu!
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