Mientras en el hemisferio norte todo el mundo empieza sus diarios de primavera, sus wishlists de bañadores, bikinis y sandalias; el humor de los grupos de What's app mejora y las egobloggers que yo no dejo de seguir empiezan a lucir pierna (morenas desde enero; ya no cabe ningún término inglés más en este post), aquí empieza nuestro particular diario de otoño. Un otoño que no llega del todo.
Después de pasar la Semana Santa en la playa y congelarme el día que como buena ciudadana de la capital decidí salir en chanclas y bermudas cuando no se llegaba a los 20 grados, me vine arriba y saqué toda la ropa de invierno de mi maleta. Es decir, deshice la maleta de enero que según llegó se fue al altillo. Viajar de un hemisferio a otro conlleva eso, vuelves y no hay que deshacer maletas, simplemente guardarla tal cual la traes. El disgusto llega cuando la sacas y no entras en lo que trajiste. Pero ese es otro tema.
Con el entretiempo, y un otoño casi verano que de repente se convierte en invierno en días alternos, se vive un espectáculo de miedo en la ciudad. Mientras algunos se resisten a guardar la chancla otras ya se han calzado las botas de nieve (innecesarias en una ciudad donde rara vez se baja de los 5 grados) y los que madrugan y se abrigan no saben qué hacer con la cazadora a las tres de la tarde cuando se puede casi tomar el sol. Problemas del primer mundo y del cambio climático.
El gimnasio se llena de gente como en España se llena cada septiembre. Un año nuevo de propósitos improvisados que aquí son en marzo y abril, cuando vuelve la rutina. Y al nuevo en el gimnasio se le identifica de lejos. Primero porque estrenan zapatillas con unos cordones tan blancos que provocan ceguera. Y segundo porque durante un par de semanas van con la cara como un poema porque no pueden ni reírse de la agujetas. Yo los miro con comprensión, porque sé lo que es ser la nueva. Y gallega, que es peor.
También es tiempo de muchos cumpleaños. Aquí, como en España, abril-mayo y septiembre-octubre es época de cumpleaños (no volveré a explicar la para mí irrefutable teoría del verano y de Navidad y cuesta de enero en España; y verano y vacaciones de invierno en Argentina). Entre ellos el mío. Han pasado tres semanas y sigo teniendo globos por el salón, tarta en el frigorífico y regalos por abrir. Con la edad y la amistad los regalos van delatando y los de este año se pueden englobar en tres categorías: alcohol, chocolate y belleza (y un viajazo). Así que me cayó una botella de Bombay, 6 de vino, 4 cajas de bombones, una colonia de adulta, maquillaje y una crema hidratante. Todo se mire por donde se mire tiene un mensaje oculto y subliminal. Yo abro el frigo y veo que eso parece una tienda de delicatesen y dejo de guardar rencor a mi cuñada que me cayó con la crema hidratante (por lo menos no es antiarrugas...).
Y, por último, el otoño en este país se vive en clave de Mundial, te guste o no. Todo gira en torno al Mundial: la televisión, la prensa, los políticos, los anuncios, las promociones del súper, las tiendas de cotillón. TO-DO. Así que sin querer ha llegado el momento de afrontar otro Mundial en tierra complicada. Porque al lado de esto los italianos son hinchas de pueblo, los españoles somos niños de pecho y los mejicanos no deberían jugar a este deporte celestial. Aquí el Mundial no sólo determinará el humor de la población durante el mes de junio. Determinará el rumbo del país en los próximos meses, sin exagerar. Así que hemos llegado al punto de que no sé si prefiero que gane España o Argentina por mi bien. La verdad es que quiero que gane España por encima de todo. Así que he decidio que este año medio Mundial lo veo desde mi casa con mi sobrino al lado.
Bienvenido, otoño. Entra sin miedo que estamos preparados.

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