jueves, 4 de octubre de 2018

Ser padres


Casi cuatro meses. Para reconocer que un ser de no llegó a 3 kilos te hace ver todo de diferente manera. Nada de lo que antes era importante ahora lo es, nada de lo que antes era rutina sigue siéndolo.

Te miro y se me saltan las lágrimas. A mí, la dama de hierro. Te como a besos y nunca sé si van a ser suficientes. Te veo llorar y hago lo imposible para que te calmes, de repente hay un atisbo de paciencia dentro de mí, ínfima al lado de la que tiene el que duerme a mi izquierda, dígase tu padre.

Llegaste antes de tiempo, sin enterarme de nada, sin poner todo lo que debería estar puesto en una habitación, sin dormir todo lo que deberíamos haber dormido previamente. Y tu llegada no fue lo que esperamos. Porque hubiera sido demasiado perfecto.

Un giro de cabecita de última hora alargó un poco lo que no podíamos alargar en medio de un parto.Y no hubo abrazo nada más salir, ni siquiera una mirada, ni un bebé rosita y sucio llorando a todo pulmón. Hubo nervios, lágrimas y dedos cruzados. Cinco minutos que fueron una vida. Cinco minutos en los que empezaste a llorar en medio de un paritorio lleno de silencio y caras de preocupación. Y entonces entendimos de qué iba esto.

Esto va de llamar el octavo día al hospital a las 6 de la mañana porque no respiras normal y darte cuenta de que sí, solo que tienes una semana. Va de sufrir el pinchazo de cada vacuna como si nos lo estuvieran dando a nosotros. Va de abrigarte como si viviéramos en Suecia porque "por si acaso". 

Va de jugar contigo en el suelo aunque ya no sintamos los riñones. Va de pesarte y rezar para que sigas engordando. Va de vestirte cual rey de España por todos los modelos que no pude ponerte el primer mes, cuando nos daba miedo cortante el pelo mohicano que tenías, cuando te esperábamos del tamaño de Hulk y te quedaste en Poroto.

Va de morderte entero en busca de una sonrisa. De pasearte por toda la casa hasta que se te cierran los ojos. De comer y cenar frío. De buscar en internet "ojos hinchados", "puntitos rojos en los párpados", "cómo guardar bien leche materna en el congelador", "granitos en la cabeza", "cómo cortar las uñas a un bebé sin dolor" o "mejores guarderías de Buenos Aires" sin inmutarnos. De entender a tus abuelos como nunca.

Va de dormir con un ojo abierto durante muchas noches porque vas en contra de todos los estudios pediátricos y duermes boca abajo. Va de abrazarte con una fuerza suave en cada despegue y aterrizaje de un avión. Va de oír un gemido desde el octavo sueño y, hace cuatro meses, brincar para ver qué pasaba y ahora... dejarlo pasar porque ya sabemos que no pasa nada.

Va de mirarte hasta desgastarte. De recoger la cocina como si fuéramos ninjas para no hacer ruido. De hacerte mil caras hasta sacarte una risa. De esperar que te duermas cuando apenas queda leche en el biberón y disfrutarte en brazos un rato. De no importarnos que nos babees, que nos chupes o incluso nos vomites un poco encima de las camisas recién planchadas. 

Esto va de no tener miedo al "prueba y error". De conocernos poco a poco hasta descubrir qué te gusta y qué no. De sentirnos enormes cuando en la bañera te agarras fuerte a nuestro brazo para sentirte seguro. De olerte. De verte dormir. De verte reír.

Va de quererte más que a nosotros mismos. Y eso es lo que estamos haciendo, Juan. Quererte por encima de todo.

3 comentarios:

El que duerme a tu izquierda... dijo...

Imposible leerte sin sonreír, sin lagrimear y pensar en lo afortunado que soy de todo lo que creamos juntos. Te amo!! :*

Marti dijo...

Bienvenidos a este juego loco de quererles por encima de todo.

Precioso texto, amigui.

Ganas de teneros cerca.




Bosco y sus papás.

Joanna Renner dijo...

Que me dejaste con lagrimas en los ojos. Necesito conocer a poroto, pues yá lo quiero demasiado <3