martes, 14 de mayo de 2013

El día que conocí a Arturo


Compré La Reina del Sur en Amazon USA, desde mi casa en Washington DC, el 17 de septiembre de 2009. Y desde ese día, a mayor o menor ritmo, fueron cayendo uno tras otro casi todos los libros escritos por él. 

Cuando acabé los de Amazon, pasé a Barnes&Noble y de ahí a Borders, y durante un año leí en español (a los autores hay que leerles en su lengua nativa si se sabe), mientras estudiaba inglés (ahí uno de los grandes errores de mi proceso de aprendizaje) todo lo que conseguí de Arturo Pérez-Reverte, aquel hombre al que había leído de toda la vida en el Semanal de los domingos y del que no sabía mucho más.

El sábado lo pude conocer en persona. Como he declarado en redes sociales (algo similar a hacerlo ante notario hoy en día) hasta el momento sólo haría fila o un esfuerzo por charlar, conocer o ver a dos personas: Obama y Pérez Reverte. Y desde el sábado ya puedo tachar a uno de la lista.

Me enteré de que Arturo (desde ya, Arturo a secas) venía a la Feria del Libro de Buenos Aires a presentar su último libro (el cual el que duerme a mi izquierda tuvo el detalle de regalarme por mi cumpleaños para que me lo firmase, si se daba el caso de que después de la presentación firmase) el 11 de mayo. Así que, dudando de si hacer guardia en la puerta de La Biela toda la semana para "topármelo" o no, marqué la fecha en mi cerebro como una cita a la que no podía faltar.

Llegamos a La Rural a media tarde, igual que otras 10.000 personas de Buenos Aires y alrededores y su correspondiente fila que hacía valorar el tema. Pero la hicimos. 

Como La Rural es algo tan inmenso que lo más normal es perderse o, en el mejor de los casos, encontrar tarde lo que buscas, el previsor que me acompañaba (que se orienta fatal, todo hay que decirlo) ya había mirado el mapa desde casa y sabía ir directamente a la Sala donde era el evento. Giramos a la izquierda y ahí había otra fila considerable a la que me uní y de paso bajé la media de edad unos 20 años.

Yo pensaba que no iba a haber tanta gente, me esperaba una sala pequeña, unas 100 personas y que todos podríamos hacernos una fotillo o pedirle una firma. Pero no. Se ve que Arturo en Buenos Aires (luego fui consciente de que en el mundo, más bien) tiene su público y con un mosqueo importante por tener que compartir a "mi autor", me puse a la fila y esperamos para entrar a la sala más grande de la Feria, en las últimas filas, con otras 1.000 personas. "Bueno, al menos le escucho que no está mal", pensé.

Y así hice. Oí decir a mi autor que no le gusta escribir, y por poco me da un síncope, que a él le gusta el proceso previo a escribir porque tarda casi más en corregir que en escribir. Le escuché decir que a su ritmo de trabajo y con lo que le queda de lucidez no le va a dar tiempo a escribir más que otras 7 novelas en el mejor de los casos, y por poco me pongo a llorar. Y también dijo que las mujeres somos diosas al lado de los hombres, y ahí le quise aplaudir sin parar.

Luego vino el momento "va a firmar libros" y, tras atravesar La Rural (inmensa), llegamos en tres minutos al puesto de Alfaguara y nos pusimos en una fila que era lo suficientemente larga como para tener que esperar una hora y lo suficientemente corta como para no hacerla una vez llegado hasta ahí y por Arturo. Así que la hicimos.

Y cuando llegó mi turno me puse nerviosa, para qué vamos a engañarnos. Nerviosa porque horas antes me daba un poco de miedo que mi autor fuese como las mala lenguas dicen y se me cayera mi estantería encima, por pensar que sería algo borde o distante y porque no sabía qué iba a decir a una persona a la que le leo todas las semanas.

Así que me dio la mano, yo le planté dos besos y ahí empezaron los 5 minutos de mi charla con Arturo. "Eres española, ¿no?, esos dos besos son de española. Foto, ¿nos hacemos una foto? ¿sí, no? ¿Ha salido bien? Si no ha salido bien nos quedamos aquí hasta que salga bien, ¿eh? Sin problemas". Y desde ahí hablé con un hombre sonriente, más bajito de lo que pensaba, cercano y entregado a la causa de sus lectores, del libro, de su hotel, de mi barrio (que es el mismo), de La Biela donde desayuna todas las mañanas (tenía que haber hecho guardia...), de su semana de entrevistas y de su gripazo. Y yo que no sabía donde mirar sólo quería decirle: "¿Desayunas mañana conmigo en La Biela, por favor?". Pero no me salió.

Y me fui. No dando saltitos de alegría porque no procede a mi edad, pero sí dándolos en mi interior, revisando qué me había puesto en la dedicatoria y asimilando qué acaba de ocurrir.

Había conocido a Arturo. Mi amigo Arturo. Al que espero poder seguir leyendo todos los domingos y en cada novela. Siete, catorce o doscientas mil.

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