
Hay dos gremios en Buenos Aires que a mí me tienen loca, los taxistas (llamados por el público general tacheros) y los porteros. Y si bien los segundos a mí me alegran el camino al trabajo diciéndome lo linda y hermosa que soy (blablablabla -reyes del chamuyo) y el mío (famoso Humberto) me saca de más de un apuro, los que no dejan de sorprenderme son los primeros. Los taxistas.
En el fondo un taxista en Buenos Aires (o al menos los que me tocan a mí) los podemos catalogar en los que no te dan ni bola, te saludan amablemente y te desean suerte al bajarte, y los que te cuentan su vida porque todos, todos, pero todos, o son descendientes de españoles o han ido alguna vez a España. Así que cada vez que veo un cartel rojo que pone libre (aún no sé por qué mierda es rojo y no verde, como la lógica del universo y del resto de los países manda) estoy deseando que me toque alguno del segundo grupo, para entretenerme.
Y como aunque viva en el centro esto es Buenos Aires, lo que significa megaciudad (recordemos que el barrio de Belgrano es como Logroño entero) los fines de semana la nena vuelve a casa en taxi a altas horas de la madrugada, y ayer mi hermana, dos amigas y yo, otorgamos el premio y ovación cerrada a nuestro taxista, porque lo que nos contó si era verdad, era para meterlo en la cárcel, y si era mentira, era para publicarle un libro.
Tras salir de ver a La loca de mierda (esta me da para varios post, otro día) en el teatro cogimos (si CO-GI-MOS, no quiero hablar porteño) un taxi hasta mi casa y por el camino el tachero nos contó, atención que va todo de golpe: que había vivido en Marbella y limpiaba los baños de unos nigerianos obreros con un líquido verde porque aquello no corría muy bien, que vivió en Badalona con dos lesbianas colombianas con las que entre las dos no formaban una mujer ni en pedo, con un ruso que conducía tanques y tenía una mafia de construcción por lo visto enorme, y con un marroquí que no me acuerdo bien que dijo que era pero la historia acababa con que el susodicho tachero se había traído una tableta de chocolate en el champú (y no precisamente de Milka) que le duró entre cero y nada con lo que deduzco que el marroquí le ayudó a conseguirla; amante de los ángeles de la Sagrada Familia y testigo de una Nochevieja borracho en la plaza de Cataluña donde cientos de ingleses comenzaron a tiras botellas y romperlas mientras el pensaba que estaban matándose y que él probablemente fuera víctima. Pero los hijos de puta de los gallegos no le dimos los papeles porque era español de tercera generación.
Todo esto ambientado en un taxi con los asientos plastificados "para los que vomitan", mientras fumaba un pitillo, con la radio a tope y a las 3 de la mañana de un sábado porteño. En resumen: acojonante.
Por tocar un poco las pelotas: hombre, somos gallegos, los gitanos de Europa y estamos en crisis, regalamos pasaportes como churros a hijos y nietos de españoles, incluso hay Comunidades, como la mía, que pagan viajes a éstos para que conozcan la tierra de sus antepasados, pero de ahí a dar también el librito europeo a los de tercera y cuarta generación que no saben ni dónde está Madrid... creo que va un trecho...
1 comentario:
Del marroquí dijo que se bañaba por partes pero que siempre se olvidaba las patas y olía fatal, jajaja, me meo...
Ah,y se te ha olvidado decir que el pobre, al ir a pedir los papeles a España, se llevó 1 Kg de coca y para que no se lo notaran en la aduana, se emborrachó en el avión y listo. Ay, joder, lo que hay que aguantar...
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