lunes, 14 de junio de 2010

Mi Caperucita


Cuando tenía 4 años alguna de las dos sabias de mis hermanas, y todo apunta a que fue María, me enseñaron un chiste. Que yo creo que lo entendí cuando cumplí 13, pero como había una palabrota y todo el mundo se partía de risa cuando la niña lo contaba, pues yo lo contaba sin parar en todos los sitios que me lo pedían, menos en el colegio, claro está. Ahí va:

Va Caperucita cantando y saltando por el bosque hacia casa de su abuelita, laralaralito, laralararito. Y se encuentra al lobo:
-"¿A dónde vas Caperucita?", pregunta el lobo educado.
- "¡A lavarme el coño al río!", responde Caperucita.
- "¡Joder cómo ha cambiado este cuento!".

Y no hay más. Yo no sabía el significado, ni por qué tanta gracia, pero me lo había aprendido igual que me aprendí de memoria el libro de Teo en el zoo con 2 años y era algo que me salía automático.

Hoy, veinte años después, he leído una columna de mi escritor preferido, Arturo Pérez-Reverte sobre cómo están cambiando los tiempos y cómo viene la juventud. Y entonces me he dado cuenta de que nada tiene que ver ahora con cuando yo contaba aquel chiste.

Mis padres no fueron a la cárcel por dejarme decir una palabrota al mes, ni mis hermanas fueron internadas en un centro de menores, ni yo he salido una delincuente común a punto de entrar en prisión. Simplemente las cosas eran como eran, los cuentos eran machistas, los niños éramos imbéciles y a la primera de cambio nos pegaban un bofetón o, en el peor de los casos, una colleja (yo la verdad es que no recibí ninguna nunca, salvo un bofetón de mi madre que me dio por error cuando quería matar un bichito y, como probablemente iba sin gafas, confundió el bichito con mi careto, o pensó que el bichito estaba en mi careto y mejor matarlo que dejarle huir, y me dio con ganas). Pero somos normales (cada uno con lo suyo, obviamente).

No amenazábamos a nuestros padres con denunciarles, ni se nos ocurría mandarles a la mierda, una mirada nos bastaba para callarnos y hacíamos lo que nos mandaban a la primera o segunda, porque no había una tercera.

Y que yo sepa, somos todos normales y bastante educaditos. Probablemente no tan educados como el lobo de mi chiste, pero sí como la digna de mi caperucita. Que decía palabrotas, pero no dejaba de ser una niña contenta que iba a ver a su abuelita.

2 comentarios:

B dijo...

Si cambian los cuentos a mi me va a sentar como una patada en los mismísimos que no tengo. Pérez-Reverte tiene, como siempre, razón y yo sigo siendo de la opinión que una torta en el culo a tiempo es fantástica

Inés Royo Oyaga dijo...

Totalmente agree, Blanquita.
Un beso enorrrme