
Tras una Navidad en España bastante fiestera en la que no entré en casa más que para comer y dormir me entraron las no ganas de volver a Washington DC. Sabía que me esperaba mucho frío, un futuro un tanto incierto, un par de meses más de clases, y recordar lo bien que se estaba en casa, lo barato que se podía comprar en Zara cuando hay rebajas y lo bien que me lo paso en Logroño, hizo que dudara entre si tomar ese avión de vuelta o no. Pero Marta y las chicas de Antena se encargaron de mandarme a paseo y dejarme en la fila de embarque, tras pasar los 300 controles nuevos que habían puesto en los aeropuertos.
Así que tras una noche por los aires llegué a un DC congelado, donde nadie me vino a buscar (y mi depresión siguió en aumento) y donde todo lo que antes me parecía lindo ahora ni lo veía por la nieve que cubría todo. Pero duró poco la tristeza. Volví a ver a los de siempre, a clase, a cuidar a las niñas y a estropear electrodomésticos porque parece ser que nos apeteció montar una piscina en nuestra gringa cocina... Y casi todo volvió a estar en su sitio incluido mi cabeza, pero sin duda el protagonista del invierno fue el tiempo y los señores de Weather Channel, que para mí son dioses.
Y ellos dijeron que iba a nevar el día 5 de febrero a las 15.56 y así lo hizo. Y empezó a nevar y no paró en dos días. Y la ciudad desapareció. Y yo y Martín, los únicos dos pringados de todo el grupo que no habíamos ido a Cancún a un seminario de la universidad, nos cagamos de risa, de frío y del asco. Porque la nieve es bonita un día, dos o tres. Pero al cuarto aquello se vuelve imposible, la nieve es gris y hielo, el no salir de casa hace mal y que el Gobierno de un país esté cerrado 10 días hace que todo se vuelva tierra de nadie y aquello pareciera un solar. Pero algunos volvieron de mal humor de Cancún y me bancaron toda la semana a mí y mi mala leche. No creo que vuelva a ver nevar así en mi vida (ni que vaya a tener tanto tiempo para leer como aquellos días).
Cuando aún quedaban restos de toda la nieve, el blog cumplió dos años y volvimos a la normalidad poco a poco (sobre todo en barrios tan ricos como el mío que no pasaba un quitanieves ni aunque lo condujera yo). Sin embargo lo que iba a suceder dejaba el tema de la nieve en un segundo plano. Mi ordenador HP murió, no quiso volver a encenderse. Y una adicta sin su adicción se pone, cuanto menos, nerviosa. Así que durante un par de semanas subsistiendo como pude y leyendo más, discutí con medio HP y Best Buy, pagué una pasta y todo para que el pobre pasara definitivamente a mejor vida en abril. Aunque esos días conocí a más famosos que en toda mi vida, así que algo bueno iba a depararme tanto mal humor.
Iba llegando el sol de la primavera con vistas en un futuro ya en España y con billete de vuelta comprado. Así que comenzó ese entrañable momento en la vida de todo joven con carrera en la que empieza el envío de mails a conocidos del gremio para preguntar por posibilidades de trabajo. Mientras seguimos aumentando contactos en la universidad volviendo a ser la sonriente chica que pasa el micro en el turno de preguntas de los congresos. Pero este venía con premio, y entre margaritas y comida cubana un "yo voy donde me den trabajo" fue mi mejor intervención de la vida.
Recibí en el DC primaveral a mi hermana y las chicas, nos fuimos a poner las botas a New York y en la tienda de Apple recibí la llamada de confirmación de que Buenos Aires era próximo destino, en cuanto fuera posible. Risas, alegría, nervios, no creerme nada de lo que había escuchado sólo se vio empañado por un par de malas noticias desde España con mi tía y el padre de una amiga en el punto de mira. Así que gastarme lo poco que tenía en comprar un billete de vuelta a España antes de irme a Argentina no me llevó grandes dudas.
Tras ver que todo estaba bajo control, que de repente me vi con un año más encima y que a mis padres se les había pasado bastante el susto de la desviación de destino final, que duplicaba distancia y el precio de los billetes en caso de querer visitarme, me volví a DC sabiendo que era la última vez que iba, los últimos siete días en mi ciudad favorita donde solo tenía que hacer dos cosas: despedirme y recoger y regalar todo lo que durante año y medio había adquirido (que no era poco o sino le pregunten a mi amiga Eva que renovó armario).
Con muchos nervios y con miedo por pensar qué leches me deparaba en la otra punta del mundo, tuve uno de los viajes más largos de mi vida en cuanto a tiempo, distancia e incidentes. Lloré en el aeropuerto, en la escala, en el avión y a medida que avanzaba quedaba atrás la gente, el calor, mis cosas, y delante un mundo que no tenía ni idea cómo iba a ser donde empezaba, de nuevo, el invierno que tanto me gusta.
Pero esta vez si me fueron a buscar, si tenía un lugar donde quedarme, sí me dieron un celular para cualquier cosa, un sitio donde iba a trabajar y algo de dinero para que me comprara comida. Así que, aunque no abrí apenas la boca y todos pensaron que la gallega nueva era una sosa de mucho cuidado, me quedé tranquila, estaba más contenta y abría los ojos ante lo que iba a ser desde ese momento mi nueva ciudad.
Después de dormir mediodía empecé a descubrir ese Buenos Aires del que tanto había oído hablar. De lo bueno, con porteros que te gritan, con gente a la que le encanta mi acento, con trabajo, con pastelerías y pan de verdad, con gente que poco a poco iba conociendo; y de lo malo, de lo sucio y ruidoso que es, de la falta de artículos de higiene femenina para mi básicos, de lo caro que es todo, de lo inútil que soy como ama de casa, una nueva mudanza y de lo que es ponerse mala en lugar que no conocer apenas, sola, sin saber dónde leches ir a comprar un Gatorade.
Pero poco a poco me fui acomodando. Fui adorando cada día a mis jefes (y sigo haciéndolo, que me leen...), acudí a algún acto de la jet porteña por sorpresa, aprendí a dar besos allí a donde iba y sólo uno y empecé a echar de menos las cosas de DC que me habían acompañado durante año y medio. Aunque entre una cosa y otras llegó lo que se iba a convertir en el acontecimiento del año: el Mundial de fútbol. Aguanté chistes de relojes y chocolate suizo durante casi medio mes, hasta que a los puñeteros de blanquiazul o albiceleste cada uno como lo diga los eliminaron. Y llegó la depresión al grupo, a la ciudad y yo seguía con la cara roja y amarilla hasta el final.
Con una copa del mundo a la espaldas la vida era diferente y no sólo porque estaba viviendo un pleno julio en invierno. Estaba aún más orgullosa de ser gallega, vacilaba todo lo que podía con todo el respeto que podía (que era bastante más de lo que pensaba) y ellos me lo devolvían mandándome a un telo que yo pensaba era call center y con una minigripe. Y llegó mi hermana con su resaca post sanferminmundial para un mes de salir, hacerse amiga de todo el barrio que yo ni conocía y para hacerme compañía en el monoambiente.
Y entonces nos dimos cuenta de que estaba cambiando. Que ahora comía de todo, que me había vuelto una rata, que tenía un trabajo por el que preocuparme... Pero en la calle me gritaron perra (y no lo he superado) y los argentinos me decían unas cosas muy raras en los bares, a la par que originales... Pichi que vino otra vez a verme, pudo vivirlo en directo, porque para eso no son tan lentos como para otras cosas y, sin mucho éxito ni con ellos ni con los porteros a los que tanto quiero, aprendía a ver lo bueno de Buenos Aires. Y lo malo.
Tuve un par de meses sin liarla, salvo el momento estelar de Inés se toma una caña con Fernando Llorente (por lo cual me siguen llamando botinera de vez en cuando) y un par de meteduras de pata en la oficina en las que me quería morir en ese instante. Y mis viejos se plantaron en el monoambiente como si fuera el mismísimo Palace un par de semanas. No les pude dar mucha bola pero me llevaron a comer la mejor carne de argentina, a comer el mejor lo que fuera en el Mercado del Puerto en Montevideo. Y entre una risa y otra mi madre me alertó de mi estado de redondez y comenzó la operación lechuga hasta que logré disminuir la papada.
Iba saliendo poco a poco el sol en Buenos Aires y mi buen humor fue incrementando (salvo esos cuatro días al mes en los que no hay quién me sople pero los que están conmigo saben cuáles son exactamente). Conocí a gente muy importante para mí que me hizo la estancia en Argentina mucho más fácil y divertida y trabajando súper contenta viví el censo de la década, la muerte de Néstor Kirchner y otro de los momentos históricos del año, la salvación de los 33 mineros de Chile que, como tuvo final feliz, nos dio para más de una broma y comentario negro (creo que ahora sí podré caber en la cápsula, pero prefiero no probar).
Y así íbamos despidiendo el año, la oficina se empezaba a calmar un poco, yo me calmaba aún más y hasta dejé de escribir en el blog por mucho tiempo; pero también sufrí una gastroenteritis de caballo, fui a mi primer partido de polo con todos los chetos porteños, recibí a la enanita que me cuidó a la perfección y empezaba a sentir esos nervios y gusanitos que siento cuando se acerca la hora de volver a casa, a estar con los de aquí y los de allí, a disfrutar de las comidas y los sitios que me gustan y a estar con quién me gusta estar.
Porque a mí me pasarán muchas cosas en un año, cambiaré de ciudad, de trabajo, de talla y de nacionalidad, si hace falta. Pero nada de lo que vivo podría hacerlo sin los que siempre estáis conmigo al lado o en la distancia, porque tanto a los fijos, como a los nuevos de este año, son a los que no puedo nada más que dar las gracias por aguantarme, por vivirlas conmigo y por leerme, porque a muchos no os conozco y son a los que más cosas les cuento en este pequeño rincón. Gracias por todo.
Feliz 2011 para todos.
INéS
7 comentarios:
Feliz 2011, relinda :)
¿Por qué no Inés? A por un gran 2011
Muas
Te has olvidado de contar el 4-1. Besos, guapa. Espero verte antes de que te vayas a mi casa
Feliz 2011, buena historia,, te espero por mi casa este año. Creo que Martin viene en marzo a si que vienes con el.
Feliz 2011, Inés!!!! Y, sí, tuviste un año muy movido... Pero de todas esas "mudanzas" se aprende mucho... (sino que te lo diga Martín...) Y yo también te espero por mi casa (bah, piso como dicen Uds...) y de paso, ya que estamos, podríamos organizar un tour, también a visitar a Pegaso!!!
Lo de Bartmillo, como si fuera mi casa!!!
Besitos Inés, y andá preparándote para la despedida de tu querido Logroño, y familia (aún hoy lloro cuando me despdido...), porque llegará...
Te espero en Buenos Aires!!!
con el dinero que tenias viniste a España ,sin dudarlo pisaste Logroño y lo primero fue venir a verme, eso jamas lo olvidare!!!cariño que el año 2011 sea muy FELIZ para tí....
te quieroooo.
Ah,tendras visita jajaj....
el 2010 se fue y para empezar este año yo me fui a uno de los hoteles cinco estrellas en los cabos con mi familia.
que mejor que estar descansado para un año agitado como el anterior?
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