martes, 21 de enero de 2014

Mi querida Mary Poppins...


No voy a entrar otra vez en el debate de mi escasa cultura cinéfila tras confesar que no he visto (ni tengo pensado ver) Jurassic Park, Regreso al Futuro I, II, III y X o El señor de los anillos. Cada una carga con su cruz y yo cargo con las mías. Pero la realidad de la vida es que yo crecí viendo sin parar una y otra vez My fair lady (1964), Grease (1978), Sonrisas y lágrimas (1965) –The sound of music para los gringos, La novicia rebelde para los latinos (siempre hay alguien peor...)– y Mary Poppins (1964).

Cuatro títulos que tenía grabados en sus respectivas cintas VHS, con el seguro puesto para que a nadie se le ocurriera grabarme un partido de tenis o de fútbol encima, y con su caja de protección (por aquel entonces en mi casa las cajas de cartón para las cintas se cotizaban al alza. Ni que hablar de las de plástico duro).

Cuando digo ver una y otra vez me refiero a verlas muchas veces, más de cien probablemente. Verlas hasta el punto de saberme las canciones, en primer lugar, las canciones en inglés, en segundo, los diálogos, en tercero, y todos los detalles y detallitos que seguramente las 25 primeras veces que las ves no te paras a mirar pero que a la 120º ya te llaman la atención.

El furor de las dos últimas llegó hasta tal punto que mi padre, por esto de proteger mi mente y la de mis hermanos con tanta canción, se llevaba las cintas al banco para que descansáramos un poco el cerebro. No es exageración. Se las llevaba. Hasta que un día descubrí que no se las llevaba al banco y las tenía en su armario, y ya no hubo marcha atrás.

Ayer volví a tener 8 años viendo Saving Mr. Banks, la última de carne y hueso de Disney en la que cuentan la historia de cómo el señor Walt consiguió los derechos del libro de Mary Poppins y los transformó en la película que forma parte de mi añorada infancia. Y volví a comprobar que lo bien aprendido se recuerda a pesar de los años.

Reconocí en la escena 2 la "calle del Cerezo, número 17" (por aquel entonces mi vida cinematográfica estaba doblada a un correcto español), sabía las canciones (estas por suerte en inglés también) y, a medida que avanzaba la película, situaba cada una de las referencias que se hacían a la película que durante 140 minutos me tenía callada mañana, tarde y noche hace 20 años (tarea no sencilla, por cierto).

No sé de cine, no escribiré críticas de algo de lo que no sé. Solo sé que ayer por hora y media volví a sonreír y a verme en el sofá con la eterna manta rosa queriendo conocer a Mary Poppins, chasqueando los dedos a ver si la habitación se ordenaba sola e imaginándome que al limpiar una chimenea se sube al cielo.

Y como sé que muchos de mi generación y anteriores pueden sentir lo mismo, la recomiendo.

Mi querida Mary Poppins...


2 comentarios:

María dijo...

Se te ha olvidado comentar que eras super fan de espinete y, atención, de la música del reloj que anunciaba el telediario. Te lo poníamos mil veces cuando eras un bebecito, precioso por cierto. Besos

Inés Royo Oyaga dijo...

Hay información en la vida que no hace falta compartir. Como esa.