Yo nunca he ganado nada. Miento. Una vez me mandaron los de Coca Cola a San Sebastián por haber escrito una redacción "buena" y cuando en la entrega de premios repartieron viajes, toallas, juegos, videojuegos, cheques y demás a todos los ganadores y yo estaba sin nada y sintiéndome un poco abandonada en una mesa llena de gente, me llamaron para darme un premio a la mejor caligrafía. Una pluma de Parker me dieron. Punto. De las que valen una pasta. Pero con 13 años una pluma es como regalarle a mi abuela un hula-hoop... Yo en aquel momento envidiaba una toalla de Coca Cola que picaba y me llevé una pluma verde de señor.
Salvo eso y cuatro concursos de dibujo que la realidad de la vida es que ganaban medio Logroño, nunca he ganado nada. En natación después del fracaso de la primera competición, en la que yo llegué a meta cuando el resto estaba en la ducha, decidí con la cabeza bien alta no sentir más esa humillación y seguí nadando muchos años pero sin competir. En pintura no daban premios. Hasta aquí mis actividades extraescolares, escasas pero intensas, seis años la primera y casi once la segunda. Soy de los ochenta, no me daba la vida para más.
Así que como lo raro en mí es ganar (hablemos en el sentido de competiciones y deportes, que ganar en el otro sentido yo siempre he ganado muchas cosas) ayer cuando metió un gol un alemán que parecía tener 15 años y dejó sin Mundial a Argentina se me quedó cara de lela pero poco más. Me dio pena por el que duerme a mi izquierda, que aunque es uruguayo estaba metido de lleno en un bar en Buenos Aires y la fiesta de ayer no se la iba a saltar un gitano. Me he acordado de Joaco y Felipe que todavía me siguen recordando que España perdió contra Suiza en 2010. Y de mis vecinos, que si los goles de River y Boca los gritan como si no hubiera un mañana no sé qué hubieran hecho ayer si Messi, o cualquier otro, hubiera embocado bien la pelotita. Pero ya.
Ayer no era el día. Yo qué sé. Llevo sin escribir un mes esperando a ver qué pasaba. Con España no tuve mucho que hacer porque para cuando me compré la camiseta la tuve que guardar. Nunca más me la voy a comprar. Con Uruguay tuvimos cierta esperanza pero nos quitaron al bueno que tiene el síndrome del caníbal y nos fuimos a casa. Y con Argentina tenía entre cero y nada de fe en que llegaran a la final así que mi bandera se había quedado en el cajón de casa en Buenos Aires y he pasado bastante del tema.
Para mí ha sido un Mundial sin pena ni gloria en el que he perdido interés a medida que iba avanzando el mes. Me daba igual cesta que ballesta hasta que ayer, dos horas antes del partido, me di cuenta de que prefería que Argentina ganara el Mundial y los argentinos tuvieran durante uno, dos o treinta y seis meses motivos para celebrar y para pavonearse. Y yo ánimo y espíritu para soportarles.
Pero el mundo real avanza y mañana ahí va a estar. Ya no va a haber que esperar a "que pase el Mundial". No sé si Argentina merecía ganarlo, muchos temían que eso pasara y se dejarán de lado un millón de cosas importantes, o si merecía perderlo por justicia de la vida, del fútbol o divina. El caso es que ayer perdió y la vida sigue.
Una vida en la que lo normal es no ganar. Aunque solo sea por una cuestión de probabilidad.

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