Mañana empieza el Mundial. Para el 50% de la población mundial esto significa la nada. Pero para el 98% de los ciudadanos del país en el que vivo significa un mes de fútbol, gritos, alegrías y disgustos, paros de transporte, consecuencias en el medio y largo plazo y un ambiente de "este año sí lo ganamos" desde el mes de enero que ya no me suena a nuevo.
Recién llegada a Buenos Aires en 2010 me tocó ver el primer Mundial en Argentina. Yo partido a partido alucinaba, salía al balcón con cada gol de la selección para ver a cientos de personas gritar como si no hubiera un mañana, los grababa en vídeo, viví la humillación de perder contra Suiza en el primer partido, soporté risas durante una semana, bueno, dos, sentí la depresión reinante cuando Alemania se sacó 4 goles de la manga ante Argentina y quedaron eliminados, grité como me habían enseñado los días previos en el Obelisco el Mundial de España como si estuviera en Plaza Colón con bandera al cuello, lloré cuando llamé a mi padre el 11 de julio tras el gol de Iniesta, vi el beso de Casillas a la Carbo en un pub de Microcentro que al rato nos dimos cuenta de que era un club de alterne y padecí las consecuencias de la fiesta tres días más.
A mí me gustaba el fútbol antes de llegar aquí. Y ahora me gusta más.
Enric González dice en sus Historias del Calcio: "No conozco un país donde se viva el fútbol como en Italia, pero no conozco Argentina". Y así es. El fútbol es cuestión de estado, literal y figuradamente. El gobierno paga millones y millones de millones por retransmitir en abierto la liga, la Copa Libertadores, el Mundial y el torneo del pueblo. Hay cosas pendientes que se dejan "para después del Mundial". Hay un miedo colectivo a quedar eliminados. Algunos un poco más profundos les da miedo que lo ganen y que se olvide todo lo demás, desde la inflación hasta el juicio contra el Vicepresidente.
Desde hace un mes las radio y televisiones se han llenado de anuncios con una locución de forofo, ritmo ascendente en tonada de barra brava, mucho azul y blanco, y una historia con final feliz. Los plasmas están a mitad de precio, en cada esquina hay alguien con una mesa vendiendo camisetas, vuvuzelas, pinturas y hasta pinta uñas de Argentina, los amigos ya hacen planes, los que trabajan preparan la estrategia para no hacerlo en horas de partido y en los balcones hay banderas argentinas al lado de las del Vaticano, que muchos todavía no han quitado desde que Francisco es Papa.
Todo se vive con otra intensidad, con otro ritmo y sentimiento. Al lado de esto los italianos quedan de simples gritones y los españoles... pues mal que me pese no imponemos mucha autoridad con un A por ellos por muy fuerte que lo cantemos al lado de un grupo de más de 10 argentos cantando cualquier cosa. Esto es así y hay que reconocérselo.
Al llegar aquí me dieron varias advertencias y una fue insistente: "Habla de lo que quieras menos de política, religión y fútbol". Ahora entiendo que lo último engloba las dos anteriores. Porque, aunque suene a tópico, el fútbol es una religión en la que te piden cuentas particulares cada domingo y nacionales cada cuatro años.
Mañana empieza la época de cobro a nivel nacional.
Suerte.
Mañana empieza la época de cobro a nivel nacional.
Suerte.

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