De pequeña siempre quería vivir en una casa con escaleras, de esas que por aquel entonces empezaban a salir de debajo de las piedras por Avenida de Madrid (Logroño). El día que mi padre llegó a casa con unos planos de lo que era nuestra "posible nueva casa", a tomar viento, con escaleras y con leñera, me eché a temblar al pensar que tendría que volver a casa en taxi por la noche y que no tendría enfrente mi querido Zara. Ya nunca más quise una casa con escaleras.
Siempre he querido tener una terraza en casa, para tomar el sol desde mayo y estar morena sin tener que esperar a que me llenaran la piscina del Berceo, para invitar a mis amigos a copas y tener una guirnalda de luces de Navidad todo el año como decoración. Gracias a mi amiga Pilar que me acogió en Madrid como una hermana tuve una terraza con hamacas, mesas, manguera y un cuarto para guardar cosas, del tamaño de mi habitación. Pero me di cuenta de que sólo se aprovecha 4 meses al año, que si no estás con alguien es un rollo estar fuera y que no se puede tomar el sol porque el de enfrente te mira con cara de poseso a pesar de estar en un octavo. Ya nunca voy a querer una casa con terraza si vivo sola los meses de verano.
Me daban envidia mis amigas que bailaban ballet. Lo veía tan rosa, tan elegante, tan disciplinado y relajante que no entendía por qué me había dado a mí por la natación si olía a cloro, me secaba la piel, me estropeaba el pelo y encima me moría de frío cada tarde de entrenamiento porque el gorro no sirve para nada y el secador de Las Norias (en el que había fila) daba lo que daba. Y luego hablando con ellas y viendo películas del sufrimiento bailarín me dí cuenta de que la natación mola mucho y saber nadar bien (repito, bien) es más útil. Ya no quiero ser bailarina y adoro saber nadar.
De toda la vida del señor iba a estudiar Medicina. Horas y madrugadas viendo Urgencias, libros de ciencias y curiosidades del cuerpo humano pedidos para Reyes (sí, freak), disgustos y palizas para estudiar Química en Bachillerato (e intentar entenderla) y una aplicación a la Universidad completada, para que un buen día me levantase convencida de que lo mío era el Periodismo. Convencida con mi vocación y orgullosa de ello viví durante 5 años con dos médicos, leí sus libros de Anatomía por las noches, pero el placer de aprender a escribir, de saber un poquito de todo y un muchito de nada y el tener cierto criterio para analizar las cosas, no lo cambio por unas pinzas Doyen ni por unas tijeras de Littauer ni por todo el oro del mundo. Ya no quiero ser médico. Me encanta ser periodista.
Así somos, queremos lo que no tenemos, deseamos lo que no alcanzamos y cuando lo tenemos nos damos cuanta de que para qué.
Y todo esto viene a que me ha gustado mucho el nuevo anuncio de Ikea sobre una terraza y la satisfacción de empezar algo nuevo. Como yo con el blog, que si hubiera sido médico no lo hubiera podido retomar, no os lo hubiera podido enseñar, y, mucho menos, os hubiera contado todo este rollo para empezar.

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